Mana Gretinnyer

CAPÍTULO IV - Ícaro

El túnel por el que subíamos era estrecho, cada vez que pasaba un minuto contaba las puertas que pasábamos a los laterales del túnel y que posiblemente condujesen a otras zonas de este lugar, y en total, ya llevaba veinte. Este lugar era inmenso.

Por encima de mi comencé a ver una nueva luz, Mociño paró y comenzó a subir por una puerta, pero lo extraño era que el mismo se volteó hacía mi con dificultad y comenzó a ir marcha atrás hacía la misma.

— Es importante que hagas esto, confía en mi —Mociño continuó y por detrás de el pude ver a mas gente, mirándonos desde el suelo. Todos eran niños de mi edad y llevaban una especie de pijama blanco con líneas amarillas a los laterales, y números en los frontales de la ropa—.

Lo más extraño de todo, era que nos miraban desde el suelo, el cual se encontraba mas alejada de la entrada por la cual Mociño estaba pasando. ¿Es que acaso estamos boca abajo?

Comencé a hacer lo mismo que él y me di cuenta tras pasar la puerta que la gravedad tiró de mi hacia abajo, lo que me hizo asustarme y casi soltarme de las barras de la escalera, nervioso, bajé con cuidado. Una mujer se acercó a ayudarme, mientras trataba de no caer.

— No te preocupes —la mujer me agarró de los brazos y me elevó para dejarme con delicadeza en el suelo—, a todo el mundo le pasa la primera vez, os acostumbrareis a esto ya lo verás.

Al pisar el suelo metálico me di cuenta de la instancia en donde nos encontrábamos, era un lugar muy diferente a la sala donde entré por primera vez, este sitio estaba repleto de colores, dibujos infantiles por las paredes, y unas extrañas líneas rojas, azules y amarillas que se entrelazaban en las paredes blancas, formando caminos que navegaban por el suelo y se perdían por entre las diferentes puertas de la habitación octagonal.

— Jesús —escuché una voz quejarse proveniente de arriba, por donde habíamos bajado. Era Vex, el cual se encontraba descendiendo las escaleras con cuidado—, mira que les dije que hicieran hueco en el túnel, uno o dos kilos mas y no lo cuento.

Vex terminó de bajar y se apoyó en el suelo mientras se daba la vuelta y se sacudía la túnica para mirarnos con una sonrisa ladeada.

— ¡Bueno! —Vex miró de derecha a izquierda a todos los niños y niñas del lugar mientras entrelazaba los dedos de las dos manos y las apoyaba en su regazo y le vi dudoso de como empezar, pues el silencio en la sala hacía evidente que todos nos encontrábamos confusos— Es algo difícil hablar mientras tengo a tanta audiencia, disculpadme —dijo riendo—.

— Quizás empiece por una presentación, señor —la mujer de mi lado se dirigió hacia Vex, intentando ayudarle—.

— Cierto, si. Muy buena idea, Artemis.

Vex se acercó hacía mi y se agachó para quedar a mi altura, me cogió la mano y me miró.

— Número doce, y el último por los pelos —dijo mientras miraba la palma de mi mano y la cerraba en un puño—. ¿Y tu nombre?

— Mi nombre es Harrison —dije con nerviosismo mientras me tapaba la boca, ¿Harrison? ¿Por qué he dicho eso? Las miradas del resto de los infantes se posaron sobre mí mientras Vex daba algunos toques con la punta de sus dedos sobre los nudillos de mi mano.

— Harrison, muy bien —Vex se levantó para mirar al resto de niños y se acercó al que tenía a mi izquierda, la cual era una niña de pelo rubio, el cual le hacía unas preciosas formas rizadas alrededor de sus ojos color ámbar, aunque su expresión no era la más apacible.

— Y tu, ¿Cómo te llamas? —Vex se agachó también para mirar a la niña y coger su mano— ¿Número ocho?

— No quiero. —la niña apartó su mano mientras se cruzaba de brazos sin responder—.

— Ella es Sandra de la Vega —la mujer que tenía a mi lado se encontraba sujetando un bloc de notas entre sus brazos, mientras pasaba la página con cuidado y la misma se doblaba por encima del cartón—.

— De la Vega —Vex asintió mientras se levantaba y daba algunos pasos atrás— Pues es momento de que os olvidéis de vuestros nombres.

Los niños se miraron confusos mientras Vex terminaba la frase, yo miré a Sandra quien se encontraba hablando con otra niña a su izquierda. Al fondo de la fila pude ver a Mociño, sabía que era por el rostro que tenía pero si que es cierto que su color de pelo era distinto, y en la Academia era mas mayor.

Miré mis pequeñas manos mientras las abría y las cerraba, y di un respingo cuando Vex volvió a hablar mas alto, cortando el murmullo del ambiente y haciendo que todos le prestásemos atención.

— ¡Todo está bien! Y no tenéis que preocuparos de nada. Este es vuestro nuevo hogar, tendréis mucho tiempo para acomodaros y para preguntar todo lo que necesitéis.

— ¿Por qué nuestros nombres? —Una voz familiar sonó por la fila, pero no alcancé a ver de quien era—.

Vex asintió mientras dio dos toques con el pie en el suelo, las líneas de la habitación comenzaron a iluminarse mientras el lateral de la cabeza de Vex se iluminó extrañamente. El mismo toco el lateral de la misma con las puntas de los dedos mientras movía la boca, como hablando, pero sin pronunciar palabra.

De pronto, el brillo de las líneas del suelo y pareces se desvaneció, a excepción de una de ellas de color naranja, la cual conducía a una pared que se abrió sola, poco a poco, con un sonido extraño pero "limpio". Detrás de la misma, pude observar como la línea continuaba por un amplio y largo pasillo, muy iluminado por luces que se encontraban a los laterales del pasillo.

— Seguidme y os lo explicaré —Vex comenzó a caminar siguiendo la línea cuando se paró en seco y nos miró, con sorpresa—. ¡Ah, cierto! Mi cabeza dios mío, no me he presentado, disculpadme. Mi nombre es Samuel, y soy el capitán de esta nave —dijo mientras se ponía en una posición graciosa, formal y sacando el pecho hacia fuera—.

Me encontré confuso ante la afirmación de Vex, ahora haciéndose llamar Samuel mientras el mismo se daba la vuelta y la fila de niños, comenzando cerca de Mociño, caminaban hacía el, mientras el mismo nos señalaba la línea anaranjada del suelo, indicando que no nos separásemos de ella.




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