-¡Scarlette, ven aquí!
El llamado la arrancó de su pequeño refugio al pie del viejo roble. Scarlette se incorporó despacio y se sacudió las briznas de hierba que se aferraban a su vestido. Ajustó la capucha roja sobre su cabeza, cubriéndose con un gesto casi automático, algo que siempre hacía desde que le habían dado aquella caperuza. En silencio, tomó el libro que descansaba junto al tronco y emprendió el regreso hacia la casa, sin prisa, pero sin desobedecer.
-¿Qué ocurre, madre? -preguntó al llegar al umbral.
Su tono era correcto, pulido por años de disciplina. La voz de una hija educada.
Su madre no perdió tiempo en explicaciones.
-Tu abuela está enferma. -dijo, extendiéndole una canasta cubierta con un paño blanco- Debo ocuparme de los preparativos del aniversario del pueblo, pero me ha pedido que le enviemos provisiones. Quiero que se las lleves tú.
Scarlette tomó la canasta sin protestar. El peso era mayor de lo habitual.
-Está bien, madre. Como está anocheciendo me quedaré con ella hasta mañana.
-Hazlo.
El tono de su madre se suavizó por un instante, apenas perceptible, como una grieta en una fachada cuidadosamente construida.
-Pero recuerda algo importante. -añadió- Toma el camino blanco. El seguro y protegido por el guardabosques.
Hizo una pausa mínima, calculada.
-El otro… -su voz bajo, como susurrando un secreto- pertenece al lobo. Nadie debe acercarse, nunca… y menos aún cuando estamos tan cerca de la ceremonia de selección. La Orden del Velo podría considerarte una rebelde. No quisiera que fueras sola pero no tengo opción, por favor, no te desvíes.
La mano de su madre se alzó y le acarició la mejilla con una ternura impropia de ella. Un gesto breve, casi ensayado, que inquietó más a Scarlette que cualquier advertencia. Su madre rara vez mostraba afecto; era una mujer de normas, de silencio y de obediencia al orden establecido. Aquella caricia tenía un filo oculto, como si no naciera del amor, sino de la necesidad de asegurarse de que todo ocurriera tal y como estaba decidido.
-Cúbrete bien. -añadió mientras jalaba y ajustaba la capucha, cubriendo cada parte de su cuerpo a pesar del calor del verano.
-Sí, madre. -respondió Scarlette, sosteniéndole la mirada solo el tiempo justo antes de girarse y atravesar el umbral de su hogar.
Con cada paso que daba, no podía evitar comparar el asfixiante ambiente de la ciudad con la quietud y frescura del bosque. Sus piernas se movían sin parar, como si quisieran escapar y en unos cuantos saltos cruzó el arroyo que marcaba el límite del pueblo. Sin mirar atrás.
Pero esa tarde, algo vibraba distinto bajo la superficie.
El viento traía una frescura extraña, cargada de un silencio que no pertenecía al bosque. No era calma: era expectación. Como si los árboles contuvieran la respiración. Como si supieran que Scarlette se acercaba a la edad en la que las muchachas dejaban de ser niñas y quedaban marcadas bajo el escrutinio de sus pecados.
Al llegar al roble más joven del bosque, se detuvo sin saber muy bien por qué.
Levantó la vista y observó los dos caminos que se abrían ante ella. El blanco y el rojo.
El de la derecha permanecía luminoso y predecible, bañado por la luz dorada del atardecer, vigilado por el cazador que solía rondar esa zona. Era el sendero correcto. El seguro. El que todos tomaban sin pensar.
El de la izquierda, en cambio, se extendía como una herida abierta entre los árboles: oscuro, profundo, cubierto de sombras que parecían moverse con vida propia. El sendero marcado por sangre y dolor. Aquel que dos veces al año era tomado por dos jóvenes.
Dos sacrificios.
La voz de los líderes del pueblo flotaba en su memoria.
“Antes era necesario solo un sacrificio. Él lobo saciaba su sed de sangre y el pueblo se mantiene seguro. Pero una joven escapó. Estaba corrupta por el pecado de su soberbia y su odio a los más poderosos. Aquellos que nos protegen. Ella deseaba destruir nuestro orden y destruirlo todo. Huyó. Enfureció al lobo y ahora todos debemos pagar ese pecado con dos sacrificios al año.”
O algo así recordaba. La historia tenía muchos huecos y fragmentos contradictorios que ella no podía comprender. No podía quedarse pensando en ello, era peligroso e incorrecto.
Entonces lo sintió.
Primero, un susurro casi imperceptible, más parecido a un recuerdo que a una voz. Luego, un tirón suave en el pecho. Un llamado antiguo. No urgente, pero inevitable. No una tentación, sino algo más peligroso: una certeza.
Una voz que parecía surgir desde muy adentro o desde muy lejos.
Pero que, sin duda, la nombraba.
Scarlette respiró hondo y por primera vez en su vida, desobedeció. Con un giro lento y casi ceremonioso, se adentró en el sendero del lobo.