August permanecía en silencio, mirando la puerta de la habitación vacía de Alejandro. Por primera vez, su orgullo se quebró completamente. Recordó las palabras duras que le había dicho: “volverás como un perro”, y sintió que cada palabra lo perseguía.
—¿Cómo pude… —murmuró—. ¿Cómo pude hacerlo sufrir tanto?
La culpa lo consumía y, aunque trataba de ser fuerte por los niños, sabía que su hijo ya no volvería.