Maldita Casualidad

20. Flashback. Lo que nos pasó anoche

A la mañana siguiente, en el cuarto de Adrienna todo parecía normal. La luz entrando por la ventana, normal. El sonido de su despertador, normal. La ropa doblada junto a la cómoda, normal. Pero cuando ella abrió los ojos, se dio cuenta de que esa mañana era el inicio de algo más complicado, y el vestido arrugado y lleno de mugre que traía era la prueba de ello.

Más allá de eso, no tuvo tiempo aún de procesar lo que había pasado, pues también estaban los golpes de su hermano contra su puerta, llamándola.

–Adri, ¿estás bien? Son las 11.30 de la mañana y no desayunaste.

Apenas se había sentado en su cama con las pocas ganas que tenía. Mucho menos quería hablar con Rodrigo.

–¿Adri? Ya sé que hoy no tienes clases, pero igual es tarde, hermana.

Él parecía un padre. Siempre pendiente, siempre alerta, siempre a disposición para ayudar aunque sus horarios fueran los peores. Y Adri no dejaba de admirarlo por ello. Es más, muchas veces se salvaba de no llegar tarde u olvidarse de algo gracias a las atenciones de su hermano. Pero en ese momento no tenía fuerza mental y física para dar explicaciones a nadie.

–Estoy bien– le respondió.

–¿Segura?

–Si, si – quiso convencerlo– Me acosté tarde anoche, nada más. Ya bajo.

Rodrigo desistió. No estaba muy convencido de que no le pasaba algo, en especial porque se había justificado con la frase "me acosté tarde". Ella nunca hacía eso. Aunque era verdad que había salido de la casa con Tattiana, muy arregladas esa noche.

Prefirió no insistir si con eso no la molestaba demasiado.

Adri se despegó de la cama finalmente con la firme intención de despojarse de ese disfraz cargado de memorias y momentos, para bañarse y dejar que el agua le cure todo.

Al volver a su habitación, su siguiente paso, además de intentar arreglarse como si hubiera dormido, en lugar de pensar en Luka, fue llamar a su siempre fiel mejor amiga que tenía el descaro de no responder. "¿Por qué ahora?"

–Contesata, por favor, mira el maldito teléfono – el tono la volvía loca y desesperada– Tati, si contests, juro que te compro un perrito.

Sin respuesta, Adrienna sintió la tentación de arrojar el celular por la ventana. Dejando un suspiro frustrado flotar por su habitación, se vio en el espejo de su escritorio y se dijo que lo que pasó, pasó, y el día tenía muchas horas por delante.

¿Qué importaba la noche anterior? ¿Por qué tenía que volverse loca con eso cuando era obvio que Luka solo la estaba molestando? ¿O no? Tal vez no. Si ella pensaba que Luka podía ponerse serio alguna vez, definitivamente lo imaginaba con los ojos que había puesto esa noche. Ni tan fríos como para hacerla rabiar, ni tan burlones como para darse cuenta que mentía. Esos ojos nuevos que decían "estoy siendo sincero".

En cuanto cerró la puerta de su cuarto, otro de sus hermanos la encontró, aunque no parecía ser esa su intención.

–Adri...

–Buen día.

–Eh, si. Buen día– Ramiro pisaba sus palabras, sudaba sin siquiera haberse movido, y parecía no querer moverse de la puerta. Su peor error fue creer que Adri no lo notaría.

–Rami, ¿todo bien?

–Si, si, todo bien ¿por?

–¿Seguro? Estás como... raro.

–¿Raro? No, para nada. No estoy raro.

Adrienna esperó, y su hermano no se movió de donde estaba. Resguardaba la puerta como quien esconde un tesoro detrás de ella. Sospechoso.

–¿Vas a bajar o te vas a quedar pegado a la puerta todo el día? - pregutnó ella.

–No estoy pegado a la puerta– intentó negar inútilmente Ramiro.

–No es lo que estoy viendo

–Bueno, ves mal.

Le concedió nuevamente el beneficio de una confesión sin culpa, pero Ramiro no estaba dispuesto a revelar nada que a su hermana le interesarse. Siendo un chico cuyo talento particular era ser increíblemente extrovertido y chistosamente directo, no era muy bueno mintiendo o guardando secretos.

–Ramiro, estás escondiendo algo. Si lo averiguo por las malas...

–¿Cómo le voy a estar escondiendo algo a mi muy hermosa e inteligente hermanita?

–¿Hermosa e inteligente? – Dos cualidades con las que nunca la describía– Muevete– le dijo directamente mientras lo corría de la puerta. El cansancio que él cargaba de la noche anterior había ayudado a que quitarlo del camino no hubiera sido difícil.

El cuarto de su hermano estaba igual de desordenado que siempre. Con la ropa colgando de rincones inexplicables, y hojas de quién sabe qué esparcidas por un escritorio sin limpiar. La figura humana cubierta por sábanas era lo único que hacía desentonar semejante normalidad.

–Podrías haberme dicho que estás con una chica ¿no? – le gritó Adri, al mismo tiempo que quitaba la vista de encima de la pobre chica.

–Si, es que...

Ramiro no tuvo oportunidad para decir algo. Las sospechas de su hermana lo habían delatado, pero fue el despertar repentino de Tati lo que marcó su camino hasta la guillotina.




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