El despertador sonó, puntual como siempre.
Julieta abrió los ojos y repitió el ritual que ya conocía de memoria.
Cuaderno.
Video.
Respirar.
Luego tomó la nueva libreta que el doctor le había dado.
Leyó lo último que había escrito antes de dormir.
"Hoy sentí esperanza."
Sonrió sin darse cuenta.
—Al menos eso sigue siendo cierto... —susurró.
Entonces recordó la pequeña caja de madera que Tomás le había regalado.
La abrió con cuidado.
Dieciséis papelitos de colores descansaban ordenados en su interior.
En la tapa había una nota.
"No abras más de uno por día. Prometémelo."
Julieta rio por lo bajo.
—Qué controlador...
Tomó el primer papel.
Lo desdobló lentamente.
Con una letra prolija leyó:
Día 3
"Hoy me preguntaste si me daba miedo hablar con vos.
Te respondí que sí.
No porque fueras vos.
Sino porque tenía miedo de encariñarme con alguien que iba a olvidarme al despertar.
Ese mismo día entendí que ya era demasiado tarde."
Julieta sintió un nudo en la garganta.
Volvió a leer la última frase.
Dos veces.
Tres.
Después guardó el papel con muchísimo cuidado.
—Sos un tonto, Tomás...
Pero no pudo evitar sonreír.
Al salir de su casa, él ya estaba esperándola.
Como siempre.
Apoyado contra la reja.
Las manos en los bolsillos.
Y esa sonrisa que parecía decirle que todo iba a estar bien.
—Buen día.
—Buen día...
Tengo que reclamarte una cosa.
Tomás arqueó una ceja.
—¿Qué hice ahora?
Julieta sacó el papel del bolsillo.
—Esto.
Él reconoció enseguida su letra.
—Ah...
Abriste el primero.
—¿Era necesario escribir cosas tan lindas?
Tomás se rascó la nuca, avergonzado.
—No pensé que las ibas a leer tan temprano.
—Casi me hacés llorar antes de ir al colegio.
—Perdón...
—No.
No pidas perdón.
Me gustó.
Él bajó la mirada para ocultar el rubor.
En el colegio, el ambiente estaba revolucionado.
Faltaba apenas una semana para el festival del Día del Estudiante.
Cada curso debía preparar un número artístico.
El profesor de Música reunió a todos.
—Necesitamos ideas.
Hubo propuestas de todo tipo.
Bailes.
Obras de teatro.
Sketches.
Hasta que Sofía levantó la mano.
—Tomás podría tocar una canción.
Todo el curso estuvo de acuerdo.
Tomás abrió grandes los ojos.
—¡Eh! ¡Pará!
Nadie me preguntó.
—Porque ya sabíamos que ibas a decir que no —respondió Sofía riendo.
El profesor sonrió.
—¿Y si no tocás solo?
Tomás frunció el ceño.
—¿Cómo?
El hombre miró directamente a Julieta.
—Podrías cantar con él.
Ella casi se atragantó.
—¿Yo?
—Sí.
Sofía empezó a aplaudir.
Varios compañeros hicieron lo mismo.
Julieta negó desesperadamente.
—No, no, no...
Yo no canto.
Tomás intervino enseguida.
—Profe, no la presione.
El profesor asintió.
—Está bien.
Solo fue una idea.
Pero si cambian de opinión...
El escenario está abierto.
Durante el recreo, Julieta y Tomás se sentaron bajo el jacarandá.
Ella seguía pensando en la propuesta.
—¿Vos querías que cantara?
Tomás sonrió.
—La verdad...
Sí.
—¿Aunque cante horrible?
—No creo que cantes horrible.
—¿Y si desafino?
—Yo desafino bastante.
Ella rio.
—Mentiroso.
—Un poquito.
Julieta apoyó la cabeza contra el tronco del árbol.
—Hace un año era capaz de jugar una final de hockey frente a miles de personas.
Ahora me da miedo cantar delante de treinta compañeros.
Tomás la observó en silencio.
Después dijo algo que la dejó pensando.
—No es miedo a cantar.
Es miedo a olvidar que alguna vez tuviste el valor de hacerlo.
Ella lo miró sorprendida.
¿Cómo hacía para entenderla tanto?
Esa tarde, al regresar a su casa, Julieta encontró a su padre revisando una vieja caja de cartón en el garaje.
—¿Qué hacés?
Él levantó la vista.
—Estaba buscando unas herramientas.
Pero encontré esto.
Sacó una medalla dorada.
En el reverso decía:
Campeonato Provincial de Hockey - Mejor Jugadora.
Julieta la tomó entre sus manos.
No recordaba haberla ganado.
Pero sabía que era suya.
—Era mi sueño...
—Lo sigue siendo —respondió su padre.
Ella negó lentamente.
—No.
Mi sueño cambió.
—¿Cuál es ahora?
Julieta pensó unos segundos.
Después sonrió.
—Poder despertarme algún día...
Y no necesitar un cuaderno para saber quién soy.
Su padre la abrazó sin decir una palabra.
Porque no existía respuesta capaz de aliviar un deseo tan simple...
Y al mismo tiempo, tan difícil de cumplir.
Esa noche, antes de dormir, Julieta escribió en su libreta de emociones:
"Hoy entendí algo."
"Tal vez nunca recupere la vida que tenía antes del accidente."
"Pero todavía puedo construir una nueva."
"Y, curiosamente..."
"En esa nueva vida..."
"Siempre aparece un chico esperándome en la puerta de casa."
Nota del Autor: Gracias por leer ❤️
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Editado: 05.08.2026