Maleficium: Contra El Destino

Capítulo 8

[...]

Han pasado siete lunas desde que el bosque de Luka se tiñó de presagios. Siete noches en las que el frío de la torre norte ha intentado devorar los huesos de Lucien, y siete noches en las que la humedad de las celdas bajas ha intentado asfixiar el espíritu de Elias.

Me encuentro ahora en los pasillos de la fortaleza Noctis. El silencio es tan denso que puedo escuchar los pensamientos de los guardias, cargados de miedo y una lealtad que empieza a agrietarse. Me deslizo por las sombras hasta llegar a la puerta de la celda de Lucien. No hay cadenas para él; su prisión es el aislamiento, un vacío diseñado para que su propia mente lo traicione.

Pero Lucien no es cualquier vampiro.

Cuando la pesada puerta de hierro se abre con un gemido metálico, espero ver a un príncipe quebrado. Lo que encuentro es una bestia que ha aprendido a lamerse las heridas en la oscuridad. Está de pie frente a la ventana sin cristales, dejando que la nieve de la montaña se acumule en sus hombros como una capa de armiño natural.

—"El castigo ha terminado, mi señor" —dice el capitán de la guardia, arrodillándose pero manteniendo la mano en el pomo de su espada—. "Vuestro padre os reclama en la sala de guerra."

Lucien se gira lentamente. Su rostro está más pálido de lo habitual, casi traslúcido, y sus ojos azules han perdido cualquier rastro de la duda que vi en el claro del bosque. Son dos diamantes afilados, listos para cortar.

—"Dile a mi padre que no era necesario el encierro para recordarme mi deber" —dice Lucien, y su voz suena como el hielo rompiéndose bajo un peso inmenso—. "La maldición no se rompe con susurros ni con recuerdos de vidas que no vivimos. Se rompe con el acero."

Me acerco a él, ignorando al guardia que no puede sentir mi presencia. El hilo rojo que sale de su dedo meñique está ahora casi blanco, tan tenso que parece emitir un silbido agudo que solo yo puedo oír. Está pálido, sí, pero no está roto.

—"Vaya, vaya..." —le susurro, rodeándolo como un buitre impaciente—. "Parece que el frío te ha sentado bien. Has vuelto a ponerte la máscara de monstruo. Pero mientes, principito. Mientes tan bien que casi te creo."

Lucien camina hacia la salida, pero noto cómo sus dedos se cierran en un puño cuando el hilo tira de él hacia el sur. Sus pasos son firmes, calculados. Atraviesa el castillo como un huracán contenido, llegando a la sala de guerra donde los generales Noctis despliegan mapas sobre mesas de piedra.

Valerius, su padre, lo observa desde el trono con una mezcla de orgullo y sospecha.

—"¿Estás listo para limpiar tu nombre, Lucien?" —pregunta el Rey, su voz retumbando en la sala—. "¿O el hijo de Sanguis sigue habitando en tus pensamientos?"

Lucien desenvaina su espada de plata oscura y la clava con fuerza en el centro del mapa, justo sobre la ubicación del campamento enemigo. El estruendo hace que los generales den un paso atrás.

—"Elias es un error que el destino cometió hace milenios" —declara Lucien, y sus ojos brillan con una determinación aterradora—. "Si la profecía dice que nuestra sangre junta quemará el mundo, entonces me aseguraré de que sea la suya la que riegue mi camino hacia el trono. La guerra continúa. Y esta vez, no habrá manos que se detengan."

Siento un escalofrío que me recorre la espalda. No es por el frío de la montaña, sino por la magnitud de la mentira que Lucien se está contando a sí mismo. Él cree que si mata al otro, la conexión morirá con él.

—"Pobre tonto" —pienso mientras veo cómo los Noctis comienzan a afilar sus armas—. "No sabe que el hilo rojo no es solo un lazo... es una soga. Y cuanto más tire de ella hacia la guerra, más rápido se asfixiarán ambos."

Mientras tanto, en las celdas de los Sanguis, el ambiente es muy diferente. Es hora de ver si Elias es tan "firme" como su contraparte o si el dolor lo ha vuelto más sabio.

Dejo el frío mármol de los Noctis y me sumerjo en las entrañas de la fortaleza Sanguis. Aquí, el aire es denso, huele a herrumbre, a sangre estancada y a desesperación. Bajo por los escalones de piedra carcomidos por el salitre hasta llegar a las celdas de castigo, donde la luz es un lujo que nadie se permite.

Encuentro a Elias.

A diferencia de Lucien, él no está de pie desafiando al invierno. Está sentado en el suelo de piedra, con la espalda apoyada en la pared húmeda. Sus muñecas están sujetas por grilletes de hierro negro que emiten un vapor constante; el metal bendecido está devorando su piel, dejando marcas de quemaduras grisáceas que se niegan a sanar.

Me pongo en cuclillas frente a él. Su cabello dorado, antes brillante como un sol agonizante, ahora está pegado a su frente por el sudor y la suciedad. Sus ojos rojos están entreabiertos, desenfocados.

—"Mírate, Elias" —le susurro, pasando mi mano esquelética a milímetros de su rostro—. "Tu príncipe está ahí arriba jurando que te pasará por la espada, y tú aquí, contando los latidos de un corazón que ya no debería latir por él."

Elias exhala un suspiro tembloroso. No me responde con palabras, pero veo cómo sus dedos se contraen. El hilo rojo, que en Lucien parecía una cuerda de acero, en Elias es una vena pulsante. Brilla con un carmesí febril, transmitiendo cada gramo de la frialdad que Lucien está inyectando en el vínculo.

—"Me... odia" —logra decir Elias. Su voz es un rasguido seco, rota por días de ayuno forzado—. "Puedo sentirlo. Está construyendo un muro de hielo tan alto que cree que no podré saltarlo."

—"¿Y vas a dejar que lo haga?" —le pregunto, picado por la curiosidad de un ser que solo conoce finales.

Elias levanta la cabeza. A pesar del dolor, a pesar de las quemaduras en sus muñecas, una sonrisa perturbadoramente hermosa aparece en sus labios ensangrentados. Es una sonrisa de mártir, de alguien que ya aceptó que su final está escrito en los ojos de otro.

—"Que construya su muro" —susurra, y una lágrima de sangre auténtica resbala por su mejilla—. "Cuanto más alto sea, más estrepitosa será su caída cuando se dé cuenta de que yo soy la única razón por la que todavía siente algo. No voy a pelear con su odio... voy a alimentarlo hasta que lo asfixie."




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