La niebla apareció antes de que Scarlette pudiera darse cuenta de que había cruzado un umbral invisible.
No descendía desde el cielo ni se arrastraba desde el suelo como una bruma común; parecía emanar del propio sendero, filtrándose entre las raíces, exhalando desde las piedras cubiertas de musgo. Era tenue, casi hermosa con sus toques lilas y amarillos, y sin embargo tenía algo profundamente incorrecto. Cada respiración le dejaba un sabor metálico en la lengua, dulce al inicio y luego amargo. La luz se filtraba en tonos rojizos, disolviéndose en esa bruma que ondulaba a la altura de los tobillos. No se escuchaba el cantar de los grillos ni de las aves. Incluso sus propios pasos parecían amortiguados, como si el mundo estuviera cubierto por una tela espesa. Se llevó una mano al pecho sin saber por qué; su corazón latía a un ritmo extraño, como si no le perteneciera del todo.
La niebla se espesó apenas lo suficiente para volver borrosos los límites del camino. Scarlette parpadeó varias veces; los troncos parecían inclinarse hacia ella, curvarse en un gesto casi humano. Por un instante tuvo la absurda certeza de que el bosque respiraba a su ritmo.
Entonces lo oyó. Un aullido lejano.
La niebla se arremolinó alrededor de ella, suave como dedos curiosos. Un susurro, un movimiento y un crujido. Entre la espesura de los arbustos había dos ojos rojos brillando como brasas encendidas, pero la visión se distorsionaba por la bruma. La niebla subió, ondulando frente a ella, y aquellos ojos rojos se apagaron como si nunca hubieran estado allí. En un parpadeo surgieron dos ojos dorados, mucho más reales y mucho más presentes.
Así, lentamente, el lobo emergió de las sombras.
Alto, erguido, con el cuerpo cubierto por un pelaje gris oscuro que la bruma hacía parecer líquido. Respiraba con dificultad y sus garras parecían afiladas y peligrosas.
Aun así, Scarlette no corrió y él no la atacó.
El lobo ladeó la cabeza con una lentitud torpe, como si luchara contra un pensamiento que se le escapaba. Sus garras no se alzaron, sus colmillos no brillaron; solo un gruñido bajo, más cercano a un gemido reprimido, vibró desde su pecho.
Y por un instante, la bruma pareció suspenderse alrededor de ellos, como si incluso la niebla quisiera observarlos.
Dos figuras detenidas en el tiempo: la muchacha del manto rojo y la criatura nacida del mismo infierno.
Dos destinos que acababan de rozarse por primera vez.
Detrás de ella, el sendero prohibido se cerró, y la niebla se tragó el mundo.
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El corazón de la muchacha golpeaba su pecho con un ritmo frenético, una mezcla de adrenalina y fascinación. Se debatía entre dos impulsos opuestos: correr para salvarse o quedarse y enfrentar aquello que su mente le gritaba evitar. Su cuerpo temblaba, pero no retrocedía. Había cruzado el sendero prohibido y no se arrepentía. Era su decisión.
Había visto con sus propios ojos aquello que todos temían nombrar, lo que existía solo en los susurros de las tabernas y en los cuentos para asustar niños. Tan solo algunos hombres y el cazador habían visto al lobo y vivido para contarlo, por lo que solo habían rumores: ojos rojos brillando en la oscuridad, colmillos como hueso pulido, aullidos capaces de destrozar tus oídos.
Pero lo que tenía frente a ella no era nada de eso.
-Eres una tonta -bufó el lobo.
Aquel sonido la atravesó, profundo y grave, más humano de lo que debería, demasiado cercano para ser real.
-No lo soy -replicó con firmeza, aunque la voz le tembló.
Entonces el lobo se movió con una elegancia impropia de una bestia. El pelaje oscuro se adhería a su cuerpo como una mancha, revelando músculos tensos bajo la luz rojiza del bosque. Sus movimientos no eran brutales ni torpes, sino medidos, precisos, casi elegantes, como si hubiera aprendido a imitar el lenguaje de los hombres sin abandonar lo salvaje que lo habitaba.
Sus ojos no eran rojos, aunque Scarlette hubiera creído verlos así entre la bruma. Eran una mezcla inquietante de ámbar y fuego, como brasas cubiertas de ceniza. No miraban con hambre animal, sino con una inteligencia perturbadora y casi humana. Y aun así había algo en ellos que repelía cualquier intento de comprenderlo, un destello primitivo acompañado de un abismo oscuro que recordaba a la noche.
Cuando respiraba, el aire a su alrededor parecía tensarse. Olía a tierra mojada, a hierro y a bosque antiguo. En su presencia había una belleza feroz, la clase de hermosura que uno admira sabiendo que podría destruirlo y aún así, por más que intentaba no podía enfocar su imagen con propiedad.
Un pitido resonó en su oído y retrocedió involuntariamente, tropezando con el borde de la capa y cayendo. Por más que se esforzó, no pudo retroceder lo suficiente y el lobo comenzó a rodearla con pasos lentos, casi ceremoniosos.
-Claro que lo eres -gruñó-. ¿No te enseñaron tus padres a no pisar el territorio del lobo?
Se detuvo. Un gesto fugaz de desconcierto cruzó su rostro salvaje. Parecía no estar acostumbrado a pensar “en voz alta”. Quizá hacía tanto tiempo que no hablaba con un humano que había olvidado la frontera entre su mente y su voz. Una parte de él parecía buscar ser comprendido, mientras que la otra se odiaba por intentarlo.