Maleficium: Contra El Destino

Capítulo 6

El estallido de luz carmesí no trae la paz, sino el fin de una tregua involuntaria que la naturaleza misma no puede sostener. El aire, saturado de magia antigua y olor a ozono, se rasga con la llegada de dos presencias que hacen que incluso los árboles más viejos de Luka se encorven de terror.

Desde las sombras de la vanguardia Noctis, emerge el Rey Valerius, el padre de Lucien. Su armadura de ébano parece absorber la poca luz lunar y su rostro es una máscara de odio aristocrático. Al mismo tiempo, el General Malphas de los Sanguis, el progenitor de Elias, aterriza en el claro con un impacto que agrieta la tierra.

—¡Basta de esta blasfemia! —ruge Valerius, extendiendo su mano.

Una cadena de sombras líquidas brota de su palma, envuelve el torso de Lucien y tira de él con una fuerza brutal, arrancándolo del agarre de Elias.

—¡Hijo indigno! —brama Malphas, agarrando a Elias por el cuello de su túnica desgarrada—. Has manchado el linaje Sanguis con la cercanía de esa carroña de hielo.

Los dos líderes se miran por encima de sus hijos. El odio que emana de ellos es una entidad física, una maldición que se escupen mutuamente en una lengua antigua que hace sangrar los oídos de los soldados más débiles.

—Que la tierra se trague a tus descendientes, Valerius —escupen los labios de Malphas. —Que tu sangre se convierta en ceniza antes de tocar el suelo, Malphas —responde el rey de Noctis.

¡RETIRADA! —ordenan ambos a coro.

Los ejércitos, confundidos y aterrados, se desvanecen en la niebla del bosque como pesadillas al amanecer. Me deslizo desde mi rama, invisible para los ojos mortales y vampíricos, siguiendo el rastro de la esencia de Elias. Llego a las cercanías del campamento Sanguis, oculto tras el velo de la muerte.

Elias está arrodillado bajo la lluvia que empieza a caer como lágrimas de hierro. Su padre, Malphas, camina de un lado a otro frente a él; su voz es un látigo constante.

—¿En qué piensas? ¡Tocar a un Noctis es invitar a la podredumbre a tus venas! ¡Esa profecía es un cuento para asustar a los recién nacidos, no una excusa para la traición! —grita Malphas, golpeando la mejilla de Elias con el revés de su mano garra.

Elias no se defiende. Tiene la mirada perdida en el suelo, pero yo puedo ver lo que él ve: el hilo rojo, ahora tenso hasta el punto de la ruptura, alejándose hacia las montañas donde se ocultan los Noctis.

Me acerco a él; mis pies no hacen ruido sobre el barro. Me pongo en cuclillas a su lado e ignoro los gritos de su padre. Malphas no puede verme, pero Elias... Elias siente mi frío. Sus ojos rojos se desvían apenas un milímetro hacia donde yo estoy.

—No te rindas ahora, pequeñito. Llegaré al fondo de esto —le susurro al oído, con mi voz como el roce de hojas secas—. Tu padre grita porque tiene miedo. Sabe que el hilo es más fuerte que sus cadenas.

Elias aprieta los puños. Una pequeña sonrisa de sangre asoma en sus labios mientras su padre sigue maldiciendo su nombre.




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