Mami, no quiero dormir |sueños oscuros #2|

8° 3:15 a. m.

La habitación se había sumido en un silencio más allá de lo perturbador, ya que Susy se mantenía rejega en responder a la pregunta de Joey y en su lugar, ambos intercambiaban miradas desafiantes. Incluso, una sensación de peligro parecía extenderse por el lugar.

Sin más remedio, el hombre se hizo hacia atrás para recargar su espalda, relajando por fin sus facciones.

Era muy obvio que Ana era inteligente y se cuidaría de no revelar su identidad o sería fácil detenerla.

En todos sus años como demonólogo, se había enfrentado con diversos tipos de seres malignos y siniestros; desde espíritus de brujas que proclaman su amor a Satanás, hombres que vendieron su alma, hasta los demonios mismos.

Así que dada su experiencia debía reconocer —cuando menos para sí mismo— que el ser que tenía frente a él era algo diferente.

A pesar de ser consciente de ello, había jurado por todo lo que amaba que ayudaría a quien lo necesitara para dar un buen uso a sus habilidades, así que él estaba dispuesto a enfrentar a esa cosa cara a cara. Aunque no debía tomarlo a ligera, pues necesitaba usar su cerebro si quería conseguir que Ana se retirara.

Para lograr su cometido, primero debía enterarse hasta dónde la criatura controlaba a Susy, de otro modo sólo conseguiría hacerle daño… un error, y la niña lo pagaría.

El hombre se aclaró la garganta tras dar un pequeño suspiro de resignación, luego cambió su pregunta, para ocultar sus intenciones e incitar a Susy a tomar control de su cuerpo y que fuese ella quien le respondiera.

—Hola, nena. Perdón por ser tan brusco. Mi nombre es Joey Wilson  ¿y el tuyo?

Susy miraba con claro recelo hacia el hombre, manteniéndose al margen de él.

Joey estuvo a punto de volver a hablar cuando la voz de Valeria se adelantó, pidiéndole a la niña con ternura disfrazada que saludara también.

Fue notorio para los tres adultos, que el roce de la mano de la mujer sobre la espalda de Susy la había estremecido, al tiempo que su rostro se suavizaba. La vieron tragar en seco cuando un escalofrío la recorrió.

—Me —dijo con temor la pequeña antes de volver a pasar saliva, haciendo un claro esfuerzo por responder—. Me llamo Susana. Susy —susurró.

—Qué lindo nombre. —La niña negó con la cabeza muy apenas al escuchar eso, para luego mirar sobre su hombro en dirección de la puerta—. ¿Qué ocurre? ¿No te gusta tu nombre? —Susy volvió a negar en silencio, aún sin despegar la vista de la puerta—. ¿Por qué?

—Porque ella lo profanó.

«Profanó», repitió Joey en su cabeza. Esa era una palabra difícil para que una niña de esa edad la conociera

—¿Quién, Susy? ¿Quién profanó tu nombre?

La pequeña volvió a mover la cabeza de forma negativa, sin responder. En su lugar, miró hacia el suelo, dejando percibir que se sentía vencida. Quizá, Ana estaba mirándola amenazante desde la puerta y la obligaba a callar el dolor por el que la hacía a pasar.

—Dime, nena —comentó Joey con voz suave, llamando la atención de Susy, quien había volteado a mirarlo con ojos vacíos—. Tus papás me dicen que tienes una amiga. ¿Es cierto?

—Sí —respondió a la brevedad con voz aliviada.

—¿Y en tu otra casa también tenías amigos? Me refiero a: amigos de los que nunca les hablaste a tus papás.

Susy se hizo hacia atrás y comenzó a juguetear con sus manos a modo de nerviosismo.

Joey al mirar la expresión de su rostro, se dio cuenta de que en el corazón de la niña había sentimientos encontrados. Supuso que en parte, debía tratarse del miedo por la situación con Ana, pero también del remordimiento de ocultar cosas a sus padres.

Para todos los niños pequeños, la regla número uno era: no hablar con desconocidos. Y era obvio que ella, había roto dicha regla en más de una ocasión.

Al comprender aquello, Joey le sonrió con comprensión cuando Susy le devolvió la mirada, para darle a entender que todo estaría bien. Que él haría lo que pudiese por ayudarla y que sus padres entenderían.

—Sí… —respondió por fin Susy luego de unos segundos de silencio—. Tenía tres amigos en mi antigua casa. —Hizo una larga pausa antes de volver a hablar—. Iban a jugar conmigo cuando mis papis dormían, señor. —Volvió a guardar un largo silencio, aunque su rostro expresaba que había algo más qué decir—. Pero ninguno era como ella —masculló.



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En el texto hay: terror psicológico, demonios, horror

Editado: 07.03.2018

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