Una de las características de papá es que es una persona puntual, por lo que no me sorprende que haya llegado una hora antes de las seis de la tarde, hora que le habían dicho que viniera a recogerme. Conociéndolo bien, me decepcionará no confirmar que acampó un día antes en su auto y apenas se atrevió a entrar. En su rostro se nota que no pegó el ojo en toda la noche, yo tampoco pude hacerlo.
Me cuesta creer que en pocos minutos me iré de este lugar. Parece que fue ayer cuando recorrí el pasillo arriba de una camilla con las muñecas abiertas, perdiendo la mitad de mi sangre. En mis pesadillas sigo escuchando el llanto y los gritos desgarradores de mi papá.
“No te voy a perder, eres lo único que tengo. Te lo suplico, Kenzie… eres lo que me mantiene con vida”.
Alex y Adele se despiden de mí por octava ocasión, me prometen por quinta vez que ellos serán los siguientes en salir de este mierdero de lugar. Alex le puso ese nombre. Ese par son mis mejores amigos, nos hicimos inseparables desde el día que nos conocimos. Entre nosotros formamos un club llamado Los tres chiflados. Éramos inseparables hasta que un día José le entregó a papá los resultados de su evaluación de rutina, en donde afirmó que ve un progreso notorio, una mejor estabilidad y que lo más adecuado es que continúe mi tratamiento fuera del hospital. No estoy de acuerdo con nada de eso. Desde que me enseñó la carta donde autoriza mi salida, no he aceptado esa decisión equivocada. Yo, más que nadie, conozco mi cabeza. Todo en mí sabe que no es el momento de dejar esto.
José es mi terapeuta. Solo él sabe cómo detener a mamá, me ha protegido de ella desde el día uno. Es un hombre con mucha paciencia, en mi estancia aguantó demasiadas cosas que hice. Cuando recién ingresé, fui un desastre y una pésima persona. Toda la vida le voy a agradecer por no haberse dado por vencido conmigo. Cuando tenía crisis a las tres de la mañana, era el primero en acudir. Me escuchaba por horas sin importar que su horario hubiera terminado. Cada fin de semana, a escondidas de todos, contrabandeaba mis dulces favoritos, solíamos comerlos debajo de nuestro árbol de charlas secretas. Antes los comíamos cerca del estanque de los patos, hasta que tuvieron que taparlo por un accidente con un compañero.
—Solo firme aquí y Kenzie podrá largarse… digo, podrá irse —corrige Obdulia, sin borrar su sonrisa que muestra todos sus dientes. Da un poco de miedo, lo peor de todo es que solo se pone así con la presencia de mi papá. Es muy incómodo.
Papá, con su fino bolígrafo, firma en la línea donde dice su nombre. Con una diminuta y amable sonrisa, le entrega de regreso el montón de papeles, ese pequeño gesto es suficiente para conseguir que Obdulia amplíe más su sonrisa de Guasón. Me alivia que papá no le preste atención a los torpes coqueteos que Obdulia le lanza, esa mujer es odiada por casi todo el hospital. La única vez que la amaron fue cuando consiguió alcohol para la fiesta de cumpleaños de Axel.
Tiene un pésimo carácter, fuma y bebe dentro de los baños, siempre llega tarde y nos habla con insultos. Pacientes con más tiempo relatan que es así debido a que su marido la abandonó por una chica mucho más joven que ella y porque perdió todo su dinero en casinos y apuestas. De todas las historias, esa es la más creíble. Otra trata de que un oso se adueñó de su casa y que estuvo internada hasta que mejoró y le dieron el puesto de recepcionista.
—Muchas gracias, señor Dávila. Espero verlo muy pronto por aquí. Que tenga un excelentísimo y muy precioso día —balbucea apoyándose en el mostrador para hacer relucir su prolongado escote. Su intento de guiñar un ojo es demasiado vergonzoso.
Desde el primer día que vio a papá, se enamoró perdidamente de él. Una vez la encontré dibujando un corazón con sus nombres en el centro. Mi papá es muy tímido, muy apenas la mira a los ojos. Además, desde la muerte de mamá, su cabeza está enfocada en asuntos muy alejados del amor. Esa palabra ha dejado de ser una prioridad para él.
—Gracias —le responde papá de manera cortante. Toma mi mano para huir a la salida antes de que Obdulia le dé su número telefónico en una servilleta con un beso marcado.
Su plan funciona hasta que me detengo de golpe.
El exterior. No puedo hacerlo.
El corazón me late a toda velocidad. Las piernas me están temblando. Me es difícil respirar. No quiero irme. Odio mucho este lugar, pero si por mí fuera, me quedaría aquí toda la vida. Necesito a Alex… a José. No puedo hacerlo. Correría a esconderme si papá no me estuviera sujetando. No estoy lista para ir a casa, tengo tanto miedo, no puedo evitar pensar que ella estará esperándome en mi habitación para seguir atormentándome.
Tengo los ojos llenos de lágrimas. Creo que voy a vomitar.
Uno… dos… tres…
—No… no… pu-puedo… pa-papá.
Me abraza con su pecho, consiguiendo que el oxígeno vuelva a entrar a mis pulmones. No entiendo cómo lo hace, pero desde que era pequeña, con un abrazo suyo logra regresarme a la realidad al hacerme sentir que, mientras estemos juntos, las cosas van a estar bien. Hace tiempo que no me sentía de esta manera.
Papá ha estado conmigo desde el día que nací, me ha protegido con sus pocas fuerzas sin importar las veces que lo alejé de mí. Apenas tomo en cuenta que es él. Que lo tengo en mis brazos, que estamos juntos otra vez. Este es el primer abrazo que nos damos desde aquella despedida del día que me internó. En las visitas no nos atrevíamos a abrazarnos para no crear incertidumbre de si nos estábamos diciendo adiós para siempre.