Maldición Carmesí

La Selección

El amanecer no trajo luz. El cielo tenía un tono pálido, casi blanquecino, como si el sol dudara en mostrarse por completo. Desde muy temprano, el pueblo comenzó a llenarse de movimiento: puertas que se abrían sin ruido, pasos contenidos, miradas que evitaban cruzarse. Nadie hablaba durante la marcha hacía la plaza central. Nunca lo hacían.

La plaza central había sido despejada durante la noche. Las guirnaldas del festival colgaban aún de los postes, pero ahora parecían fuera de lugar, grotescas. Flores frescas ocultaban símbolos tallados en la piedra. El aroma dulce se mezclaba con otro más amargo, casi metálico, que flotaba bajo la brisa matinal.

Scarlette llegó acompañada de su madre, pero el nudo de sus brazos fue suavemente liberado cuando al llegar al camino, tuvo que alinearse con las demás jóvenes. Todas aquellas muchachas, desde los dieciséis hasta los treinta años, ya estaban allí, alineadas en semicírculo frente al estrado de madera. Todas vestían tonos claros, por lo que Scarlette había tenido que dejar su capa roja en casa.

Scarlette reconoció miradas vidriosas, pupilas ligeramente dilatadas. Un leve temblor en las manos.

Las madres permanecían detrás. A primera vista, parecían firmes con sus espaldas rectas, manos entrelazadas y rostros severos, pero Scarlette pudo ver lo que antes se le había enseñado a ignorar. Rodillas tensas. Mandíbulas apretadas hasta doler. Uñas clavándose en la piel. Algunas murmuraban rezos. Plegarias silenciosas por que sus hijas no fueran escogidas.

Mientras que otras parecían perdidas en su propias mentes, como si repitieran mantras mentales, frases memorizadas, repetidas generación tras generación, palabras diseñadas para mantener la mente ocupada mientras el cuerpo obedecía. Las conocía muy bien pues había visto y escuchado a su madre hacerlo.

Scarlette buscó a su madre.

La encontró observándola con una intensidad contenida. Una mirada que buscaba seguridad en sus creencias pero que no podía encontrarla en sus pensamientos.

Un cuerno resonó y el murmullo cesó al instante.

Del estrado descendieron los Ancianos del Consejo, líderes secundarios de “La Orden del Velo”. Vestían túnicas claras, bordadas con los mismos símbolos que Scarlette había visto en su camino a la plaza. Símbolos que ahora encontraba en todos lados. Algunos eran hombres. Otros, mujeres. Todos parecían demasiado tranquilos.

El líder, un hombre viejo, con un estomago prominente y un rostro grotesco, alzó la mano.

-Hoy agradecemos al bosque por su paciencia. -anunció- Y honramos el pacto que nos ha permitido prosperar.

Scarlette sintió un nudo en el estómago. El miedo congelaba sus dedos. Al parpadear, lo vio. Era casi imperceptible. Tanto que no lo vería sin concentrarse lo suficiente. Una suave neblina que salía de las ventilaciones a los pies de las jóvenes.

Entonces lo sintió. Un pequeño mareo y una presión suave detrás de los ojos. Un ligero eco en los oídos. Los bordes del mundo comenzaron a difuminarse para algunas de las jóvenes, quienes tuvieron que esforzarse por comprender las palabras del sabio anciano.

Una de ellas; Lina, la hija del molinero, comenzó a balancearse.

Por el rabillo del ojo pudo ver que la madre de la joven dio un paso adelante y se detuvo al instante. La intención muriendo antes de formarse.

Dos guardias se acercaron con rapidez, sosteniendo a la muchacha con sonrisas tranquilizadoras. No mucho después, otro cuerpo cayó, uno mucho más pequeño y joven.

-Hemos encontrado a las pecadoras.

Scarlette apretó los puños sin poder creerlo. Conocía a Lina. Habían sido amigas en su infancia y aunque debido a sus labores no había podido visitarla con frecuencia, sabía que ella no era una pecadora o una traidora. Siempre seguía las reglas lo mejor que podía. Su único error había sido negarse a casarse con el duque Robinson para garantizar su seguridad en el matrimonio, pues todos sabían que las mujeres casadas y con hijos no podían ser pecadoras. Por otro lado, la joven, acababa de cumplir sus 16 primaveras ese mismo día, todos lo sabían. Una delicada flor que sería arrancada de su vida sin si quiera haberla vivido. Demasiado tímida y callada como para ser notada y aún así, ahí estaba, en los brazos de los guardias.

Todos habían empezado a murmurar y cuestionar cada una de sus acciones. Habían sido marcadas.

Las madres no lloraban. No porque no quisieran, sino porque habían aprendido que las lágrimas garantizaban castigos.

El líder continuó con su discurso por lo que pareció una eternidad. El mareo había desaparecido, al igual que el mareo, pero Scarlette no pudo alejar las nauseas al ver la escena. Dos jóvenes inocentes, siendo arrastradas al bosque.

El cuerno sonó de nuevo.

La selección había sido hecha.

Y el bosque, silencioso, parecía inclinarse para observar aquel pecado.

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La ceremonia había terminado y todas volvieron a sus hogares. Ni un sonido irrumpió la calma del lugar. Incluso el movimiento de las hojas fue apacible cuando una figura se movió para observar entre los arbustos. Su respiración apenas perceptible y sus ojos clavados en el ventanal iluminado de la casa de aquella muchacha que no podía sacar de su cabeza. El fuego de aquella cabaña proyectaba sombras que danzaban. Al ver sus manos y recorrer su contorno comprendió una vez más su fisonomía imposible: demasiado humana para ser bestia y demasiado salvaje para ser hombre.



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En el texto hay: misterio, romance

Editado: 26.07.2026

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