El picaporte volvió a moverse.
Una vez.
Dos.
Tres.
Julieta retrocedió hasta quedar pegada a la pared.
Tenía el teléfono temblando entre las manos.
La operadora del 911 seguía al otro lado de la línea.
—Señorita, ¿puede decirme qué está ocurriendo?
Julieta apenas pudo responder.
—Hay... hay alguien intentando entrar a mi habitación.
La voz de la operadora permaneció serena.
—La policía ya está en camino. Quédese donde está y no abra la puerta.
Otro golpe.
Esta vez más fuerte.
La madera crujió.
Julieta sintió que el corazón iba a salírsele del pecho.
Abajo, el padre de Julieta también había escuchado los ruidos.
Salió de la habitación con un palo de hockey en las manos.
—¿Quién anda ahí?
Silencio.
Luego...
El sonido de pasos apresurados por el pasillo.
El intruso había sido descubierto.
El padre corrió hacia el estudio.
Encontró la ventana abierta de par en par.
Los cajones estaban revueltos.
Papeles tirados por el piso.
Pero el cuaderno azul no estaba allí.
Porque Julieta lo había subido a su habitación antes de dormir.
A varias cuadras de distancia, Tomás pedaleaba su bicicleta como nunca antes.
Ni siquiera había esperado a que llegara un patrullero.
Solo pensaba en llegar.
En una esquina casi fue atropellado por un auto.
No frenó.
Siguió pedaleando con todas sus fuerzas.
Mientras tanto repetía una sola frase.
—Por favor... que esté bien...
El intruso volvió a detenerse frente a la puerta de Julieta.
Como si supiera que aquello que buscaba estaba del otro lado.
Metió una mano en el bolsillo.
Sacó una herramienta metálica.
Comenzó a forzar la cerradura.
Julieta dio un paso atrás.
Miró el cuaderno azul sobre la cama.
Entonces tomó una decisión.
Abrió el placard.
Escondió el cuaderno dentro de una caja con ropa de invierno.
Justo cuando terminaba...
La cerradura hizo un ruido seco.
La puerta empezó a abrirse lentamente.
Antes de que el intruso pudiera entrar...
Se escuchó una sirena.
Después otra.
Las luces azules iluminaron las ventanas.
El hombre soltó una maldición.
Giró sobre sus pasos.
Y salió corriendo por el pasillo.
El padre de Julieta intentó detenerlo.
Llegó a golpearlo con el palo en un brazo.
Pero el desconocido logró escapar saltando por la ventana del estudio.
Cuando los policías ingresaron a la casa, solo encontraron el vidrio roto y algunas huellas de barro.
El hombre había desaparecido.
Cinco minutos después...
Tomás llegó completamente agitado.
Entró sin siquiera tocar la puerta.
—¡Juli!
Ella corrió hacia él.
Y, por primera vez desde que se conocían...
Fue Julieta quien rompió en llanto entre sus brazos.
—Pensé que no ibas a llegar...
Tomás la abrazó con todas sus fuerzas.
—Te dije que siempre iba a estar cuando me necesitaras.
Ella no respondió.
Solo siguió abrazándolo.
Como si soltarlo significara volver a sentir miedo.
Uno de los policías terminó de revisar la habitación.
—¿Falta algo?
El padre de Julieta negó con la cabeza.
—No.
Parece que no alcanzó a llevarse nada.
Julieta y Tomás intercambiaron una mirada.
Ninguno mencionó el cuaderno.
Era mejor que nadie supiera cuánto valía realmente.
Cuando los patrulleros se retiraron, ya casi amanecía.
Tomás seguía sentado junto a Julieta en el living.
Ella tenía la cabeza apoyada sobre su hombro.
—¿Sabés qué pensé cuando escuché la puerta? —preguntó en voz baja.
—¿Qué cosa?
—Que si me robaban el cuaderno...
Iba a perder toda mi vida.
Tomás le acarició suavemente el cabello.
—No.
Porque tu vida no está solo en esas páginas.
Ella levantó la vista.
—¿No?
Él sonrió.
—También está en las personas que te aman.
Y aunque mañana olvides esta noche...
Yo voy a recordarla por los dos.
Julieta sintió que las lágrimas volvían a aparecer.
No dijo nada.
Solo entrelazó sus dedos con los de él.
A varios kilómetros de allí, el hombre del automóvil negro observaba cómo un médico vendaba el golpe que había recibido en el brazo.
Había fracasado.
No consiguió el cuaderno.
Ni tampoco llevarse a Julieta.
Apretó los dientes con rabia.
—La chica escondió algo...
Estoy seguro.
Del otro lado del teléfono, una voz respondió con calma.
—Entonces cambiaremos de estrategia.
Ya no busques el cuaderno.
Hacé que ella venga a nosotros por su propia voluntad.
El hombre sonrió lentamente.
Era un plan mucho más peligroso.
Porque no apuntaba a la memoria de Julieta.
Apuntaba directamente a su corazón.
Nota del Autor: Gracias por leer ❤️
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Editado: 05.08.2026