Ni siquiera habían cruzado el umbral de la puerta principal, y Adri junto a Javier ya podían escuchar los gritos y carcajadas del resto de su familia, en lo que seguro era una partida muy reñida de Uno que cualquiera podía ganar.
Javier y Adrienna ya sabían a qué se atenían si entraban a la casa. Rodrigo tirando +4 tras +4, gracias a su bendita suerte que nadie sabía de dónde sacaba. Joaquín con 50 cartas en la mano que le quedaban por ser víctima de esos +4, y porque no recordaba qué números tenía y nunca llegaba a tiempo para tirarlos. Justo, estaba en el medio cada que alguno de sus hermanos tiraba un "giro" para que la ronda fuera hacia la dirección contraria; sin avanzar y sin retroceder. Claudia, sin entender de qué iba el juego, preocupándose más porque sus niños tengan suficiente comida en sus platos. Y Ramiro a los gritos y pataletas porque sus "cambio de color" rara vez tenían el efecto que él quería.
Sabían que tenían que empezar el juego antes de que la reina del mismo llegara a la casa. Adrienna tenía el título oficial de campeona en el Uno, que compensaba enormemente su deficiente desempeño en el resto de los juegos. En el Pictionary, sus dibujos solo los comprendían los cubistas; en el ajedrez solo sabía mover los peones, y siempre se los comían primero; en el Scrabble siempre le tocaban las X, las Q y las Z, que no le dejaban formar ninguna palabras decente o de muchos puntos; y a los dados, nunca entendía del todo las reglas. Sus hermanos se reían de ella cada noche de juegos familiares, mientras su mamá la apoyaba en cada fracaso pensando que así su hija mejoraría. Pero Adrienna ni se mosqueaba por perder en esos juegos, si podía hacerlos trizas en cualquier otra cosa, con solo proponerselo.
Javier, por su parte, miraba y no participaba. Se dedicaba a disfrutar del tiempo familiar cada que podía, y se relajaba con una taza de café y la cena deliciosa de su amada esposa.
–¡Eso es trampa, Justo! – gritó Rodrigo cuando su hermano tiró dos cartas en lugar de una.
–No, no es trampa. Son el mismo número– se excusó Justo.
–Pero no dijiste "Chicle" – agregó Ramiro. No le importaba quién tuviera razón, pero si le interesaba quitarse de encima a algunos oponentes.
–¿Pegaste chicle en las cartas, Justo?. Eso no se hace– dijo Claudia, inocente.
–¿Cómo osan empezar este maravilloso juego, sin su reina presente? – dijo triunfante Adri, cuando entró en el comedor.
Estaban en un acogedor espacio en la casa donde la chimenea automática siempre estaba apagada, al igual que el televisor. Donde la mesa del café podía usarse para alimentar a 9 personas. Y donde los sillones podían usarse de camas plegables cada que algún invitado sorpresa llegaba. Era el espacio de juegos para la familia, y el preferido de Adri, ya que en ningún otro rincón de la casa, ella podía tomar su café sin ser interrumpida.
–Bueno, ya perdimos– murmuró Joaquín con una actitud derrotista, mientras su hermana se sentaba a su lado y se unía animosamente al juego.
Le llevó solo 10 minutos a Adrienna hacer que Rodrigo sumara en su mano casi la misma cantidad de cartas que tenía Joaquín, y que Ramiro perdiera más de 5 oportunidades para gritar "uno" y ganar. Con Justo fue más difícil, puesto que el viejo zorro se aprendía los nuevos trucos (o trampas) bastante rápido una vez que entraba en serio en el juego, pero igual supo manejarlo. Como él no se arriesgaba, no ganaba ni perdía nunca, por lo que la mejor opción era...
–¡Chicle de 8! – dijo Adri bajando 5 cartas del número 8, y dejando el color verde a la vista de su hermano. Todos en esa mesa de café sabían que Justo siempre tiraba primero las cartas de color verde porque le recordaban al vómito y le provocaban nauseas.
Sin juego en su mano, y con 3 cartas de las que no podía deshacerse, Justo no tuvo otra opción más que agarrar más cartas.
En cuanto a Joaquín, la historia era muy diferente. Para Adrienna, él prácticamente no jugaba. Era solamente uno más en la mesa, y de quién afortunadamente, no debía preocuparse porque se autosaboteaba cada vez que le tocaba jugar. Y con su madre, pasaba algo parecido, pero era más gracioso debido a los errores tontos que cometía. Como intentar hacer el famoso "chicle" con las cartas del mismo color pero diferente número; o cuando gritó que ganaba porque todas sus cartas (6 en la mano) eran el número 1.
–¡Uno! – gritó Adrienna con entusiasmo.
Sus hermanos se quejaban en silencio, mientras pensaban cómo podían hacer para saber de qué color o qué número era la bendita última carta de su querida hermana. Así al menos podrían aliarse contra ella, una vez siquiera. Pero les fue imposible. Como si de una partida de póquer se tratase, Adrienna jugaba a cara de perro, y nadie, ni siquiera su propia madre (aunque estuviera más pendiente del juego) era capaz de adivinar qué tenía esa chica en la mano.
Cuando el turno retornó a ella, Justo seguía con tres cartas, Rodrigo casi 15, Ramiro 8, Claudia estaba feliz de la vida con 9 cartas, y Joaquín, bueno, Joaquín tenía medio mazo en la mano así que los apiló en pequeños mazos para no perderse. Y la última carta se tiró.
–Gané– dijo Adrienna en un tono tranquilo pero claramente superior mientras tiraba un "cambio de color"que resultó el ganador. Si tenía pocas oportunidades de ganarles a los gorilas que tenía por hermanos, no iba a dejar que la humildad le arruinara el momento.