El despertador sonó a las siete en punto.
Una.
Dos.
Tres veces.
Julieta estiró el brazo con los ojos cerrados hasta encontrar el celular sobre la mesa de luz. Lo apagó de un golpe y volvió a hundir la cara en la almohada.
Cinco segundos después, algo no encajó.
Abrió los ojos.
Su habitación era la de siempre: las paredes color crema, el escritorio junto a la ventana y los trofeos de hockey alineados sobre una repisa. Sin embargo, había detalles que no recordaba haber visto nunca.
Una planta en la esquina.
Una lámpara nueva.
Un cuadro con una fotografía familiar donde ella aparecía... más grande.
Frunció el ceño.
—¿Qué...?
Se incorporó lentamente.
Sobre la mesa de luz había un cuaderno azul oscuro con una nota adhesiva fluorescente.
"Julieta. Antes de hacer cualquier cosa, leé este cuaderno. Es importante."
Sintió un escalofrío.
No reconocía esa letra.
O sí...
Era la suya.
Con las manos temblorosas abrió la primera página.
Hola, Juli.
Si estás leyendo esto significa que te acabás de despertar.
Y también significa que olvidaste otra vez todo lo que pasó ayer.
No cierres el cuaderno.
No es una broma.
No estás soñando.
Tenés una lesión cerebral causada por el accidente del micro del torneo de hockey.
Cada vez que dormís, tu memoria vuelve al día anterior a ese accidente.
Tenés diecisiete años.
No dieciséis.
Ya pasó un año.
Respirá.
Sé que duele leer esto todas las mañanas.
A mí también me duele escribirlo.
Pero vas a estar bien.
Prometido.
Con cariño...
Vos misma.
Julieta sintió que el mundo comenzaba a girar.
No.
Eso era imposible.
Volvió corriendo hacia el espejo.
La chica que la observaba tenía el cabello castaño un poco más largo de lo que recordaba.
Su rostro parecía el mismo...
Pero más adulto.
—No...
Negó una y otra vez.
—No... no... no...
Golpearon suavemente la puerta.
—¿Juli...? ¿Ya te despertaste?
Era la voz de su mamá.
Julieta abrió la puerta de inmediato.
—Mamá... ¿qué está pasando? ¿Qué es este cuaderno?
Su madre sonrió con tristeza.
La abrazó tan fuerte que casi la dejó sin aire.
—Buenos días, mi amor.
Julieta permaneció inmóvil.
—Otra vez... —susurró.
Su mamá asintió sin poder contener las lágrimas.
—Otra vez..
Media hora después estaban desayunando.
Como todas las mañanas.
Julieta escuchaba en silencio mientras su madre repetía la historia que ya había contado cientos de veces.
El accidente.
La operación.
Los meses de rehabilitación.
La extraña amnesia.
El cuaderno.
Los videos.
Las notas de voz.
Todo.
Otra vez.
—¿Y nunca mejora? —preguntó Julieta.
Su papá dejó la taza de café sobre la mesa.
—Los médicos dicen que todavía hay esperanza.
—¿Hace cuánto vivo así?
Silencio.
—Un año.
Sintió un nudo en la garganta.
—¿Y cómo hacen para soportarlo?
Su mamá le acarició la mano.
—Porque seguís siendo vos.
Aunque tengas que volver a encontrarnos cada mañana.
Julieta bajó la mirada.
No sabía qué era peor.
Olvidar...O que los demás nunca pudieran hacerlo.
Después del desayuno abrió el cuaderno nuevamente.
Había fotografías.
Horarios.
Indicaciones.
Personas importantes.
Y una lista escrita con marcador rojo.
Reglas de supervivencia.
Leé este cuaderno apenas despiertes.
Mirá los videos del celular.
No salgas sola sin avisar.
Escribí todo antes de dormir.
Nunca dejes de vivir por miedo a olvidar.
Julieta sonrió apenas.
—Esa última suena muy optimista para ser mía...
Siguió pasando hojas.
Hasta llegar a una página completamente blanca.
Solo había una frase.
"Hoy vas a conocer a alguien."
Frunció el ceño.
—¿Qué? ¿Pero que carajo?
Escuchó el timbre de la casa.
Su mamá miró por la ventana.
—Debe ser el hijo nuevo de los Álvarez. Dijeron que iba a pasar para acompañarte al colegio.
—¿Hijo nuevo?
—Sí. Va a estar en tu curso.
Julieta arqueó una ceja.
—No conozco a ningún Álvarez.
—Es normal.
Todavía no lo conocés.
Ella respiró hondo, tomó su mochila y salió hacia la puerta.
Al abrirla encontró a un chico alto, de cabello castaño algo desordenado, con una guitarra colgada en la espalda y una sonrisa tan cálida que parecía desafiar el frío de la mañana.
Él la miró durante unos segundos.
Como si estuviera buscando las palabras correctas.
Finalmente sonrió con cierta melancolía.
—Hola...
Mucho gusto.
Soy Tomás.
Y aunque él aún no lo sabía, ese sería el primero de muchos "mucho gusto".
Porque para Julieta...
Siempre sería la primera vez.
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Editado: 17.07.2026