“Si no me encuentras al principio, no te desanimes.
Si me pierdes en un lugar, busca en otro.
Me detendré en algún lugar a esperar por ti.
—Hojas de Hierba, Walt Whitman
Mamá, te he buscado en tantos sitios y sigo estando tan perdido.
Te busco todas las mañanas en las burbujas de mi café, en las plantas que te prometí cuidar, en la bufanda que me tejiste por Navidad.
Te busco en el color rosado de los atardeceres, en el canto de los pájaros que venían a visitarte, en el aroma de tu perfume.
Te busco en mis sueños, en la oscuridad de mi habitación, en la soledad que me acompaña a diario.
Te busco todos los días con la esperanza de irme contigo, de poder abrazarte y escucharte decir que todo va a estar bien.
Hoy te extraño más que otros días. El pecho me quema, no puedo dejar de empapar el papel con mis lágrimas. En parte se debe a que volví a poner en su lugar los recuadros con las fotografías donde tú apareces. Pude avanzar de la primera página de ese libro que tanto te gustaba. Hojeando un poco, me encontré con esa frase y desde entonces no puedo dejar de pensar que la marcaste con la esperanza de que en algún momento me reencontrara con ella.
Eso me recuerda que estás cerca, que de cierta manera me escuchas y me guías por el camino. Pero, mamá… Te necesito tanto, quisiera que estuvieras aquí. Necesito más señales, más motivos. Me estoy quedando sin fuerza. Te juro que lo estoy intentando. Me levanto cada mañana por ti, por papá y ahora que la he conocido… por ella. No es fácil. A diario tengo que pelear con esos pensamientos de mi cabeza que me repiten que me rinda, que me quede todo el día en cama para que me pudra en mi miseria hasta que ya no quede nada.
He encontrado el arma perfecta para eso. Del armario saqué el cuadro que te regalé en tu último cumpleaños, ¿lo recuerdas? Es un amanecer rosado en la playa. Cuando le quitaste la envoltura, te quedaste viéndolo por veinte minutos, dijiste que era lo más hermoso que habías visto porque te recordaba a tu lugar favorito. Lo que nunca te dije es que te lo compré porque sabía de lo mucho que te entristecía no poder ir ahí y quería que tuvieras una parte del sitio que te llenaba de esperanza.
Al verlo otra vez, Kenzie apareció en cada espacio de esa pintura y me hizo darme cuenta de lo mucho que me gustan los amaneceres. Ese día no pude dormir porque me daba miedo no despertar para ver de nuevo el cuadro y verla a ella. Me gusta mucho, mamá. Habita en mi cabeza la mayor parte del día. La encuentro en mis libros y a veces me acompaña en mis sueños. Lo que más deseo es tomar su corazón e iluminarlo, así como ella lo está haciendo con el mío.
Suena precipitado, lo sé. Mi cabeza aterriza en la realidad con pensamientos de que lo voy a estropear. Me recuerda que no estoy bien, que lo único que lograré es que mi corazón se rompa por completo y que la soledad me terminará de hundir.
Mamá, sé que algún día todo sanará y que los recuerdos vendrán acompañados de sonrisas. Te prometo que seguiré trabajando para llegar a ese momento. Dondequiera que estés, no me dejes. Permíteme seguir buscándote hasta que pueda encontrarte.
No olvides que te amo. Te extraño… Te necesito.
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