Aquella noche, Tomás no pudo quitarse de la cabeza las palabras del oficial.
"Ella tiene algo que ni siquiera sabe que posee."
¿Qué podía ser?
¿Un recuerdo?
¿Una prueba?
¿O algo que todavía permanecía oculto en su memoria?
Mientras caminaba hacia su casa, sintió un extraño presentimiento.
Como si alguien lo estuviera observando.
Se dio vuelta.
La calle estaba vacía.
Solo el viento movía las hojas de los árboles.
Continuó caminando.
No sabía que, a unos metros de distancia, un automóvil negro avanzaba lentamente con las luces apagadas.
A la mañana siguiente, Julieta abrió los ojos.
Leyó el cuaderno.
Vio el video.
Y sonrió al encontrar una frase escrita antes de dormir.
"Hoy abrazaste a Tomás porque sentías que algo malo podía pasar."
Su sonrisa desapareció.
Sintió un nudo en el pecho.
No entendía por qué.
Pero tenía una sensación horrible.
Salió de su casa.
Esperó en la vereda.
Cinco minutos.
Diez.
Quince.
Tomás nunca llegaba tarde.
Sacó el celular.
Lo llamó.
El teléfono sonó.
Nadie respondió.
Volvió a intentarlo.
Otra vez.
Nada.
—Es raro... —susurró.
En ese mismo instante, Sofía llegó corriendo.
—¿Todavía no vino?
Julieta negó con la cabeza.
—No contesta el teléfono.
Sofía palideció.
—Eso no me gusta nada.
Las dos decidieron ir hasta la casa de Tomás.
Cuando llegaron, encontraron la puerta abierta.
La madre de Tomás caminaba desesperada por el living.
Tenía el teléfono en la mano.
—¡No aparece!
Julieta sintió que el mundo se detenía.
—¿Cómo que no aparece?
La mujer rompió en llanto.
—Anoche nunca llegó a casa...
La policía llegó pocos minutos después.
Encontraron la bicicleta de Tomás tirada en una calle cercana.
La rueda delantera estaba doblada.
Había marcas de una frenada brusca.
Y un celular roto sobre el asfalto.
Julieta lo reconoció enseguida.
Era el de Tomás.
Lo levantó con manos temblorosas.
La pantalla estaba destruida.
Pero antes de apagarse definitivamente, apareció una notificación.
Mensaje de voz sin enviar.
El oficial logró recuperar los últimos segundos de la grabación.
Solo se escuchaban ruidos.
Una respiración agitada.
Y la voz de Tomás.
—¡No se acerquen a Julie...!
Después...
Un golpe.
Y silencio.
Julieta rompió a llorar.
Horas más tarde, mientras la policía organizaba un operativo de búsqueda, un sobre fue dejado en la puerta de la casa de los Ferreyra.
No tenía remitente.
Dentro había una fotografía.
Tomás.
Sentado en una silla.
Con las manos atadas.
Estaba golpeado.
Pero vivo.
En el reverso había un mensaje.
"Si querés volver a verlo... vení sola."
"Vos sabés dónde empezó todo."
"No avises a la policía."
Debajo aparecía un dibujo.
Un viejo puente.
Julieta sintió que el aire le faltaba.
Apenas vio ese dibujo...
Un recuerdo regresó con una claridad absoluta.
El puente.
El río.
El campamento.
Y ella escondiendo algo debajo de una de las tablas rotas del puente, apenas unas horas antes del accidente.
Abrió los ojos de golpe.
—Ahora lo entiendo...
Su padre la miró sorprendido.
—¿Qué pasa?
Julieta respiró con dificultad.
—Yo escondí algo ese día...
Y ellos creen que todavía está ahí.
A cientos de metros de distancia, en un galpón abandonado, Tomás abrió lentamente los ojos.
Tenía un fuerte dolor de cabeza.
Frente a él estaba el hombre de la cicatriz.
El desconocido sonrió.
—Al fin despertaste.
Tomás intentó levantarse, pero las sogas se lo impidieron.
—¿Qué quieren de Julieta?
El hombre soltó una carcajada.
—No queremos a Julieta.
Queremos lo que ella escondió.
Y vos...
Vas a ayudarnos a conseguirlo.
Nota del Autor: Gracias por leer ❤️
Si te gustó esta historia, agregala a tu biblioteca y seguime como autor. Eso me ayuda muchísimo a seguir creciendo.
También te invito a leer mis demás libros completos
#1647 en Novela romántica
#40 en Joven Adulto
romance juvenil drama, drama amor dolor diversión, misterio amor drama adolecente
Editado: 05.08.2026