En el pueblo, nadie recordaba cuándo había empezado la costumbre, pues para todos simplemente existía.
Las casas de madera se alzaban en filas ordenadas. Las ventanas siempre limpias. Las puertas cerradas al caer el sol. Los saludos medidos. Las sonrisas correctas. Todo en aquel lugar parecía construido para aparentar calma, pero bajo esa quietud se ocultaba un secreto.
Scarlette había nacido aprendiendo esas reglas invisibles.
No preguntes demasiado.
No camines sola de noche.
No mires al bosque por más tiempo del necesario.
Y, sobre todo, no cuestiones la tradición.
Desde niña, Scarlette escuchó la historia del lobo. La escuchó en voz baja, alrededor del fuego, en las noches de invierno; la oyó transformada en canción infantil, en advertencia y en broma nerviosa. Siempre era la misma: una bestia cruel, con ojos rojos como la sangre y colmillos capaces de partir un cuerpo en dos de una sola mordida. Un monstruo que habitaba más allá del sendero.
-El lobo se lleva a las niñas que no obedecen. -decían- A las que no escuchan.
Scarlette nunca creyó del todo en ese cuento.
No porque fuera valiente, sino porque había aprendido a observar. Y al observar, notó las pausas incómodas cuando alguien preguntaba demasiado, los silencios que seguían a los nombres olvidados y la forma en que algunas madres apretaban los labios cuando el relato llegaba a su final.
Scarlette era distinta. Todos evitaban decirlo en voz alta, pero lo sabían. Lo sabían desde que comenzó a crecer demasiado rápido, desde que sus ojos verdes parecían detenerse más tiempo de lo normal en aquello que otros evitaban mirar. Desde que empezó a hacer preguntas que no tenían respuestas sencillas.
Y desde que comenzó a usar el manto rojo.
No era una prenda especial, al menos no en apariencia. Un abrigo sencillo, de tela gruesa, heredado de su abuela. Pero el color no era casual. Nunca lo era. El rojo destacaba demasiado entre los tonos grises y cafés del pueblo, demasiado vivo, demasiado visible. Scarlette solo sabía que, cada vez que lo llevaba puesto, sentía las miradas clavarse en su espalda. Miradas que la seguían sin cesar, pero que al voltear no tenían dueños.
Como si la midieran.
Como si esperaran algo de ella.
A sus diecinueve años, Scarlette ya comprendía lo que significaba ser observada. Era la hija de una familia influyente, criada para sonreír, asentir y obedecer. Su destino había sido decidido antes de que pudiera pronunciar su propio nombre: un matrimonio conveniente, una vida respetable, hijos que perpetuarían el orden del pueblo.
Sería útil.
Sería correcta.
Sería silenciosa.
Eso esperaban de ella.
Como si su existencia formara parte de un engranaje mayor.
Como sin saberlo, ya hubiera sido marcada.