Rodrigo y Joaquín estaban en la cocina de su casa. Cada uno en la suya, sin molestar al otro. Hasta que el hermano mayor, decidió alzar la vista y dirigirla a su hermanito, quien lavaba los platos.
–Tengo la extraña sensación de que eres como mi madre, Juaco – le dijo en tono burlesco.
–Si te hubiera parido, creo que me acordaría – respondió el pequeño sin detenerse en su tarea.
–En serio. Llego del examen y está la merienda hecha, la cama extendida y mi ropa limpia. Creo que nuestra mamá nunca hizo todo eso en un día, nunca.
Se refería a su madre biológica, porque claramente Claudia si hacía todas las tareas del hogar con mucho gusto.
Joaquín había estado todo el día trabajando con su papá. No tenía grandes tareas ahí pero le servía para el futuro como experiencia. Y mientras su madrastra salía a hacer los mandados, a él le gustaba ayudar en la casa. Después de todo, a nadie le gusta llegar a su hogar y encontrarse con un desastre que limpiar.
–Bueno, papá hoy no me dio mucho trabajo. Y soy activo cuando no tengo nada que hacer.–dijo para justificarse mientras se secaba las manos.
–No me quiero imaginar cómo eres cuando tienes algo que hacer, entonces.
–Eres mi hermano mayor. Me conoces de toda la puta vida. Deberías saber cómo soy en todos mis aspectos.
Rodrigó rió con entusiasmo, al punto de casi escupir el café en sus labios.
–Hay uno en particular que no voy a olvidar nunca.
–Me cambiaste los pañales a los 9 meses. No soy el mismo de ese entonces.
–Espero que no. Si no pobre de tu novia.
Él se reía de su hermanito, quien le lanzaba pequeñas estocadas con el repasador en mano. Casi lograba tirarle la taza encima lo cual habría sido malo porque habría tenido que limpiar, pero también bueno porque eso callaría finalmente a su hermano. Estaba en eso cuando el sonido de la puerta abriéndose para luego cerrarse los distrajo.
Su hermanita pasó volando por el comedor para ir directamente hacia su cuarto
–¿Adri? – se preguntó Joaquín – ¿Qué le pasa?
–¿Sabes que? Todavía no tengo mi título de adivino. ¿Qué sé yo lo que le picó? – le respondió Rodrigo.
–Deberíamos ir a verla.
–No sé. Tal vez son problemas de chicas. No podríamos hacer nada.
–¿Y si pasó algo grave?
–Nos lo diría.
No conforme con la respuesta de Rodrigo, Joaquín se encaminó a la habitación de Adrienna. Intentó abrir la puerta, pero resultó estar cerrada. Algo malo había pasado y como solía ser, él estaba preocupado por su hermanita.
–¿Adri? ¿Estás bien?
–Si, tranquilo – se limitó a responder ella.
–¿Necesitas algo? ¿Agua? ¿Comida?... ¿Alguna cosa femenina de las que no entiendo?
Pudo escuchar un leve sonido que emulaba una risita. Sea lo que fuere que tenía Adrienna, no podía ser tan malo como para no hacerla sonreír.
–Estoy bien, Juaco. No te preocupes.
Quería hacerle caso. Dejarla en paz si realmente lo necesitaba. A veces era mejor dejar a la gente sola para que piense. Pero algo, una especie de instinto, no le permitió dejar el pasillo. Dejarla a ella.
–Una chica que entra corriendo a su casa llorando no suele estar bien – insistió.
–No estoy llorando.
–Ok, pero entonces voy a llamar al fontanero porque estoy seguro de que vi goteras de tus ojos.
Otra risita. Adrienna amaba esa parte de sus hermanos. Eran tontos, serios, y pesados dependiendo de la situación, pero siempre sabía cómo tratarla exactamente en cada momento. Si algún día se quedaba sin sus hermanas o sin Tati, sabía que no podía perderlo a ellos también.
Aun así, seguía sin querer ver a nadie.
–¿Ahora eres fontanero? – se burló.
–Cuando se trata de mi hermanita soy fontanero, electricista, príncipe o corredor de toros.
En particular, Joaquín era muy sensible. Y como bien había dicho, era capaz de mucho por ella. Algún día le había dicho que siempre quiso una hermana, porque ser el más chico de un grupo enteramente de hombres, era abrumador. Se alegró tanto cuando la conoció que juró cuidarla siempre y a pesar de todo.
Por eso, Adri era consciente de que Juaco no se iba a largar de su entrada sin estar completamente segura de que ella estaba bien. Así que se levantó, y le abrió la puerta.
–Con tus piernitas de pollo, el toro te alcanzaría y te haría mierda.
–¿En serio?
–Puré de Joaquín.
–Maldición... un sueño arruinado
Joaquín entró a la habitación y se sentó junto a su hermana en la cama. No tuvo que hacer mucho más que estirar el brazo para que ella se inclinara hacia él y dejar que la abrazara. No dijo nada, solo le acarició el pelo, y deseo que no estuviera llorando, aunque sabía que ella odiaba llorar delante de otros.
Con la cabeza apoyada en el hombro de su hermano, estaba más tranquila, pero pensaba con menos claridad. No iba a mentirle a Joaquín cuando finalmente le preguntara qué pasó, porqué estaba tan triste. Solo quería aguantar unos minutos más sin tener que hablar de nada.