Mamá no es real

Capítulo 2

En el hospital suelen despertarte a la hora que te toca tu primer medicamento. Rara vez, cuando los enfermeros estaban de buen humor, me daban permiso de dormir una hora más antes del desayuno. Hoy papá me despertó a las seis y media y mi tía Rox pasó a recogerme a las siete en punto. Me estoy manteniendo positiva para no arrepentirme de haber aceptado la invitación de venir a sus clases. Fue la emoción de papá la que me motivó a salir de la cama. Si por mí fuera, pasaría todo el día durmiendo o leyendo. Pero como no salí del hospital para estar encerrada en mi habitación, me toca guardar silencio mientras Rox pelea con la radio por no decidir qué estación quiere escuchar. Cuando se decide por una, llegamos al campus. No me permite bajar del auto hasta que se termina Rocket Man de Elton John. Según ella, no hay mejor forma que iniciar el día con una buena canción.

Camino detrás de ella con la mirada abajo. Estoy nerviosa, nunca había venido aquí, es inmenso. Sin mi tía a un lado, ya me hubiera dado la vuelta para regresar a mi casa. No pasa nada, no estoy sola en esto. Papá dijo que las clases me gustarán porque tienen un estilo muy mío. No tengo idea a qué se refiere, pero confío en que será así.

En silencio sigo el sonido de los escandalosos tacones de mi tía. Me invita a pasar a la sala de maestros para presentarme ante todos, lo que con pena le suplico que no haga. Me quedo afuera a esperarla. Cinco minutos después, me lleva a su salón de clases, donde por el momento solo hay dos chicas. Siento sus miradas, lo que me inquieta un poco. No le tomaré mucha importancia. Es normal que te miren cuando eres nueva.

Uno… dos… tres… No pasa nada.

—Puedes sentarte en donde tú quieras, hay muchos asientos vacíos en la primera hora de clase —indica Rox al dejar en el escritorio su maletín junto a su taza de café.

No lo pienso mucho, escojo mi lugar en la primera butaca de la primera fila, cerca de ella. Apenas me doy cuenta de que voy a pasar gran parte del día escuchando la misma clase cada dos horas. Camino al salón, vi la enorme biblioteca del campus. Buscaré algún momento para escaparme, lo más seguro es que no salga nunca de ahí. Las bibliotecas me encantan, son un lugar seguro donde solo estás tú y el maravilloso libro que tienes en las manos.

De la mochila saco el libro que decidí releer en mi gran regreso, lo abro en la página donde me quedé anoche. En lo que empieza la clase, me enfoco únicamente en las palabras del escritor, lo que sirve como distracción para no darme cuenta de quién me observa o se percata de mi existencia.

Ya han pasado las primeras dos clases, no son para nada como las imaginé anoche mientras sobrepensaba en lo que me quedaba dormida. Su método de enseñanza es muy peculiar. En ocasiones hace voces graciosas, dice chistes malos y, cuando la hacen enojar, se desquita encargando mucha tarea extra. Es una gran maestra, eso es indiscutible. Ella me enseñó a leer y a escribir. Cuando hacía las cosas bien, solía premiarme con una estrellita de oro. Algunas siguen pegadas en la cabecera de mi cama.

Papá también fue maestro, dejó su trabajo para abrir la editorial y dedicarse a escribir por tiempo completo. Recuerdo que el día que renunció se bebió una botella completa de vino para celebrar que ya no tendría que revisar exámenes, aguantar el aroma de preadolescentes que no conocen el desodorante y levantarse a las cinco de la mañana. Mamá no le habló por un mes y casi lo corre de la casa. A él no le importó, siguió su sueño hasta que logró hacerlo realidad.

En el descanso, Rox se fue a almorzar con su pretendiente. Cuando lo conocí, tuve que aguantarme la risa al recordar la descripción de papá. Sentí mucha pena por él. La peor parte fue ver cómo le intentó robar un beso en la mejilla y por poco cayó adentro de la fuente donde mi tía se quitó. No hay duda de que el amor te hace idiota.

Para evitar ver más escenas lamentables, mi lado valiente le dijo a Rox que estaría bien y que prefería comer en la cafetería. Me arrepentí de esa decisión en cuanto puse un pie adentro y vi a toda la gente que hay. Estoy haciendo todo lo posible para no entrar en pánico. Respiro hondo, cuento hasta veinte y trato de no llamar la atención. Mi trabajo del día de hoy es ignorar a los universitarios y al pobre señor romántico que anda detrás del corazón de piedra de mi tía.

Recorro el lugar hasta encontrar una mesa libre. Por suerte, es una del fondo. Continúo mi lectura con la mitad de mi atención en el delicioso sándwich que papá me preparó. En la bolsa de papel me dejó una nota: Que tengas un buen día. Te ama, papá. Ese pequeño detalle me hace muy feliz, la guardaré en mi baúl secreto cuando regrese a casa.

Escucho como sobre la mesa dejan caer una bandeja. Al levantar la mirada, el corazón se me acelera. Es el mismo chico que me rescató de esos tipos malos. Sé que es él, lo recuerdo muy bien. Desde ese día ha estado viviendo en mi cabeza. Traté de olvidarlo, pero después de lo que hizo por mí, lo tendré en mis recuerdos por el resto de mi vida.

Lo primero que noto es que viste con un uniforme de enfermero. Verlo así me recuerda a los enfermeros del hospital, lo que hace que me ponga muy tensa. No tengo nada en contra de ellos, todo lo contrario, tienen mis respetos. Es solo que no he tenido buenas experiencias. Mi enfermero me odiaba y yo a él. Ambos festejamos porque dejaríamos de vernos.

—Te vi entrar a la cafetería y me entró la duda de saber si eres la misma chica que rescaté el otro día. ¿Eres tú?




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