José me hizo una pregunta, lo sé por la manera en que me está mirando. Su mirada es tan poderosa que sus ojos suelen hablar antes de sus palabras. Es un don que con el tiempo he descifrado. Por cómo ha levantado las cejas, más me vale que diga algo en los próximos segundos o creerá que algo anda mal, cuando en realidad es todo lo contrario. No se me ocurre qué decirle, no recuerdo haberlo escuchado hablar. Mi cabeza anda en otro mundo. En el mundo de los ojos té verde.
—¿Kenzie?
—¿Me puedes repetir la pregunta?
Se me acaloran las mejillas. Estoy tan nerviosa. Es como cuando la maestra te pregunta algo y no sabes qué contestar porque estabas pensando en lo que vas a comer al llegar a casa. Espero que no se moleste al pensar que lo estoy ignorando o que no le estoy prestando atención.
—¿Qué es lo que pasa? Desde que entraste a la oficina te he notado distraída. ¿Hay algo que te esté preocupando?
—Es una larga historia.
—Aún nos quedan treinta minutos. Te escucho.
No quiero hablarle de Hero. Toda la semana he estado de muy mal humor porque todo el tiempo estoy pensando en él. Cuando salí del hospital esperé de todo, excepto conocer a un chico que se ha encargado de invadir mis sueños y pensamientos.
—Conocí a alguien… A… un chico… —Bajó la mirada. Con la uña de mi dedo índice trato de quitarme el padrastro que me hice en el pulgar al entrar aquí— Cuando salí del hospital, papá quería hacer panquecitos de chocolate, pero como faltaban algunos ingredientes, le dije que yo iría a comprarlos y así fue, solo que en el camino unos tipos me acorralaron con la intención de robarme —se inquieta en su sofá—. Por suerte, apareció ese chico y me rescató. Para mí, él ya había quedado en el pasado, hasta que días después asistí a la universidad con mi tía Rox y nos encontramos. Hable un poco con él, lo que, para mi sorpresa, no fue tan malo.
—Me da mucho gusto escuchar eso. Me hace pensar que tuvo un impacto positivo en ti.
—Sí, lo fue, porque a pesar de que no quería ir otra vez con mi tía, terminé yendo y por accidente me tiró encima su café. A modo de disculpa me invitó a una cafetería. Hablamos por horas. Me sentí tan cómoda con él que, por un momento, todo lo demás desapareció. Con decirte que casi le provoco un infarto a mi papá. Me olvidé de él. No lo llamé para decirle en dónde estaba.
Me da risa recordarlo. Es una anécdota que tengo para contarle cuando sea más viejo.
—¿Sigues hablando con el chico? —al levantar la mirada, lo encuentro con una enorme sonrisa en su rostro. La mía ha desaparecido con esa pregunta.
—No, no lo he visto desde esa vez en la cafetería. Mi reloj se descompuso y… mamá apareció…
Papá no me compró un nuevo reloj como él había prometido. En su lugar me regaló un teléfono con crédito ilimitado para que los dos nos comuniquemos y ninguno de los dos tenga que preocuparse por no saber en dónde estamos. Como todos los teléfonos en el mundo, el mío tiene alarma, pero mi paranoia de que no vaya a sonar no me ha permitido cerrar los ojos en toda la noche. Mi cabeza no puede aceptar que la alarma sí funciona y que siempre sonará mientras que el teléfono esté conmigo y tenga batería.
—¿Hablaste con ella?
—Sí y… no fue nada lindo… —consigo arrancarme el padrastro de mi pulgar, me aguanto el dolor e ignoro que me está sangrando—. Hoy no quiero hablar de eso.
—Muy bien, no pasa nada.
Por una vez en sesión, no quiero hablar de mamá. ¿Para qué? Ya sé lo que me va a decir: “Ella no existe, es un producto de tu inconsciente. Debes dejarla ir para que ambas puedan ser libres”. Todo el tiempo esas palabras me taladran la cabeza como un casete descompuesto.
—¿Te gustaría que habláramos sobre el chico? ¿Por qué no me cuentas un poco más de cómo te sientes cuando estás con él?
—Lo que siento es… diferente. Aunque la palabra correcta sería… nuevo. Esa vez en la cafetería disfruté mucho su compañía. Hablamos como si fuéramos amigos de hace años. Resulta que tenemos muchas cosas en común. Nuestros papás son escritores, ambos perdimos a nuestras mamás y compartimos el mismo gusto por los libros. Pero… hay algo que no me agrada. Desde que apareció en mi vida, no dejo de pensar en él. Todo el tiempo está en mi cabeza. Sus ojos y su sonrisa los veo en todas partes. Detesto mucho sentir este hormigueo en el estómago. No lo entiendo y me pone de muy mal humor. ¿Por qué me siento así si solo he hablado con él dos veces?
Deja su cuaderno a un lado, se cruza de piernas como señal de que la conversación se va a poner seria. No me gusta para nada la sonrisita que tiene.
—Puede ser por varios motivos, pero por lo que veo, puedo decirte que se trata de una atracción. El chico te atrae, te gusta.
—¿Qué? ¿Gustar? No, no, no. Eso es imposible.
—¿Segura? —levanta una ceja, esa es otra de sus habilidades—. Dime una cosa, ¿cómo te sientes cuando lees un libro y aparece el protagonista guapo, amable y casi perfecto que tiene muy enamorada a la protagonista?
—Me pone feliz leer su nombre, suspiro cuando dice algo lindo, beso las páginas, no puedo dejar de sonreír, lo imagino a mi lado, no dejo de pensar en él y… me hormiguea el estómago.