–¡Mamá, ya llegué! – vociferó Adrienna agitada entrando a la casa. Dejó las llaves en el cuenco junto a la puerta, las cartas en la mesada y caminó directamente hacia la cocina. Moría de hambre.
Claudia todavía no había llegado. "Seguro están en un café atiborrandose de mermelada" pensó cómicamente Adri. Aunque en realidad, a Claudia no le gustaba mucho estar lejos de su casa cuando no había nadie en ella, así que no debía tardar mucho.
Adrienna se paseó por la planta baja esperando aunque sea que sus hermanos le dijeran algo, puesto que ya deberían haber vuelto.
–¡¿Alguno de los gigantes que vive conmigo, está en casa?! – el silencio que se generó después se mantuvo por varios segundos como respuesta. Ella era la única alma entre esas paredes –Parece que no.
De repente, mil oportunidades se le cruzaron por la cabeza. Después de una mañana tan apresurada, ahora podía desde almorzar/merendar en el cuarto de su mamá, viendo la tele y pidiendo helado por delivery, hasta salir al jardín en maya y poner la música a todo lo que daba. Para el día que era, y todo lo que había tenido que hacer, eran realmente pocas las ocasiones en las que Adrienna tenía la casa para ella sola, tan tranquila. Siempre había algún colgado que no quería salir con los demás, o que se enfermaba, o que tenía tarea, etc, etc.
Evaluaba sus posibilidades agarrando despreocupadamente una botella de agua de la heladera, cuando su celular sonó e interrumpió esa poca felicidad. Adrienna se debatió internamente si contestaba o no, cuando vió el nombre en la pantalla.
–Ramiro– dijo activando el altavoz de la llamada.
–Hola, hermanita
–¿Qué pasó?
–¿Recién llegas a casa?
–¿Mi tono de "tengo hambre, estoy cansada y el imbécil de mi hermano decidió llamarme" me delató?
Ramiro se rió en un tono que hasta por teléfono era notoriamente falso.
–Qué gracioso, Adri. ¿Y cómo estás? ¿cómo te fue en las clases? ¿Tuviste un lindo día?
Adrienna se tomó su tiempo para analizar la situación, y el motivo de aquellas preguntas. Al final, llegó a la conclusión más obvia.
–No– dijo fríamente.
–¿No qué?
–No, a lo que sea que me vayas a pedir Ramiro.
–Pero que feo que pienses así de mi. No iba a pedir nada, llamo porque me preocupo por mi adorable y muy muy amada hermanita menor...
–Voy a colgarte– lo interrumpió Adrienna
–¡No, espera, espera! Es muy importante y te necesito.
–Y yo necesito un auto cero kilómetro con repelente de dinosaurios incluido, pero tampoco lo tengo. – obviamente no hablaba en serio. No habría cambiado su auto por nada en el mundo.
–Perfecto, mañana te lo compro, pero hazme un favor hoy ¿si?
No necesitaba verlo para saber que estaba poniendo su carita tierna. Ramiro era un Don Juan moderno, y era capaz de encantar a cualquiera si se lo proponía. Pero su verdadera arma secreta era esa cara de niño adorable que solo ponía en ocasiones especiales... cuando iba a pedir favores a medio mundo.
Adri no caía en la trampa tan fácilmente o gratuitamente, aunque imaginarse a su hermano haciendo esa cara en público, la hizo reírse sola y se dispuso a devolverle el favor a Ramiro.
–A ver, ¿qué favor?
–Necesito que pases a buscar un disfraz por mí.
–¿Un disfraz?
–Si. Tengo un problema aquí con los chicos y no voy a llegar. ¿Puedes?
–Momento. ¿Qué chicos? ¿Dónde están?. Porque deberían estar aquí.
Ramiro le explicó que se había escapado de su salida con sus hermanos cuando ellos empezaron a "portarse como unos viejitos", y se unió a una repentina salida con sus amigos del secundario. Agregó, que no tenía idea dónde estaban el resto de sus hermanos y que ahora tenía el auto de su amigo pero que el muy malnacido no le había cargado gasolina, y así terminó en medio del camino esperando una grúa.
Su hermana retuvo el placer de molestarloo por haber sido tan idiota de subirse a un auto, sin revisarlo antes. Lo guardaría para una mejor oportunidad que, conociendo a Ramiro, no faltaría en llegar.
–¿Y para qué el disfraz? – preguntó ella.
–Es para la fiesta de un amigo. Encargué el traje hace unos días, y tenía que pasar hoy, pero no tengo tan buena memoria. Por favor, hazlo por mí
Un amigo. Una fiesta. Un disfraz. Con tan poca información, Adri ya sabía cómo manejar el resto de la conversación, y Ramiro no iba a poder hacer nada al respecto. Por otra parte, su amiga le iba a deber mucho después de esto.
–Con una condición. – dijo ella en tono "padrino" a su hermano.
–La que quieras – respondió Ramiro.
–Que la invites a Tati.
–¿Por qué Tati?
-¿Por qué no Tati?
-No tengo problema con ella, me cae bien. Pero no entiendo en qué sales beneficiada si la invito.
–Aunque no lo creas Ramirito, no lo hago por mí, sino por ella. Porque si esa fiesta es de quien yo creo que es, querra estar ahí.