Mañana volveré a olvidarte

Capitulo 27: El cuaderno azul

La noche había caído sobre la ciudad.
En la casa de Julieta nadie podía dormir.
Su padre caminaba de un lado al otro del living.
Su madre hablaba por teléfono con el oficial que llevaba la investigación.
Julieta permanecía sentada en el sillón con el cuaderno azul entre las manos.
Lo sostenía con fuerza.
Como si fuera el objeto más importante del mundo.
Y, en cierto modo, lo era.
Allí estaba escrita su vida.
Tomás llegó unos minutos después.
Su madre insistió en acompañarlo.
Cuando Julieta abrió la puerta, sonrió con alivio.
—Pensé que no ibas a venir.
Él levantó una bolsa de papel.
—Traje facturas.
Creo que en momentos como este hacen falta.
Julieta soltó una pequeña risa.
—Sos raro.
—Lo sé.
Pero funcionó.
Ella volvió a sonreír.
Y eso era suficiente para él.
Mientras los adultos hablaban en la cocina, Tomás y Julieta fueron hasta el patio.
La noche estaba despejada.
Las estrellas iluminaban el cielo.
Durante unos minutos ninguno dijo una palabra.
Hasta que Julieta rompió el silencio.
—¿Sabés qué es lo que más miedo me da?
—¿Qué?
Ella acarició la tapa del cuaderno.
—Que alguien me lo saque.
Tomás la miró con atención.
—No van a hacerlo.
—¿Y si sí?
Sus ojos comenzaron a humedecerse.
—Sin esto...
No sé quién soy.
Tomás sintió un dolor profundo.
Nunca había pensado en el cuaderno de esa manera.
No era un diario.
Era la memoria de Julieta.
Su identidad.
Su vida.
Él le tomó la mano.
—Entonces vamos a protegerlo.
Como te protegemos a vos.
A pocas cuadras de allí...
El automóvil negro permanecía estacionado con las luces apagadas.
Dentro del vehículo, el hombre misterioso observaba la casa con unos binoculares.
—La chica tiene el cuaderno.
Del otro lado del teléfono respondieron enseguida.
—Entrá cuando apaguen las luces.
No dejes rastros.
Y, si ella se despierta...
Ya sabés qué hacer.
El hombre guardó el celular.
Abrió lentamente la guantera.
Dentro había un par de guantes negros.
Y una linterna.
Cerca de la medianoche, Tomás decidió volver a su casa.
Antes de despedirse, miró fijamente a Julieta.
—Prometeme que vas a cerrar bien todas las ventanas.
Ella asintió.
—Lo prometo.
—Y si pasa cualquier cosa...
Me llamás.
Aunque sean las tres de la mañana.
—También te lo prometo.
Tomás dudó unos segundos.
Después apoyó suavemente una mano sobre la mejilla de Julieta.
—Descansá.
Ella cerró los ojos un instante.
Deseó que el tiempo se detuviera.
Pero, como siempre...
La noche terminó llegando.
A las dos y diecisiete de la madrugada...
Un ruido metálico rompió el silencio.
La ventana del estudio acababa de ser forzada.
Una sombra entró en la casa.
Se movía con precisión.
Como alguien que ya conocía el lugar.
Abrió cajones.
Revisó estantes.
Buscaba algo.
O, mejor dicho...
Buscaba un solo objeto.
El cuaderno azul.
Julieta abrió los ojos sobresaltada.
Había escuchado un golpe.
Miró el reloj.
Las dos y dieciocho.
Pensó que tal vez era el viento.
Pero entonces...
Escuchó otro ruido.
Esta vez provenía del pasillo.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
Tomó el celular de la mesa de luz.
Recordó la promesa que le había hecho a Tomás.
Y marcó su número.
Él atendió al segundo tono.
—¿Juli?
Ella habló casi en un susurro.
—Creo...
Creo que hay alguien en mi casa.
Tomás se puso de pie de un salto.
—No salgas de tu habitación.
Estoy yendo para allá.
Llamá al 911.
¡Ahora!
Julieta cortó la llamada.
Mientras marcaba el número de emergencias, una sombra se detuvo del otro lado de la puerta de su dormitorio.
El picaporte comenzó a moverse lentamente.
Y alguien intentó abrir la puerta.

Nota del Autor: Gracias por leer ❤️
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