Mis palabras se pierden en el estruendo de la carne desgarrada y el acero chocando, pero en el plano de lo invisible, el decreto queda sellado. Marcados. La palabra flota sobre ellos como una sentencia de muerte... o algo infinitamente más aterrador.
Lucien forcejea, tratando de liberar su puño de la mano de Elias, pero el agarre del hijo de Sanguis es desesperado, casi febril. La sangre de Lucien, de un carmesí tan oscuro que parece tinta, gotea desde el lugar donde atrapó la flecha sagrada. El veneno de la punta comienza a sisear en su piel, pero él ni siquiera parpadea. Su atención está fija en los ojos de Elias, buscando la mentira, buscando el truco.
—. "¡No hay nada más que esta guerra! ¡No hay nada más que el odio que nos enseñaron a beber antes que la leche!"
—"Mientes..." —responde Elias con una sonrisa triste que me parte el alma—. "Recuerdas el jardín. Recuerdas el olor a jazmín y el frío de la tumba donde juramos que ni el tiempo nos separaría. Lucien, la maldición no es la guerra... la maldición es el olvido."
De repente, Lucien se lanza hacia adelante. No es un ataque. Agarra a Elias por la nuca, estrellando su frente contra la del otro en un gesto que oscila peligrosamente entre un cabezazo y un abrazo desesperado. Los soldados a su alrededor se detienen, congelados por la magnitud de la blasfemia. Un Noctis y un Sanguis, tocándose sin la intención de arrancarse el corazón.
Siento un escalofrío que no pertenece a este siglo. La profecía que mencioné al inicio comienza a latir bajo la tierra. El suelo del bosque de Luka empieza a agrietarse, y no es por el peso de los muertos. Una oscuridad líquida surge de las grietas, una sustancia que devora la luz de las antorchas y hace que mis compañeros, los otros ángeles de la muerte, retrocedan con un siseo de advertencia.
"Si desafían su destino, el abismo los reclamará en su propio juego."
—"¡Suéltalo, traidor!" —brama el comandante de Noctis, alzando su espada—. "¡Estás manchando nuestra pureza con la sangre de esa escoria!"
Pero Lucien no escucha. Sus ojos azules, antes gélidos, ahora arden con fragmentos de visiones que yo puedo ver proyectadas en el hilo rojo: un castillo que ya no existe, una tumba compartida, un beso sellado con veneno.
—"¿Elias?" —el nombre sale de los labios de Lucien como una pregunta rota.
En ese instante, la sangre que gotea de la mano herida de Lucien cae sobre la bota de Elias. La mezcla de sus esencias —el hielo de Noctis y el fuego de Sanguis— actúa como una llave en una cerradura prohibida. El cielo se tiñe de un violeta violento y un trueno seco sacude la existencia misma.
Me aferro a la rama del árbol, que ahora gime bajo el peso de una fuerza ancestral. Mis compañeros han dejado de cosechar almas; ahora simplemente observan, con sus ojos vacíos fijos en el centro del claro. Saben lo que yo sé: el equilibrio se ha roto.
Lucien y Elias están en el ojo del huracán. La oscuridad que brota del suelo comienza a trepar por sus piernas, como cadenas de sombra que intentan arrastrarlos hacia abajo, hacia ese abismo que reclama a los que se atreven a amar en el campo de batalla.
—"Si nos llevan..." —susurra Elias, acariciando la mejilla de Lucien con sus garras retraídas— "...que nos lleven juntos esta vez."
Lucien aprieta los dientes, su orgullo luchando contra la marea de recuerdos que lo inundan. Mira al ejército que lo rodea, a los monstruos que él mismo lideró, y luego vuelve a mirar a la criatura de ojos rojos que le ofrece una verdad que duele más que la muerte.
—"Que arda el mundo, entonces" —gruñe Lucien, y por primera vez en siglos, su mano no busca la espada, sino que entrelaza sus dedos con los de Elias.
La onda expansiva nos lanza a todos hacia atrás. La oscuridad los envuelve en un capullo de sombras y espinas, ocultándolos de la vista de sus clanes. La guerra se ha detenido, no por paz, sino por un terror absoluto a lo que acaban de desatar.
Bajo mi guadaña y limpio la lágrima ácida de mi rostro. La verdadera historia no ha hecho más que empezar.
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Editado: 06.04.2026