Mamá no es real

Capítulo 3

Y aquí estoy, pese a que ayer juré por mi vida que no vendría ni aunque me pagaran.

Desde que bajé del auto, mi corazón está más acelerado de lo normal. Esto no es bueno para mi salud. Mi sistema nervioso no es el mejor y lo estoy dañando más. El dolor en mi estómago lo confirma.

Con los ojos bien abiertos, volteo a todas partes por si me encuentro al chico, tenga tiempo de esconderme detrás de mi tía o aventarme a los arbustos para que no me vea. No estoy aquí por él… Bueno, puede que… ¡No! No vine por él. Si me levanté temprano, es para apreciar las clases de mi tía y porque, por andar en las nubes, se me cayó el reloj en la ducha. Si de por sí la correa estaba rota, al caer en el agua ya no funciona para nada, lo que hace que me den ganas de morirme. Me tomé el medicamento dos minutos después de la hora. Mamá estuvo presente por unos segundos. No la vi, pero sentí su presencia. Hui de casa antes de que pronunciara alguna palabra.

Tengo que conseguir otro reloj lo más pronto posible o esa maldita bruja arruinará todo mi progreso. De eso me ocuparé cuando regrese a casa. Por el momento, dejo salir un suspiro muy largo al llegar al salón sin tener un solo rastro de él.

Durante las clases no pude controlar mi pierna derecha. No dejaba de moverse, justo como ahora. Esperé con impaciencia que llegara la hora del almuerzo, me he sentado en la misma mesa de ayer. Tengo la mirada en mi libro, pese a que no puedo leer. Desde ayer mi cabeza está en todos lados, que me es difícil concentrarme. Lo único que quiero es que ese chico aparezca enfrente de mí. Fueron cuatro horas de una profunda conversación conmigo misma para que aceptara que solo vine para verlo.

Desde ayer no he dejado de pensar en él, lo que me resulta muy molesto. No lo entiendo. ¿Qué tiene ese chico que no deja de atormentar mis pensamientos? ¿Es porque me salvó de unos maleantes, porque se robó mis palitos de zanahoria o porque pasó dos minutos explicándome por qué no es un chico malo?

Como sea, una parte de mí ansía verlo, aunque sea de lejitos. La otra parte se siente desesperada y con ganas de desaparecer. Solo es un chico, no tiene nada de especial, sin mencionar su sonrisa, que destaca en todos los sentidos. Aquí lo que importa es que no lo conozco y prefiero no hacerlo para no desilusionarme. Mis escenarios imaginarios ya me crearon muchas expectativas.

Debería irme. Es lo mejor. Antes de que empiece la clase, le diré a mi tía que me siento mal. Llamará a papá y él vendrá por mí en menos de un minuto. Asunto arreglado.

¡No, Kenzie! Te despertaste a las seis de la mañana solo para verlo y lo vas a ver.

No tengo de otra, me voy a quedar. Ya estoy aquí y no me parece justo sacar a papá de su trabajo por una estupidez que yo puedo resolver. ¿Pero qué tal si el chico intenta hablar conmigo? ¿Qué le voy a decir? Cambio de opinión, me largo, no quiero verlo. Prefiero estar en casa, comer panquecitos de chocolate y ver Malcolm el de En Medio. Caminaré si es necesario, pero no pienso estar aquí un segundo más.

Uno… dos… tres… cuatro… Estoy bien. No pasa nada.

Guardo en la mochila mi libro junto a mi almuerzo sin ninguna mordida. Antes de levantarme, me pongo la capucha de la horrenda sudadera para pasar desapercibida. ¿Por qué me puse esta cosa si la detesto tanto? Mamá me la obsequió como regalo de cumpleaños. La señora lo había olvidado, lo recordó dos semanas después. Daría lo que fuera para confirmar mi teoría de que entró a la primera tienda de ropa que se le cruzó por el camino y esto fue lo primero que vio. Ni siquiera se tomó la molestia de envolverla, me la entregó en una bolsa de plástico.

Con la mirada abajo y las manos entrelazadas dentro de la bolsa de la sudadera, me dirijo a la salida. Lo mejor es que hable con Rox, ella lo entenderá. Solo espero que esté en el salón y no en su oficina besuqueándose con el director. Esta mañana la sorprendió en la entrada con una caja de chocolates y un enorme ramo de rosas. Si el pobre hombre supiera que Rox repartió los chocolates a los alumnos de la primera clase y les dio una rosa a los de la segunda. Insisto, alguien debería hablar con él para que se dé por vencido.

Al no prestar atención en el camino, mi torpeza hace que me estrelle contra alguien. No me da tiempo de meter las manos. El golpe me hace caer de espaldas. Todos me están mirando. No… no… no… Se están riendo. Torpe… Torpe… Torpe… Uno… dos… tres… Tengo que levantarme. Si me quedo en el suelo, todo será peor. Tranquila… No pasa nada. Uno… dos… tres… cuatro…

Alzó la mirada. No puede ser. Mierda. La vida me odia, no tengo duda de eso. Estas son cosas que están destinadas para que solo me pasen a mí. Lo invoqué de tanto estar pensando en él.

—Kenzie, ¿estás bien? —Para mi sorpresa, me toma del brazo y de la espalda. Me pone de pie en segundos, como si fuera una pluma, En el pecho siento algo caliente y pegajoso, por el olor me doy cuenta de que es café. Quiero desaparecer, convertirme en arena e irme con el viento—. Mierda, lo siento tanto. Estaba entretenido con el teléfono y no te vi. ¿Estás bien? ¿Te hice daño? ¿Te golpeaste la cabeza?

Me pierdo por completo en sus ojos verdes. Son tan claros como dos gotas de un buen té. Es la mirada más transparente y sincera que he visto. Yendo más a fondo, me atrevo a decir que carga con una capa de dolor. Un paciente del hospital me dijo lo mismo cuando me vio por primera vez. En parte, esa es la principal razón que me impide dejar de verlo. Su mirada me resulta familiar. Todo el cuerpo me está temblando, las manos se me han hecho agua. De repente me han dado muchas náuseas. El estómago me gruñe de la misma manera que lo hacía ayer. Detesto esta sensación.




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