Ambar corrió a la habitación de Isaac, llorando y abrazándolo.
—¡Alejandro! —gritaba—. ¡Quiero a mi hermano!
La casa estaba sumida en un silencio doloroso. Los niños no comprendían completamente la muerte, solo la sensación de ausencia. La familia, rota, empezaba a enfrentarse a la cruel realidad de perder a su hijo y hermano mayor.