Él vendrá… él vendrá… él vendrá… No te preocupes, no te dejará plantada. Él vendrá… No te imagines escenarios catastróficos que no pasarán, como el que no llegue porque se confundió de día y pensó que nos veríamos mañana.
¿Y si yo me equivoqué de día?
Tengo que recordarme que ya confirmé veinte veces ese dato al leer el mensaje que me envió esta mañana para confirmar la hora. Mi cerebro es mi enemigo número uno. No se detendrá hasta que tenga a Hero enfrente de mí.
Leo una vez más su último mensaje. Dice que estará aquí a las cuatro y media y faltan cinco minutos para eso. De tolerancia le doy diez minutos. Pasando los quince es cuando me permitiré entrar en pánico y le daré la razón a mi cabeza.
Uno… dos… tres… cuatro…
Mi pierna derecha se mueve con impaciencia. No me atrevo a mirar si ya le he hecho un hoyo al suelo. Por tercera vez me secó las manos en el pantalón. Abro y cierro las palmas para intentar calmarme. Tengo tantas cosas en la cabeza que no puedo concentrarme en mi lectura. Siento la mirada de todos a pesar de que soy consciente de que todo es producto de mi nerviosismo. Cada quien anda en sus asuntos.
Papá me dejó aquí hace veinte minutos. Quería tener tiempo para prepararme mentalmente para esto, y ahora me doy cuenta de que fue una pésima decisión.
Leo de nuevo el mensaje.
¡Basta! ¡Hero me confirmó que vendría! ¡Él vendrá!
Esto sería más fácil, si yo no sintiera nada por Hero y si no viviera con la creencia de que en cualquier momento me va a caer un rayo y me voy a morir. Estoy a nada de llamar a papá para que venga por mí, pero hacerlo es darle una victoria más a mamá. Ella es la culpable de que me haya ocultado toda la semana. Si me voy, no valdrá la pena las dos horas que pasé planeando un conjunto bonito. Hasta me puse un poco del perfume que me regaló mi tía Rox hace dos Navidades. No quiero que sea en vano mi esfuerzo por levantarme de la cama esta mañana. Pero, sobre todo, no le daré a mamá el privilegio de burlarse de mí por vencerme de nuevo.
Me pongo a leer los demás mensajes. Rox le pasó mi número de teléfono. Anoche hablamos por tres horas seguidas hasta que el sueño le ganó y se quedó dormido. Me sentí tan mal por él. Pasó todo el día estudiando y le quité horas de descanso al hablar conmigo sobre si tuviera la oportunidad de vivir dentro de un libro, cuál sería. Ambos coincidimos en que nos gustaría ser los protagonistas de La Sombra del Viento.
Yo no pude dormir casi nada por los nervios y la emoción de verlo otra vez. No podía dejar de crear escenarios sobre este día. Sonará tonto, pero estuve practicando conversaciones para no tartamudear.
Regreso atrás a las cinco páginas que leí y no comprendí nada. Últimamente, leer me es muy difícil. Hero y sus ojos verdes me revuelven las palabras.
—Hola —la espalda se me pone rígida al escuchar su voz. De forma automática levanto la mirada, encontrándome con sus ojos verdes, quienes me saludan con su sonrisa amplia—. Vine corriendo en cuanto salí del hospital.
Me quedo congelada. Las palabras se me quedan atrapadas en la garganta. Sin que yo se lo pida, ocupa el lugar vacío enfrente de mí.
Es como si la galaxia entera hubiera aterrizado a mis pies. Los murciélagos en el estómago ya se despertaron. Siento como el calor sube a mis mejillas. Su cabello no está tan despeinado como otras veces, viste con su uniforme y su emblemática chamarra de cuero. Sigue sin convencerme esa combinación.
Se ve tan bien, que me cuesta respirar.
No sé qué tan cursi vaya a sonar esto: ahora que está aquí, me siento completa. Tenerlo cerca hace que se me recarguen las energías que perdí estos días que me pudrí en las cuatro paredes de mi casa. Le estoy sonriendo de verdad. Las mejillas me tiemblan de la emoción. Qué raro es percatarme de eso.
—Pero qué día… —suelta un enorme suspiro a la par que se pasa los dedos por el cabello. Ya descubrí su truco para alborotarlo—. En el hospital, un chico intentó sobornarme para que le diera mi orina para su antidoping. Casi me agarra a trancazos cuando le dije que no podía hacer algo así porque va en contra de mis principios y mi ética profesional.
En el rostro se le nota el cansancio. A pesar de eso, sonríe y anda de muy buen humor. Me cuesta entender cómo es que logra mantenerse tan positivo y con ánimos. A veces, sin querer, sus palabras delatan que dentro de él todo está destrozado.
—Una pregunta, ¿qué crees que es peor, que le arrojen a tu casa huevos y papel higiénico o que le arrojen a tu auto globos con pintura?
—¿Los globos con pintura?
—Me encanta tu respuesta —se levanta de un brinco. Alza sus brazos para estirarse, no entiendo que sucede—. El día de hoy me vas a ayudar a hacer una pequeña travesura.
¿Qué cosa?
Toma mi libro a la vez que sujeta mi mano. Intento seguir sus pasos largos, pero camina tan rápido que me tropiezo varias veces. En la entrada por accidente casi chocó con el chico que trabaja aquí y que la vez pasada me dio su número telefónico. No recuerdo su nombre. Lo que sí sé es que las miradas que me lanza no me gustan para nada.
Hero me lleva a su Mr. Darcy. Inserta las llaves pisando el acelerador hasta el fondo. Por el retrovisor veo cómo de la parte de atrás sale humo oscuro. No tengo ningún conocimiento sobre autos, por lo que me ahorraré el comentario sobre que tal vez no debería ir tan rápido si no quiere que su carcacha se despedace en una curva.