Pearl se sentó en el suelo del cuarto de Alejandro, abrazando una de sus camisetas. Cada recuerdo la golpeaba: los gritos, los insultos, el rechazo. La culpa era inmensa.
—Te fallé, hijo… —susurró entre sollozos—. Te fallé…
Cada lágrima que caía sentía que era un grito de perdón que Alejandro nunca podría escuchar. La realidad era devastadora: el amor que no dio a tiempo había desaparecido junto con él.