Maldito Irlandés

Bienvenida a la locura

Aquella mañana solo quería que el despertador no hubiera sonado. Por desgracia, ese día tenía que llegar, y así fue: aquí estaba yo, cerrando las maletas mientras hablaba con mi gato, Miki, que observaba detenidamente cada movimiento. Él también era consciente de que todo esto era una locura. Una locura con la que, por cierto, no estaba de acuerdo, como bien les dije a mis padres aquel día.

Tres meses antes:

—Carla, baja ahora al salón, cariño —dijo mi madre con un tono dulce... pero aterrador.

—Esas caras me están asustando —dije con algo de gracia.

Después de varias miradas entre ellos, mi madre por fin se dignó a hablar.

—Cariño, tu padre y yo hemos pensado que este es un buen momento para que te vayas este verano a practicar inglés. Y, tal vez, si todo va como está previsto, pases allí el año entero y puedas estudiar.

Me eché a reír como una loca, mirando a todos lados, buscando la cámara oculta. Pero sus caras me decían que no era ninguna broma. Y, por supuesto, no había nada que hacer.

Seguro os estaréis preguntando por qué. Porque no todo era por practicar inglés, idioma que, por cierto, se me da de maravilla.

Mi madre es una psicóloga muy importante en Barcelona, de esas que dan conferencias alrededor del mundo a jóvenes promesas de la psicología. Y mi padre es abogado. Aprovecha los viajes de mamá para hacerse conocer en otros países también. Este año tienen un montón de reuniones, charlas y viajes por delante, y que yo me quede en casa no encaja en sus planes.

La solución: mandarme a kilómetros de distancia, a la casa de unos clientes de papá. Y sí, a pesar de que gracias al esfuerzo de ambos tenemos una gran calidad de vida, ellos quieren que me vaya como niñera. Ayudaré con las tareas del hogar, cuidaré a la niña pequeña, y a cambio me darán algo de dinero y "la oportunidad de practicar inglés". Vamos, que me dan cobijo, comida y algo de money, con tal de tener la casa en orden y a la niña entretenida.

Dicen que solo será durante el verano, y que después podré estudiar diseño de interiores —mi sueño— y vivir en un piso compartido.

Es lo que tiene tener 18 años y no tener donde caerte muerta: o haces lo que tus padres te mandan... o haces lo que tus padres te mandan. No hay más.

Después de los lloros de mi madre en el aeropuerto y las mil indicaciones de mi padre, por fin estaba sentada en el asiento 10D, con mis cascos puestos y mirando la foto de pantalla de mi querido Miki. Mi pequeño felino, el que apareció un día en el jardín de casa y, con algo de drama por mi parte, logró quedarse con nosotros.

Mis ojos decidieron que era un buen momento para cerrarse.

Abrí los ojos cuando una simpática azafata me tocó suavemente el hombro.

—Cielo, vamos a aterrizar —dijo en inglés, sonriendo.

—Bienvenida a tu nueva vida —susurré para mí misma.

Después de dar más vueltas que una noria, recoger maletas y discutir con una señora que casi se lleva la mía, por fin tenía todo en orden. Y ahí estaba yo, saliendo por la puerta de "llegadas" del aeropuerto de Dublín, esperando que una familia me recibiera con un millón de globos y pancartas.

Pero no. Ahí estaba un señor con un cartel que decía mi nombre y apellido. Buah, pues sí que se han currado el recibimiento. Aunque, sinceramente, no sé qué me esperaba... ¿un playboy? Allá que voy.

—Bienvenida, señora Esteban. La familia la está esperando en casa. Sienten no poder venir a recogerla, estaban ordenando unas cosas. Mi nombre es Joss, soy el chófer y amo de llaves principal de la familia. Cualquier cosa que necesite, estaré a su disposición —dijo con su acento irlandés, como si leyera un papel o como si llevara años repitiendo lo mismo.

—¿Perdona, señor Joss? ¿Has dicho chófer? Y por favor, llámame Carla —respondí, algo atónita. Mis padres no me habían contado nada especial sobre esta familia, solo que eran "de plena confianza".

—Sí, querida. Llevo años sirviendo a la familia Donovan. He visto a sus hijos crecer, son como mis sobrinos. El señor Donovan es como un hermano para mí. Tienen muchas ganas de conocerla, sobre todo la pequeña Nicolle. Pero si yo he de llamarla por su nombre, entonces dejémonos también de tuteos —añadió con una sonrisa.

Después de un par de horas en el coche, sin dejar de preguntarme en qué lío me habían metido mis padres y tras una agradable charla con mi nuevo "amigo" Joss, llegamos a una urbanización llena de casas. Bueno, más bien mini palacios.

Y no es que en España viviera en una casa pequeña, para nada, pero esto... esto era otra liga.

Me pregunté si tendrían un mapa para no perderme dentro.




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