Maldición Carmesí

La casa de la abuela

Scarlette llegó a la casa de su abuela con el corazón aún prisionero de la imagen del ser que había visto en el bosque. No lograba borrar de su mente aquellos ojos encendidos. Lo que había presenciado no pertenecía a los cuentos para asustar niños, pues era algo que no tenía nombre.

Sus ojos verdes como esmeraldas observaron la fachada de la cabaña. A pesar de que su abuela había vivido ahí casi toda su vida, no lucía ni un poco envejecida ni consumida por el bosque. Estaba en pie, sólida, con madera oscurecida por el tiempo y ventanas pequeñas, casi defensivas. La hiedra trepaba por sus paredes, como un hechizo de protección. Como un secreto envuelto con cuidado.

Scarlette se detuvo frente a la puerta. La niebla había desaparecido hace mucho y ella ni siquiera lo había notado. Había regresado al camino blanco sin pensarlo, como poseída y luego se había desviado 5 metros más a la derecha, justo en el roble más alto del bosque como siempre hacía. Hasta finalmente llegar a la cabaña junto al lago.

Golpeó una sola vez antes de ver sus manos, cubiertas de pequeños rasguños. Probablemente producidas cuando había caído.

-Llegas tarde.

La voz la sobresalto, sacándola de sus pensamientos.

Aquella voz no era frágil. Era baja, firme y demasiado clara para un cuerpo tan encorvado. Una voz acostumbrada a dar órdenes a pesar de haber vivido sola desde su tierna juventud. Scarlette tardó un segundo en reconocerla; la anciana tenía el cabello completamente blanco, trenzado con cuidado, y los ojos brillantes. Demasiado despiertos. Una imagen diferente a las amargas sonrisas que solía darle.

-El bosque estaba … espeso -respondió Scarlette, sin saber por qué eligió esa palabra.

La abuela la observó en silencio, aspiró el aire a su alrededor como si pudiera leerlo, y luego asintió.

-Sí. Hoy lo está.

El interior de la casa estaba cálido, pero no de una manera acogedora. El fuego de la chimenea ardía bajo, como si no se le permitiera crecer demasiado. El aire estaba cargado de aromas: romero, salvia y algo amargo que Scarlette no pudo identificar.

Hierbas colgaban del techo en racimos ordenados. No al azar. Cada una ocupaba un lugar preciso. Entre ellas, pequeños símbolos tallados en hueso y madera: espirales incompletas, líneas quebradas, marcas que no se parecían a ninguna escritura que Scarlette conociera.

-¿Estás enferma? -preguntó, dejando la canasta sobre la mesa.

La abuela soltó una breve risa seca.

-Eso es lo que dicen en el pueblo.

Se sentó con cuidado, apoyando las manos nudosas sobre sus rodillas. Scarlette tragó saliva y no pudo evitar que sus ojos recorrían la estancia. En un rincón vio cuencos con restos de ceniza y algo oscuro adherido al fondo. En otro, un libro grueso, cerrado con una tira de cuero. No tenía título. La cubierta estaba marcada con el mismo símbolo que había visto fugazmente, grabado en uno de los frascos dentro de la canasta.

La abuela siguió su mirada.

-No toques eso. -dijo sin dureza, pero sin permitir réplica.

Scarlette retiró la mano de inmediato que había estado estirando sin percatarse.

-Madre dijo que te trajera víveres. -murmuró, y luego añadió, más bajo- Aunque no lo parecen. No creo que puedas beber dos botellas de vodka sola.

La anciana alzó una ceja.

-Siempre fuiste muy observadora. -respondió con toque que parecía orgullo, pero que termino en un tono de fastidio-. Y obediente.

El silencio que siguió fue denso, incómodo. El fuego crepitó, lanzando sombras que parecían moverse con intención propia sobre las paredes.

-Abuela… -Scarlette dudó- ¿qué es el lobo?

La pregunta quedó suspendida en el aire como una blasfemia. Por un instante, creyó que la anciana la echaría, que alzaría la voz o recurriría a uno de sus rezos extraños. En lugar de eso, la abuela cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, había nuevamente en ellos algo parecido al cansancio y a la culpa.

-El lobo es una historia. -dijo despacio- Una muy útil para el pueblo.

Se inclinó hacia ella, bajando la voz, como si incluso las paredes pudieran escuchar.

-Hay historias que no se cuentan solo para asustar. Se dicen para recordar… y al mismo tiempo para mantener ciertas cosas dormidas. O a ciertas personas convencidas de que el miedo es natural.

Scarlette sintió un frío recorrerle la espalda, pero a pesar del miedo, quería saber más.

-Los aullidos… -susurró- No eran reales. No encajaban con él.

- ¿Fuiste por el camino prohibido? -La pregunta fue dura. Acusatoria. – Tienes suerte de seguir con vida. Aléjate de ese lugar, niña. No te acerques a él. Si no te escogen en la votación, no debes entrar ahí. No importa lo que escuches. No importa lo que veas.

Las palabras habían salido con tal urgencia que Scarlette no pudo evitar intentar alejarse, solo para darse cuenta de que estaba siendo sujetada de la muñeca, con demasiada fuerza.

-Abuela, me duele…-lloriqueo intentando liberarse hasta que por fin, la anciana mujer suspiró, liberando su agarre.



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En el texto hay: misterio, romance

Editado: 26.07.2026

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