Silencio absoluto en donde la radio siguió sonando dejando ver una voz lejana llenaba el espacio, pero nadie prestaba atención solamente Navarro levantó la vista primero.
—¿Estás loco? —dijo en voz baja—. Mi vieja puede llegar en cualquier momento.
—No va a pasar nada —respondió Gallego, tranquilo—. Abrimos la ventana y listo.
Macor dudó en donde Abel lo miró con interés, pero Fran no dijo nada solamente observaba.
-¿Van a fumar?-pregunta Gallego para hacer que los chicos.
-Yo no quiero-responde Fran para seguir leyendo el libro.
Los demás se levantaron casi al mismo tiempo sin decir mucho como si ya estuviera decidido.
Gallego prendió el porro cerca de la ventana.
El humo empezó a subir lento, mezclándose con el aire frío que entraba desde afuera uno por uno fueron probando dejando escuchar una tos seca, risas y miradas cómplices.
Fran no se movió solamente se quedó sentado y observando.
Agarró uno de los libros de la mesa pasó las hojas sin mucho interés al principio… hasta que empezó a concentrarse de verdad en donde subrayó, anotó y buscó algo de orden en medio del ruido.
Detrás de él, las voces cambiaban más sueltas, más livianas y más peligrosas dejando empezar a sonar una risa fuerte lo hizo levantar la vista.
Navarro estaba frente al equipo de música en donde giró la perilla y un sonido áspero salió primero hasta que la canción tomó forma en donde Sui Generis llenó el comedor con su voz.
—¡Subí eso! —gritó Abel, riéndose.
El ambiente cambió en donde ahora Macor empezó a moverse primero, torpe pero confiado, Gallego lo siguió y Navarro también. En cuestión de segundos, el comedor se transformó en risas, música fuerte y cuerpos moviéndose sin control.
Fran los miraba desde la silla en donde sonrió y no podía evitarlo, pero había algo raro algo fuera de ritmo mientras que pasaba eso Abel giró de más, un paso mal dado en un segundo de desequilibrio.
Y después se escucho un golpe.
Su cuerpo chocó contra la mesa, el vidrio crujió y estalló dejando escuchar es un sonido seco y violento en donde todo se detuvo, pero la música seguía sonando haciendo que todos miren como Abel estaba en el suelo.
Entre los restos de vidrio, el silencio acompañaba haciendo que Fran lo interrumpa ese silencio para que se levante de golpe
—¡Abel!
Sábado 22:00
El hospital del pueblo quedaba a varios minutos de la casa de Navarro en donde esa noche, el trayecto se hizo eterno.
El motor del auto rugía mientras avanzaban por calles casi vacías, apenas iluminadas por faroles amarillentos. Navarro iba al volante, con la mirada fija al frente y las manos aferradas al volante con más fuerza de la necesaria. No tenía carnet, pero en ese momento eso no importaba.
—Más rápido… —murmuró Macor desde el asiento de atrás.
—¡Estoy yendo lo más rápido que puedo! —respondió Navarro, sin girar la cabeza.
Fran no dijo nada. Sostenía a Abel, tratando de mantenerlo consciente.
—Ey… quedate conmigo —susurró, sintiendo cómo el cuerpo del chico pesaba cada vez más—. No te duermas… ¿me escuchás?
No hubo respuesta clara solamente las luces del hospital que aparecieron de golpe, rompiendo la oscuridad del camino. De repente Navarro frenó bruscamente frente a la entrada de emergencias dejando escuchar el sonido de las ruedas contra el suelo fue seco, violento.
Antes de que el auto terminara de detenerse, Macor ya estaba bajando.
—¡Ayuda! —gritó.
Entre él y Fran sacaron a Abel con dificultad. El cuerpo le colgaba, sin fuerza, mientras lo sostenían como podían.
Las puertas del hospital se abrieron casi de inmediato. Dos enfermeras salieron con una camilla.
—¿Qué pasó? —preguntó una de ellas, con rapidez.
—Se cayó… se cortó con vidrio —respondió Fran, agitado, sin saber bien qué más decir.
Lo acostaron y, en cuestión de segundos, se lo llevaron por el pasillo.
Las puertas se cerraron detrás de la camilla, dejando un vacío incómodo en el aire.
Fran dio un paso hacia adelante, como si quisiera seguirlos, pero se detuvo.
—¿Dónde está Nabi? —preguntó, mirando a Navarro.
Navarro dudó un segundo antes de responder.
—Se fue antes… —dijo en voz baja—. Y mejor así.
Fran frunció levemente el ceño.
—Acordate… si la policía se entera de que estuvo ahí… —continuó Navarro, pasando una mano por su cara— lo pueden mandar a una correccional. O algo peor.
Las palabras quedaron suspendidas entre ellos en donde Fran bajó la mirada y el hospital, de pronto, se sentía más grande… y más frío.
—¿Y los padres? —preguntó después de unos segundos—. ¿Alguien les avisó?
Navarro negó lentamente.