—"Lo sentiste, ¿verdad?" —susurra Elias, su voz es apenas un hilo, pero corta el aire como un tajo —. "Sentiste el poder. No era odio. No era traición. Era... algo que nos pertenece."
El silencio que sigue es sepulcral. Los guardias Sanguis que custodian la entrada dan un paso atrás, temiendo el estallido. Malphas retrocede, su rostro se deforma en una mueca de asco y terror puro.
—"Lo que sentí fue la debilidad de un hijo que prefiere la sombra de un enemigo al honor de su clan" —dice Malphas, su voz ahora es un susurro gélido, mucho más peligroso que sus gritos—. "Si ese hilo existe, yo mismo lo cortaré con tu propia daga."
Observo la escena desde el lado de Elias, apoyado en mi guadaña. Mis dedos largos y huesudos acarician el metal frío. Siento una punzada de curiosidad: ¿qué haría un padre para evitar una profecía que ya ha comenzado a devorar a su hijo?
Malphas hace una señal y dos verdugos entran en la tienda. Traen consigo cadenas de hierro negro, bendecidas por sacerdotes renegados para quemar la carne vampírica.
—"Llevadlo a las celdas bajas de la fortaleza. Que el ayuno y la oscuridad le limpien la mente de fantasías prohibidas" —ordena Malphas, dándole la espalda—. "Y si vuelve a mencionar el nombre de ese príncipe... arrancadle la lengua."
Elias no lucha mientras lo arrastran. Sus pies se arrastran por el suelo lodoso, dejando un rastro de humillación. Pero justo antes de salir de la tienda, sus ojos buscan mi rincón oscuro. No pide ayuda. Me pide que sea su testigo.
Me desvanezco en una ráfaga de humo negro y aparezco un segundo después sobre el tejado de la fortaleza Sanguis. Miro hacia el horizonte. El hilo rojo no se ha roto. Está más tenso que nunca, brillando en la oscuridad de la tormenta como una herida abierta en el cielo.
—"Esto se va a poner sangriento" —murmuro para mí mismo, rascando mi barbilla arrugada—. "Y el ganador de este pequeño concurso de horror no será quien tenga la espada más grande, sino quien pueda soportar que le arranquen el alma sin gritar."
Siento el tirón del destino. Es hora de ver cómo le va a Lucien en el nido de los cuervos de hielo.
Aquí no hay lodo, solo mármol frío y un silencio que corta como una cuchilla.
Encuentro a Lucien en el salón de los espejos. Su padre, el Rey Valerius, no está. Puedo sentir su rastro de furia contenida varias plantas más arriba; está encerrado en su estudio, bebiendo sangre añeja y apretando los puños para no bajar y arrancarle la cabeza a su propio heredero. El aire en esa habitación debe de estar ardiendo.
Pero aquí abajo, el castigo es distinto. Es más afilado.
—"¿Crees que el silencio te protegerá, Lucien?" —La voz de la Reina Morgana, su madre, resuena en las paredes de cristal. Ella no grita como Malphas. Ella susurra con una elegancia venenosa mientras camina alrededor de su hijo, quien permanece de pie, rígido como una estatua de hielo.
Morgana se detiene frente a él. Su vestido de seda negra parece una mancha de petróleo en el suelo inmaculado. Sus dedos, largos y adornados con anillos de zafiro, acarician la mandíbula de Lucien con una delicadeza que me da escalofríos hasta a mí.
—"Tu padre está arriba intentando convencerse de que no debe ejecutarte por alta traición" —continúa ella, clavando una uña perfectamente limada en la piel blanca de Lucien—. "Dice que el shock de la batalla te nubló el juicio. Pero yo te conozco. Yo vi cómo lo mirabas. No era confusión, era hambre. Hambre de apareamiento... Hambre de una bestia sedienda por su hembra... No es común..."
Me siento en el borde de una mesa tallada en obsidiana, balanceando mis pies descalzos y polvorientos. Lucien no parpadea. Sus ojos azules están fijos en su propio reflejo en el espejo, pero el hilo rojo que sale de su dedo meñique brilla con una fuerza que ilumina las sombras de la sala. Morgana no puede verlo, pero siente la vibración.
—"¡Ese mestizo de Sanguis es una plaga!" —estalla ella de repente, perdiendo por un segundo su compostura real—. "Si vuelves a tocarlo, si vuelves a permitir que su esencia contamine tu aire, yo misma me encargaré de que desees que la muerte te lleve. Y créeme, querido, he visto a los ángeles de la muerte... no son tan piadosos como dicen."
Suelto una risita seca que suena como ramas rompiéndose. Lucien me mira de reojo a través del espejo. Sabe que estoy aquí. Sabe que su madre no tiene idea de lo que realmente está pasando.
—"No fue hambre, madre" —responde Lucien finalmente. Su voz es tan profunda y fría que parece congelar la lluvia que golpea los ventanales—. "Fue reconocimiento. Él tiene algo que me pertenece. Y yo tengo algo que es suyo."
El bofetón de Morgana suena como un latigazo. La cabeza de Lucien gira por el impacto, pero no cae. Una gota de sangre azulada brota de su labio.
—"¡Vete de mi vista!" —sisea ella, señalando la salida—. "Encerradlo en la torre norte. Que el frío de la montaña le recuerde quién es. Y poned guardias que no duden en atravesarlo si intenta escapar."
Lucien se da la vuelta sin decir una palabra. Al pasar junto a mí, el hilo rojo se tensa violentamente. El pobre Elias debe de estar sufriendo en su celda, porque Lucien aprieta el pecho como si le faltara el aire.
—"Aguanta, príncipe" —le murmuro mientras camina escoltado por las sombras—. "Tu madre cree que el frío te curará, pero no sabe que el fuego que llevas dentro ya ha quemado todo el castillo."
Me quedo solo en el salón con Morgana, que ahora tiembla de furia pura. El destino está jugando sus cartas y, por lo que veo, la banca está a punto de perderlo todo.
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Editado: 06.04.2026