Pearl y August comenzaron a recordar a su hijo: sus risas, su valentía, su lucha por ser él mismo en un mundo que lo rechazaba. Por primera vez comprendieron la profundidad de su identidad y el coraje que había mostrado.
—Él siempre fue valiente… —dijo Pearl, entre sollozos—. Incluso cuando nosotros lo rechazamos… él nunca dejó de ser él mismo.
August asintió, incapaz de hablar. El remordimiento y la tristeza lo dominaban, pero también empezaba a comprender que el amor verdadero no se puede imponer ni castigar.