Hoy se cumple un mes de haber salido del mierdero de lugar. Al despertar, me puse a meditar de todo lo que ha pasado estos treinta y un días y tuve que reconocer que me subestimé mucho. Yo pensaba que no iba a sobrevivir una semana. Lo que me hace sentir orgullosa es que, a pesar de que no ha sido para nada fácil, no me he rendido. Cada día lo intento. A diario recuerdo que ya perdí mucho tiempo de mi vida y que no debo desperdiciar un solo segundo.
En mi sesión con José, él mencionó que me veo más reluciente. Alex dijo que soy una nueva Kenzie, mientras que Adele me hizo ver que mis ojos tienen un nuevo brillo.
Estos días no ha pasado nada interesante, más que la semana pasada que mamá me visitó y fue porque me desvelé leyendo y no escuché la alarma. Casi me ahogo con el medicamento al intentar tomarme las dos pastillas al mismo tiempo para que desapareciera lo más rápido posible.
Algo que quiero destacar es que mi relación con papá ha mejorado mucho. Todas las noches preparamos juntos la cena e hicimos un acuerdo de que cada semana vamos a elegir un programa de televisión para verlo mientras cenamos. Papá parece no entender el concepto de “programa de televisión”, siempre pone sus partidos de fútbol. Yo trato de poner algo diferente que no sea Malcolm. Esta semana empezamos a ver Bates Motel. No sé por qué elegí eso si la protagonista me recuerda a mamá, lo que hace que me ponga de muy mal humor, sin mencionar los problemas psicológicos de Norman Bates. A papá le está gustando tanto que voy a tener que aguantar las cinco temporadas. Prefiero ver a veintidós hombres pateando un balón que estar pensando en mamá.
En el desayuno, por poco me caigo de la silla cuando me dijo que le da mucho gusto verme sonreír todo el tiempo y me preguntó si eso se debía a Hero.
No pude decirle que sí porque yo tampoco lo sé. Lo cierto es que todas las tardes nos hemos reunido en la cafetería. Hablamos por horas, escuchamos música o leemos juntos. Esa última es de mis cosas favoritas. Hero suele leer en voz alta. Su voz es como escuchar esa canción a la que recurres como lugar seguro porque te hace olvidarte de todo lo que pasa en el exterior. Es lindo cuando nos reímos, enojamos o lloramos en la misma escena. Yo suelo poner post-it mientras que él subraya nuestras partes favoritas. A veces escribimos notas o dibujamos estrellitas.
Me agrada que los dos formemos parte del club de lectores que subrayan y escriben en los libros. Hacer eso hace que se vuelvan más especiales y únicos. Me hace querer ir al futuro para leerlos de nuevo y reencontrarme con esos pedazos de alma que hemos dejado.
Como lo he dicho, nos hemos visto todos los días, a excepción de una vez que tuvo que quedarse hasta tarde en el hospital. Gracias a él aprendí a poner inyecciones. Me hizo practicar con una naranja que al final terminó en su estómago.
No le he contado nada sobre el hospital, no sabe que tomo medicamentos y mucho menos de las apariciones de mi mamá. Diría que somos buenos amigos, pero no estoy lista para contarle esa parte tan importante de mi vida. Estoy segura de que él sospecha algo o que por lo menos ha notado que en ocasiones mi comportamiento no es normal. Por más que lo intento, hay veces que no puedo controlar mis respiraciones, mi tartamudez, cuando abro y cierro los puños, el que me tiemblen las manos y que cierre los ojos para tranquilizarme. José dice que no debería avergonzarme mostrar esa parte vulnerable de mí. Yo le expliqué que no es vergüenza, más bien es miedo de perder todo esto y que se convierta en otra mancha oscura a la que tenga que sobrevivir.
Cada vez que estoy con él, es como si nada existiera además de nosotros dos.
Hero es como un libro y los libros son magia. Sin que tú se los pidas, te producen una ola de emociones y sensaciones. Es aquel libro que no te cansas de releer y aprender de él. Es como leer un libro nuevo que no quieres terminar, uno que está tan bueno que te deja con un bloqueo al no dejar de pensar en él.
Hero es mi libro favorito.
Llevo toda la tarde intentando concentrarme en la lectura. Son demasiadas las cosas que tengo en la cabeza. Hoy, por segunda vez, me encontré a Hero al salir del consultorio de José. Por suerte no me vio, pero Alex y Adele sí lo vieron y tuve que encerrarlos en nuestro escondite para que no fueran a molestarlo. Ese par es capaz de decirle que me gusta y lo único que van a lograr es que se me dé un ataque al corazón.
—¡Kenzie, baja a despedirte! —grita papá desde la sala.
Esta noche se va de viaje por una semana. Como todos los años, su editorial ha organizado una gran feria de libros en donde se presentarán los nuevos autores y los próximos libros a salir. Tardé tres días en convencerlo de que estaré bien si me quedo sola. Él dice que no hay ningún problema. Sin embargo, ya casi tiene un pie arriba del avión y sigue sin aceptar que no le convence la idea de que me quede aquí. No es que no quiera ir con él, todo lo contrario, amo ir a esas ferias. Es solo que el gran pavor que le tengo a los aviones me impide acompañarlo. Los otros años hemos viajado en auto, pero desde el año pasado papá se dio cuenta de que manejar ocho horas a Valle del Rock es un desperdicio de tiempo y que irse por aire solo le tomará dos horas. Yo prefiero quedarme en casa, ver películas, comer dulces, patinar e ir a la cafetería con Hero. Ya está de vacaciones, lo que significa que podemos pasar más tiempo juntos.
Dejó el libro sobre la cama. Papá tiene tanta prisa que ya me está llamando otra vez. Con torpeza me pongo mis pantuflas de Sullivan y bajo lo más rápido que puedo. Es a la mitad de las escaleras que el alma se me sale del cuerpo, se me baja la sangre a los pies y, para rematar, siento que me acaban de echar en la cara un balde de agua helada.