Mañana volveré a olvidarte

Capitulo 4: La chica del video

El despertador sonó a las siete en punto.
Julieta abrió los ojos sobresaltada.
Miró el techo durante unos segundos, confundida.
Después giró la cabeza hacia la mesa de luz.
El cuaderno azul.
La nota amarilla.
Otra vez.
Suspiró.
Aunque todavía sentía ese vacío en el pecho, ya no era el mismo pánico del primer día.
Tomó el cuaderno y comenzó a leer.
"Hola, Juli..."
Conforme avanzaba por las páginas, una sensación extraña apareció dentro de ella.
No recordaba haber escrito esas palabras.
Pero, al mismo tiempo, sentía que la chica que las había escrito la conocía mejor que nadie.
Cuando terminó, abrió la aplicación de videos.
Apareció nuevamente ella misma en la pantalla.
—¡Buenos días, hermosa!
Julieta soltó una pequeña risa.
—Sí... definitivamente soy rara.
En el video, su otra versión sonrió.
—Hoy quiero pedirte un favor.
No te enojes conmigo.
No pienses que tu vida terminó por culpa de esta enfermedad.
Todavía podemos ser felices.
Solo... de una forma distinta.
Hubo un breve silencio.
—Y otra cosa...
Cuando conozcas a Tomás...
No le tengas miedo.
Él hace que nuestros días sean un poquito más fáciles.
El video terminó.
Julieta quedó mirando la pantalla apagada.
No entendía por qué, pero escuchar a esa versión de sí misma le daba paz.
Como si estuviera recibiendo consejos de una hermana gemela.
Después del desayuno, salió de su casa.
Tomás ya la esperaba apoyado en la reja, con los auriculares colgando del cuello.
Al verla, sonrió.
—Buen día.
Julieta respondió con una sonrisa un poco tímida.
—Hola...
Mucho gusto.
Soy Julieta.
Él fingió llevarse una mano al pecho.
—¡Qué alivio! Pensé que hoy ibas a llamarte Carolina.
Ella soltó una carcajada.
—Sos bastante tonto, ¿no?
—Me lo dicen seguido.
—Entonces debe ser cierto.
Caminaron juntos hacia el colegio.
Por primera vez, Julieta sintió que presentarse de nuevo no era tan incómodo.
Tal vez porque Tomás nunca la hacía sentir culpable por olvidar.
A mitad de camino pasaron frente a una plaza.
Un anciano alimentaba a las palomas.
Dos nenes corrían detrás de una pelota.
Una pareja de jubilados compartía un mate bajo un árbol.
Julieta se quedó observándolos.
—¿Qué pasa? —preguntó Tomás.
—Nada.
Solo estaba pensando...
—¿En qué?
—Ellos no saben quién soy.
No saben que mañana voy a olvidarme de este momento.
Y, sin embargo...
El momento existe igual.
Tomás la miró con atención.
—Creo que acabás de decir algo muy inteligente.
—¿Sí?
—Sí.
Los recuerdos pueden desaparecer.
Pero las cosas que hacemos siguen cambiando el mundo.
Aunque no podamos recordarlas.
Julieta sonrió.
—¿Siempre hablás como si estuvieras escribiendo un libro?
—No.
A veces también hablo pavadas.
Ella volvió a reír.
Y Tomás pensó que haría cualquier cosa por seguir escuchando esa risa.
Aunque tuviera que volver a ganársela cada mañana.
Durante la clase de Educación Física, el profesor reunió al curso en el gimnasio.
—Hoy vamos a hacer actividades recreativas.
Julieta sintió un pequeño alivio.
Hasta que el profesor agregó:
—Y después vamos a practicar un poco de hockey.
El mundo pareció detenerse.
Su respiración se aceleró.
Las manos comenzaron a temblarle.
El sonido de un silbato.
Lluvia.
Vidrios rompiéndose.
Un micro inclinándose sobre la banquina.
Un grito.
Un golpe.
Todo apareció durante apenas un segundo.
—¡Julieta!
La voz del profesor la devolvió al presente.
Ella estaba inmóvil.
Pálida.
Con lágrimas acumulándose en los ojos.
—¿Estás bien?
Negó lentamente.
—No...
No puedo.
El gimnasio quedó en silencio.
Tomás dio un paso hacia ella sin pensarlo.
—Profe...
¿Puedo acompañarla afuera?
El profesor asintió.
Se sentaron en una escalera del patio.
Julieta respiraba con dificultad.
—Perdón...
—¿Por qué pedís perdón?
—Porque soy un desastre.
Tomás negó con firmeza.
—No sos un desastre.
Tu cabeza solo está intentando protegerte.
Ella escondió el rostro entre las manos.
—Extraño algo que ni siquiera recuerdo.
Tomás no respondió.
Simplemente se sentó a su lado.
Sin hablar.
Sin hacer preguntas.
Solo acompañándola.
Después de unos minutos, Julieta levantó la vista.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Porque no intentaste arreglarme.
Él sonrió.
—No creo que estés rota.
Creo que estás peleando una batalla que nadie puede ver.
Julieta sintió que un pequeño calor le inundaba el pecho.
Y, por un instante...
Aunque sabía que al despertar lo olvidaría todo...
Deseó que el día durara un poco más.

Nota del Autor: Gracias por leer ❤️
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También te invito a leer mis demás libros completos.​​




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