–¿Cuántos meses llevas? – preguntó Samanta. Había llegado a la tercera cena familiar consecutiva así que toda la familia había asumido que su relación con Rodrigo iba muy en serio. Y se la apreciaba, por ser tan dulce con todos.
Estaban en la casa de Claudia y Javier esa noche. Con un cielo tan estrellado y una brisa veraniega tan agradable, era imposible no armar la mesa en el patio para disfrutar todos juntos del cumpleaños.
Justo había decidido hacerse cargo de todo. Él cocinó el asado, preparó la mesa, hizo las ensaladas, y se aseguró de que cada uno tuviera un lugar perfectamente asignado. Después de todo no podía sentar separadas a las parejitas: Rodrigo con Samanta, Claudia y su papá, Ramiro con Tattiana (aunque dudó si ponerlos juntos, ya que últimamente peleaban mucho), Joaquín y el perrito que había adoptado, y él con su amigo John, quien se había colado mucho en su vida los últimos meses y le pareció lindo compartir ese momento con él. Por otra parte, tuvo que hacer un lugar especial para la computadora puestos que las hermanas de Adri estaban en Estambul.
No podía faltar la pareja principal. Adrienna era la única en una silla especial, y a su lado claramente estaba el responsable de ello.
–Cuatro meses – respondió Adri un poco enrojecida porque le dieran tanta atención.
–¿Y ya saben que nombre le van a poner? – preguntó Joaquín.
–Obviamente si es mujer se va a llamar Tattiana, como su futura madrina – dijo Tati acariciando el vientre de su amiga.
–Y si es hombre, Ramiro, supongo – bromeó Rodrigo.
–No, por favor. Con uno alcanza – dijo Tatti.
Sus peleas no eran muy importantes, pero sí muy escandalosas. Encontraban cualquier detalle para entrar en guerra: desde la ropa tirada en el baño, hasta la contraseña de Netflix. Eran los riesgos de comenzar a vivir juntos. Aunque incluso antes de eso, ellos discutían muy seguido.
Adrienna siempre dijo que eso pasaba porque eran muy parecidos. Ambos habían tenido su tiempo de libertinaje y ahora estaban anclados en la monogamia. Algo nuevos a los que tenían que adaptarse si realmente se amaban.
Claudia estaba encantada de ser abuela. No se había emocionado mucho cuando su hija de 20 años le dijo que estaba embarazada. Como toda madre se preocupó y se planteó en la cabeza miles de escenarios catastróficos. Hasta que entendió que Adri tenía algo muy importante que la ayudaría a seguir adelante: no solo contaba con el apoyo de su familia, sino que tenía al lado a un hombre que daba la vida por ella. Javier, por el contrario, seguía reacio a la idea de ser abuelo a tan corta edad, pero calló. Como padrastro no se veía en la obligación de juzgar a Adri, solo de amarla y hacer lo posible para que esté bien.
–Es muy pronto para pensar nombres – dijo Claudia.
–Lo dijo la mujer que ya se había tatuado nuestros nombres antes de que naciéramos – gritó desde la webcam Guilia.
–Cuando uno está seguro...– la defendió su esposo.
Harta de que hable de su embarazo, Adrienna sacó otro tema de conversación más interesante. Hacía varios meses que no veían tanto tiempo a sus hermanos y hermanas, así que empezó preguntándole a Rodrigo cómo le iba en el trabajo. Este le contó que era muy difícil, y que los horarios nocturnos lo estaban matando, pero que valía la pena porque amaba lo que hacía, y más que nada, la compañía que tenía. Samanta también era doctora, especialista en pediatría, y se había autoproclamado mentora de Rodrigo en cuanto él llegó. "Fue amor a primera vista" pensó su hermanita.
Joaquín fue el que menos había cambiado. Siguió trabajando con su papá y de vez en cuando se ofrecía como voluntario en un vacunatorio. Se llenó de miles de amigos los últimos años, pero todavía no tenía ganas de salir con alguien. En lugar de eso, adoptó a Mecha, la perrita que tenía al lado y que nunca lo dejaba solo. Según él, era la relación más sana que podía pedir en ese momento de su vida.
Sus hermanas en Estambul eran un conjunto de historias muy diversas. Entre que salían con alguien y se separaban a las dos horas, nadie podía entender cómo seguían vivas. Salían casi todas las noches, y trabajaban todo el día. Eran como máquinas. La mayor noticia, y esta vez era verdad, era que su libro iba a publicarse en España. Toda la familia celebró aquello con mucho entusiasmo pues era algo que ella deseaban desde que iniciaron su viaje, y aunque no lo dijeran, estaban muy orgullosas.
Justo era un tema completamente aparte. Había cambiado demasiado en muy poco tiempo. Se puso a trabajar en un local de ropa masculina, en principio, porque necesitaba la plata para una inversión (de la cual nadie estaba enterado). Se sintió tn cómo ahí que se quedó más tiempo del planeado, y conoció a John. Se hicieron tan buenos amigos que prácticamente no se separaban. Por cómo contaban ambos su historia, Adrienna pensó que su hermano iba a revelar algo más, algo quizás obvio pero muy personal como para insinuarlo. Pero no fue así. Estaba bien, si pasaba nadie le iba a decir nada, y si no, igual se alegraban del vuelco que dio su vida.
Luka no se alejaba de Adri más que para llevarle comida. A veces era un exagerado, pues ella solo tenía pocos meses con una mini pancita, y podía caminar perfectamente. Pero él insitía. Estaba tan feliz de ser padre que no podía evitarlo. Cuando ella le contó de sus sospechas, estuvo a su lado para el resultado del test y después para los análisis de sangre.