El despertador sonó a las siete.
Julieta abrió los ojos y, como cada mañana, buscó el cuaderno azul.
Leyó las notas.
Vio el video.
Y, antes de salir de la cama, abrió el segundo papel de la caja que Tomás le había regalado.
Con cuidado lo desdobló.
Día 8
"Hoy me dijiste que te gustaba cómo sonaba mi nombre cuando lo pronunciabas.
Fue una tontería... pero pasé toda la noche sonriendo por culpa de esa frase."
Julieta apoyó el papel sobre el pecho.
—¿De verdad dije eso...? —preguntó en voz baja.
Una sonrisa apareció en su rostro.
—Supongo que sigo teniendo buen gusto.
Tomás la esperaba en la vereda, con dos vasos de chocolatada caliente.
—Buen día.
—Buen día.
Le alcanzó uno de los vasos.
—Hace frío.
Julieta aceptó el regalo.
—Gracias.
Caminaron unos metros en silencio.
De pronto, ella habló.
—Abrí otro papel.
Tomás sonrió sin mirarla.
—¿Y?
—Me dio un poquito de vergüenza.
—¿Por?
—Porque parece que... me gustaba decir tu nombre.
Tomás soltó una risa.
—¿"Gustaba"?
Julieta levantó una ceja.
—Bueno... supongo que todavía me gusta.
Él casi dejó caer el vaso.
—No ayudás mucho a mi corazón cuando decís esas cosas.
Ella rio.
Y por un instante olvidó que había una enfermedad entre ellos.
En la clase de Educación Física, el profesor anunció una actividad distinta.
—Hoy no vamos a hacer deportes.
Vamos a trabajar en parejas para una dinámica de confianza.
Como era de esperar, Tomás y Julieta terminaron juntos.
El ejercicio era sencillo.
Uno debía vendarse los ojos.
El otro debía guiarlo por un circuito usando únicamente la voz.
Julieta fue la primera en vendarse.
Todo quedó oscuro.
—¿Lista? —preguntó Tomás.
—No mucho.
—Confiá en mí.
Ella respiró hondo.
—Está bien.
—Tres pasos hacia adelante.
Muy bien.
Ahora uno a la derecha.
Perfecto.
Seguí caminando.
Julieta obedecía cada indicación.
Nunca dudó.
Ni una sola vez.
Cuando terminaron el recorrido, el profesor sonrió.
—Excelente.
Ni siquiera tropezaron.
Julieta se quitó la venda.
—Es raro.
—¿Qué cosa? —preguntó Tomás.
—Olvido todos los días quién sos...
Pero cuando cierro los ojos...
Confío en vos igual.
El profesor escuchó aquella frase.
Y por primera vez comprendió que lo que unía a esos dos chicos iba mucho más allá de la memoria.
Al terminar las clases, Sofía alcanzó a Julieta.
—¿Tenés un minuto?
—Sí.
Sofía respiró hondo.
—Hay algo que nunca te conté.
Julieta sintió curiosidad.
—¿Qué pasó?
—Después del accidente...
Tomás venía todos los días al hospital.
Aunque ustedes todavía no se conocían.
Julieta quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Te veía desde el pasillo.
Preguntaba cómo estabas.
Les llevaba café a tus papás.
Nunca entró a la habitación.
Decía que no quería invadir tu espacio.
Pero estuvo ahí.
Todos los días.
Los ojos de Julieta comenzaron a llenarse de lágrimas.
—¿Por qué haría algo así... si ni siquiera me conocía?
Sofía sonrió con ternura.
—Porque el día del accidente...
Él iba en ese mismo micro.
El mundo pareció detenerse.
—¿Qué...?
—Sí.
Estaba sentado unas filas más atrás.
También salió herido.
Pero cuando despertó...
Vos eras lo único que preguntaba.
Julieta sintió que las piernas le temblaban.
De repente entendió muchas cosas.
Por qué Tomás comprendía tanto sus miedos.
Por qué nunca la juzgaba.
Por qué conocía detalles que nadie más conocía.
Él también había sobrevivido.
Esa tarde, Julieta caminó hasta la plaza donde Tomás estaba afinando su guitarra.
Se sentó a su lado.
Él sonrió.
—Hola.
Ella lo observó en silencio.
—¿Por qué nunca me contaste que también estabas en el accidente?
La sonrisa desapareció lentamente del rostro de Tomás.
Sabía que, tarde o temprano...
Esa pregunta iba a llegar.
Y también sabía que la respuesta podía cambiarlo todo.
Nota del Autor: Gracias por leer ❤️
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Editado: 05.08.2026