Ya en su habitación envuelta en una toalla, pues no se iba a arriesgar a quedarse en el baño y que el indeseable entrara cuando ella se cambiaba, Adrienna cerró la puerta con llave. Tenía la respiración algo agitada. Normal, considerando que el corto trayecto entre el baño y su cuarto había sido recorrido en tiempo record, sin zapatillas y con solo un pedazo de tela mojada para cubrirla.
Su cabello húmedo dejó pequeñas gotas de agua en el suelo. Marcas que también dejaban sus pisadas a medida que ingresaba a la habitación.
Intentaba quitarse de la cabeza a Luka y su intrusión mientras ella estaba en la ducha. Intentaba dejar atrás eso porque si se obsesionaba demasiado acabaría arrancándose el pelo en lugar de peinarlo. El espejo de su escritorio reflejaba un rostro rojizo que miraba a cualquier dirección menos a los ojos. Se paseaba por las paredes lilas que antaño habían sido el lugar de varios carteles y fotografías. O en la cama, deshecha y con montones de ropa encima, que no había cambiado en muchos años. Miraba el piso alfombrado, el armario semiabierto, la ventana con las persianas bajas, y el escritorio. Sobre esa pieza de madera blanca con cajones de sobra y un espacio para la computadora, había maquillaje, algunos anillos viejos y lo más importante en la vida de Adrienna: la foto de su familia. O más bien, dos fotos.
En la primera, estaban ella con sus padres, y sus dos hermanas mayores. No había conocido a su papá más de lo que una niña de 3 años, inocente de la vida y sin mucha idea de quién o qué era, podía conocer a un hombre que siempre estaba en su casa, besando a la mujer que le daba de comer y haciendo juegos que por alguna razón la hacían reír. A veces, no sabía si lo extrañaba o si solamente sentía que hubiera deseado extrañarlo. Claudia no hablaba mucho de él. A diferencia de su hija, ella había superado su muerte con más trabajo, pero superado al fin.
En la segunda foto, estaban los cuatro mejores hermanastros que Adrienna hubiera podido pedir, junto a un padre serio pero sonrojado que claramente no es fanático de las cámaras, y su mamá. Siempre su mamá. Tenía muchas guerras con ella, producto de su mal carácter y actitud discrepante. No siempre podían hablar de todo, la verdad. Pero nadie podía decir que no eran una madre e hija que darían la vida la una por la otra.
Una vez que su cabello quedó libre de nudos, y que la mente de Adri se había despejado casi completamente, el siguiente paso era la ropa.
Al contrario de lo que la gente pensaba cada que Adri decía quién era su padrastro y dónde vivían, ella no tenía la ropa más lujosa del mundo. No viajaba a Milán o a París para conseguir el último modelo del vestido más caro que el diseñador mejor pagado hubiera creado en el sótano de alguna boutique. Ni se preocupaba por llevar los zapatos de moda que hacía llorar sus pies con cada paso. Unos jeans, una simple remera, alguna campera con estilo pero no demasiado brillante, y sus Vans. ¿Qué más necesitaba?.
Era de las chicas que con solo un poco de rimel y algo de delineador, podía resaltar su propia belleza sin creer que era la Miss Universo de ese año. Su mejor amiga no lo comprendía pero Adrienna era una firme creyente de que la sencillez, de que el famoso "menos es más", era más satisfactorio que pasar horas frente a un espejo buscando el sombreado perfecto, las uñas ideales y el conjunto más llamativo.
Solo le faltaba su mochila, y sería libre de quitar la llave de la puerta. La buscó en el cajón de sus zapatillas, bajo el escritorio y colgada en el perchero. Pero el lugar predilecto de su mochila, como si se tratara de un gato gordo y mimado, era la parte baja de la cama, ese pequeño, casi insignificante espacio entre el colchón y el mueble. Cuando Adrienna estiró el brazo para sacarla de su escondite, una caja más cayó frente a sus pies.
"Abrir cuando tenga 30 años. O ¡No tocar!" tenía escrito en marcador rojo en la parte superior, mientras en el frente había un viejo candado (de aquellos que en realidad no encerraban nada) que permanecía cerrado.
Con un poco de maña y fuerza bruta, dado que Adrienna desconocía dónde podía estar la llave de ese cerrojo, la cajita se abrió. Era claro que Adri no tenía 30 ni por asomo, pero esa advertencia no era más que una muestra de su antigüo dramatismo de la infancia. Se sentó cómoda de espaldas a la cama, y sacó un cuaderno. De repente recordó lo que significaba esa caja, y lo que había escrito entre esas páginas.
Querida yo de 30 años:
No puedo creer que ya no tenga 10. Es muy raro pensar que dejé de ser una niña para convertirme en una mujer hecha y derecha. De hecho, lo odio. No sé cómo será mi vida ahora pero si no es como la actual, creo que no me fue muy bien.
Quitando a Luka de la ecuación, que espero no siga siendo el molesto hermano que nunca pedí, imagino que mi vida no debe estar lejos de mamá. Y si es así, ya puedes ir volviendo porque no quiero ni por un segundo estar a más de tres metros de ella, eh.
Bueno, ¿qué más decirte?. Si tenemos novio o estamos casadas, en serio espero que sea un buen hombre y que nos trate bien. Aunque no me imagino con alguien toda la vida. Tú sabrás...
Y si somos las más exitosas del mundo, con una mansión gigante, perritos y muchos autos, ¡quedate así! No hagas como en las películas que se confían y terminan perdiendo todo.
Ahora quiero recordarte un poco tu vida a los 10: