Mañana volveré a olvidarte

Capitulo 7: El pacto de los atardeceres

El despertador volvió a sonar.
Julieta abrió los ojos con esa sensación de vacío que ya empezaba a reconocer.
Cuaderno.
Video.
Respirar.
Era casi un ritual.
La Julieta de la pantalla la saludó con una enorme sonrisa.
—Buenos días, Juli.
Hoy quiero que hagas algo por mí.
No por vos.
Por mí.
Cuando veas a Tomás, preguntale cuál es su lugar favorito del barrio.
Y cuando te lo muestre...
Prestá atención.
Porque ese lugar también va a convertirse en uno de tus favoritos.
La pantalla se apagó.
—¿Qué tendrá de especial...? —susurró.
—Buen día.
Tomás estaba esperándola, como siempre, apoyado sobre la reja de su casa.
Llevaba una campera de jean y la guitarra colgada a la espalda.
—Hola... soy Julieta.
—Y yo sigo siendo Tomás.
Ella sonrió.
—Tengo una pregunta.
—A ver.
—¿Cuál es tu lugar favorito del barrio?
Él arqueó una ceja.
—¿También te lo dijo la Julieta del video?
—¿Cómo sabías?
—Porque ya la conozco un poquito.
Julieta rio por lo bajo.
—Entonces... ¿me vas a llevar?
Tomás dudó unos segundos.
—Después del colegio.
Es una promesa.
Las horas pasaron lentamente.
Julieta no podía dejar de pensar en aquella promesa.
Cada tanto miraba por la ventana del aula, imaginando qué lugar podría ser tan importante.
Durante la clase de Biología, el profesor explicó un tema relacionado con el cerebro y la memoria.
Sin querer, todos miraron a Julieta.
Ella bajó la cabeza.
El silencio fue incómodo.
Hasta que Tomás levantó la mano.
—Profe.
¿La memoria es lo único que define quiénes somos?
El profesor sonrió.
—Buena pregunta.
No.
También nos definen nuestras decisiones, nuestros valores y la forma en que tratamos a los demás.
Aunque una persona pierda sus recuerdos...
Puede seguir siendo ella.
Julieta levantó lentamente la vista.
Aquellas palabras quedaron resonando dentro de su cabeza.
Al terminar las clases, Tomás cumplió su promesa.
Caminaron unas cuadras hasta llegar a una barranca desde donde podía verse el río.
El lugar estaba casi vacío.
Solo había algunos pescadores, una pareja tomando mate y un grupo de chicos andando en bicicleta.
El cielo comenzaba a teñirse de tonos naranjas y rosados.
El viento movía suavemente las ramas de los sauces.
—Es hermoso... —dijo Julieta casi en un susurro.
—Te dije que te iba a gustar.
Ambos se sentaron sobre el pasto.
Durante varios minutos ninguno habló.
Solo contemplaron el atardecer.
—¿Venís mucho acá? —preguntó ella.
—Cuando necesito pensar.
—¿Y en qué pensás?
Tomás soltó una pequeña risa.
—Últimamente...
En vos.
Julieta lo miró de reojo.
—¿Aunque mañana no me acuerde de esta conversación?
—Aunque mañana no te acuerdes.
Ella bajó la vista.
—Debe ser agotador.
—A veces.
—Entonces... ¿por qué seguís acá?
Tomás arrancó una pequeña flor silvestre y la hizo girar entre sus dedos.
—Porque cada día descubro una Julieta distinta.
La competitiva.
La divertida.
La curiosa.
La que hace dibujos.
La que escribe cartas.
La que se emociona con un atardecer.
Y todas...
Son vos.
Los ojos de Julieta comenzaron a humedecerse.
Nunca nadie le había hablado así.
Nunca nadie había aceptado todas las versiones de ella.
Antes de irse, Tomás sacó un marcador negro del bolsillo de su campera.
Se acercó a un viejo banco de madera.
En un rincón, donde apenas podía verse, escribió una frase diminuta.
"Día 7."
Julieta lo observó intrigada.
—¿Qué significa?
Él sonrió.
—Es un secreto.
—Contame.
—No.
—¡Dale!
—Todavía no.
Ella cruzó los brazos, fingiendo estar ofendida.
—Qué malo sos.
—Muchísimo.
Caminaron de regreso riéndose y discutiendo por tonterías.
Esa noche, antes de dormir, Julieta abrió el cuaderno.
Pensó unos segundos.
Luego escribió:
"Querida Julieta de mañana:"
"Hoy descubrimos un lugar hermoso junto al río."
"Si Tomás vuelve a invitarte, aceptá."
"No tengas miedo de pasar tiempo con él."
"Y si alguna vez te preguntás por qué confiás tanto en un chico que acabás de conocer..."
"La respuesta está en cómo te hace sentir, no en cuánto lo recordás."
Cerró el cuaderno.
Apagó la luz.
Y mientras el sueño comenzzaba a borrar aquel día de su memoria...
En el banco de madera junto al río, una pequeña inscripción quedaba grabada para siempre.
Día 7.
Porque Tomás había tomado una decisión.
Si Julieta no podía conservar los recuerdos...
Él los dejaría escritos en el mundo.
Uno por cada día que la volviera a conocer.
Y sin saberlo, acababa de empezar una tradición que cambiaría sus vidas.

Nota del Autor: Gracias por leer ❤️
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También te invito a leer mis demás libros completos.​​​​




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