Maldito Irlandés

Cuidado con lo que deseas

Y aquellas puertas de la bonita mansión se abrieron. Ojalá no lo hubieran hecho nunca. Porque, si hubiera sabido que desde ese momento mi vida iba a cambiar de la manera en que lo hizo... nunca habría pasado ese portón.

Apoyada en la ventanilla del Mercedes negro, junto a Joss —que no dejaba de hablarme de lo mucho que le gustaba su trabajo—, llegamos a esa inmensa entrada principal. En cuanto subí dos escalones, se abrió la puerta y apareció una pequeña princesa.

—¡Carla, bienvenida! Serás mi nueva mejor amiga. ¡Tengo un montón de cosas que contarte! —dijo la pequeña Nicolle mientras me agarraba de la mano y me arrastraba alegremente dentro de la casa.

—¿Nicolle, verdad? —Ella asintió. Gracias, Joss, por ponerme un poco al día sobre la pequeña de la casa, pensé.

Y allí estaban la señora y el señor Donovan. Al verles en ese gran salón, copa de vino en mano, me asusté un poco. Se veían tan perfectos, como si tuvieran todo bajo control. Pero entonces sonrieron y me dieron la bienvenida más cálida que jamás imaginé. Me abrazaron como si me conocieran de toda la vida, y me sentí tan cómoda...

Después de varias horas hablando e intentando dejar de ser tan formal, me dejaron claro —más bien me exigieron— que dejara la formalidad de lado. Íbamos a convivir juntos, y a partir de ese momento sería una más de la familia.

Mañana hablaríamos de las tareas que tendría que realizar durante el verano. Esta casa, por muy loca que me pareciera, iba a ser mi hogar.

Ella se llama Caroline, una empresaria bastante conocida en Irlanda. Y él es Ryan, un abogado de renombre. Por eso conocen a mis padres: por las charlas de mi madre y por todas las vueltas que dio mi padre hasta hacerse un nombre. Mi padre le ha hecho muchos favores a Ryan, y por eso hoy estoy aquí.

Nos sentamos en una mesa de comedor espectacular. Estaba amando cada rincón de la casa; no podía dejar de observar con detalle la decoración.

Caroline me sacó de mi nube:

—Carla, siento que no hayas podido conocer a Connor esta noche. Le dije que estaría aquí antes de tu llegada, pero como siempre, hace lo que le da la gana. Discúlpale, hoy no llegará a tiempo.

—No hay problema. Tenemos todo el tiempo del mundo —respondí sonriendo, sin saber lo que me esperaba.

Después de una rica cena —servida y cocinada por Zoe, la mujer de Joss—, ella misma me hizo un tour por la casa. Yo solo pensaba en grabarme mentalmente los lugares importantes: cocina, salón, comedor... y, por supuesto, mi habitación. No sabía si sabría volver luego.

Mi habitación estaba en la segunda planta, donde también estaban las de Nicolle, Connor, la biblioteca y la sala de juegos. La de Caroline y Ryan se encontraba en la tercera planta. En la planta baja estaban las zonas comunes, la piscina, el gimnasio, y al fondo del jardín había una casita donde vivían Joss y Zoe.

Ya en mi habitación, con la ropa ordenada en el armario, el pijama puesto y agradeciendo a la vida lo bien que me había sentado la ducha, me sentí feliz de tener baño propio. Lo digo en serio: llevo años con baño en mi cuarto, y aunque suene a niñata, no podría vivir sin eso. Menos en una casa con tanta gente que no conozco.

Eran las 22:44 h, y a pesar de todo el cansancio... no podía dormir. Mi estómago pedía café con leche y unas galletitas. Así que decidí bajar a la cocina con la linterna del móvil, siguiendo mi mapa mental y al ritmo de la música que sonaba en mis cascos.

Después de perderme un poco —vale, bastante—, llegué por fin. Mientras rebuscaba en los armarios, con las luces apagadas para no molestar, sonó "Falling" de Harry Styles. Adoraba esa canción. Me puse a bailar, a cantar bajito... como si estuviera en un concierto. Me sentía libre por un segundo.

Hasta que alguien me agarró por la espalda y me tapó la boca.

Entré en pánico. Intenté soltarme, pero el agarre me estaba dejando sin respiración. Las luces se encendieron. Frente a mí, una chica alta, rubia, con un vestido que le quedaba tres tallas pequeño, me miraba como si yo le debiera algo. Tenía esa actitud de Barbie malvada.

Notaba que hablaba, pero no entendía lo que decía... hasta que me giraron bruscamente y lo vi.

Ahí estaba él.

Casi dos metros de altura. Brazos fuertes. Ojos llenos de picardía. Ese pelo castaño tirando a pelirrojo y unos labios que gritaban por ser mordidos. Mis hormonas estaban en modo rave. Pero mi nube se disipó cuando la Barbie versión poligonera se puso a mi lado, me quitó los cascos y me dijo, básicamente, ¿quién coño eres tú?

Después de escucharla un rato, respiré hondo y contesté:

—Perdona, bajé a la cocina porque tenía hambre. Siento el susto. Supongo que tú eres Connor, ¿verdad?

—Sí. Y tú eres Carla, ¿no? —dijo con un tono burlesco. No entendía qué problema tenía este chico.

—Así es. Encantada de conoceros. Si me disculpáis... voy a seguir con lo mío —dije mientras me ponía los cascos de nuevo y me giraba.

Pero las voces seguían. Bajé disimuladamente el volumen para escuchar mejor. Parecía una discusión. Escuché que la chica se llamaba Alice. Y sí... tenía pinta de ser su novia. O algo.

Una vez más, me quitaron los cascos. ¡Qué pesadilla!

—¿Necesitas algo? —pregunté con la sonrisa más falsa que he puesto nunca.

—Sí: que dejes de molestar. Te acabo de conocer y ya no te soporto —dijo, con esa sonrisa de niño mimado que me dieron ganas de borrar con una bofetada.

—No he dicho absolutamente nada. Estaba aquí, tranquila, hasta que vosotros aparecisteis —contesté, ya un poco harta.

—Esta es mi casa. Puedo estar donde me plazca, cuando me plazca —soltó con arrogancia.

Bufé, levanté las cejas y le miré:

—¿Algo más que necesite su majestad?

—Pues sí: que mantengas la boquita cerrada. No les digas a mis padres que me viste entrar con alguien a estas horas, ¿entendido, niñata?

—Y si se lo digo, ¿qué pasa? —pregunté, temblando un poco. Su mirada me atravesaba entera.




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