Un policía llamó a Pearl y August una tarde. La voz al otro lado del teléfono era grave. Alejandro había sido encontrado muerto en un callejón. La noticia cayó como un golpe brutal, arrancando el aliento de ambos.
Pearl dejó caer el teléfono, las lágrimas brotando sin control. August se quedó rígido, incapaz de moverse, mientras la realidad se asentaba: su hijo había muerto solo, vulnerable y rechazado por quienes deberían haberlo protegido.
—No… —susurró Pearl, abrazando a Isaac y Ambar que corrían hacia ellos—. No puede ser…
Los niños no entendían la magnitud de la noticia, solo sabían que su hermano ya no estaba. El vacío en la casa se volvió insoportable, y la culpa y el dolor se apoderaron de los padres.