Nicolás respiraba con dificultad.
Había escapado.
Había recuperado la caja.
Pero sabía que todavía no estaba a salvo.
Dejó la motocicleta dentro del viejo galpón y apoyó la caja metálica sobre una mesa cubierta de polvo.
Durante un instante solo la observó.
Había arriesgado su vida para proteger aquel secreto.
No podía permitir que cayera en las manos equivocadas.
Sacó un viejo celular escondido dentro de una mochila.
Era un aparato antiguo, con la pantalla rota.
Lo había conservado durante todo su cautiverio esperando una sola oportunidad.
Marcó un número que todavía recordaba de memoria.
En la comisaría, el teléfono del oficial sonó inesperadamente.
—¿Hola?
Del otro lado hubo unos segundos de silencio.
Después, una voz ronca y cansada respondió:
—No tienen mucho tiempo.
El oficial frunció el ceño.
—¿Quién habla?
—Soy... Nicolás Rivas.
El policía se puso de pie de un salto.
Tomás, que acababa de ser rescatado en medio del operativo tras el enfrentamiento con los secuestradores, levantó la cabeza sorprendido. Tenía algunos golpes, pero estaba libre.
Julieta también quedó inmóvil.
—¿Nicolás...? —susurró.
—Escúchenme bien —continuó él—. No confíen en nadie fuera de esa oficina. Ellos tienen gente vigilándolos.
—¿Dónde estás?
—No puedo decirlo por teléfono.
Me están buscando.
Hubo un breve silencio.
—Pero necesito ver a Julieta.
Ella apretó el teléfono con manos temblorosas.
—Nico...
Perdón...
No puedo recordarte como quisiera.
Del otro lado se escuchó una risa suave.
—No importa, Juli.
Con que estés viva... alcanza.
A Julieta se le llenaron los ojos de lágrimas.
Una hora más tarde, siguiendo las instrucciones de Nicolás, solo el oficial, Tomás y Julieta llegaron a una vieja capilla abandonada a las afueras de la ciudad.
El lugar estaba completamente vacío.
O eso parecía.
—¿Nicolás? —llamó Julieta.
Una figura salió lentamente desde detrás del altar.
Tenía barba, el rostro lleno de golpes y había adelgazado muchísimo.
Pero sus ojos seguían siendo los mismos.
Sofía tenía razón.
Era él.
Julieta sintió un fuerte dolor en la cabeza.
Otra imagen cruzó su mente.
Nicolás riéndose mientras le robaba unas papas fritas en el recreo.
Los dos discutiendo por un examen.
Él festejando un gol con ella en el campamento.
El recuerdo desapareció.
Pero dejó una sensación cálida.
—Nico...
Él sonrió.
—Hola, capitana.
Al escuchar ese apodo, Julieta rompió en llanto.
Corrió hacia él.
Y lo abrazó con todas sus fuerzas.
—Perdón...
Perdón por olvidarte.
Nicolás cerró los ojos.
—Vos no me olvidaste.
Te robaron los recuerdos.
Es distinto.
Tomás observó la escena en silencio.
Sintió un pequeño pinchazo de celos.
Pero desapareció enseguida.
Porque entendía perfectamente aquel abrazo.
Era el reencuentro de dos amigos que habían sobrevivido a una pesadilla.
Nicolás se acercó después a él.
—Gracias.
Tomás frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque la cuidaste cuando yo no pude.
Los dos se estrecharon la mano.
En ese instante nació un profundo respeto entre ellos.
Nicolás colocó la caja metálica sobre un viejo banco de madera.
Sacó una pequeña llave que llevaba escondida dentro del cordón de su zapatilla.
—Nunca me la encontraron.
Introdujo la llave en el candado.
Con un clic, la caja se abrió.
Dentro había varias fotografías.
Una libreta pequeña.
Y una tarjeta de memoria.
Pero lo que más llamó la atención de todos fue una credencial.
Pertenecía a uno de los coordinadores del campamento.
En la parte trasera había una fotografía donde ese mismo coordinador estrechaba la mano del hombre de la cicatriz.
Julieta sintió que el corazón se detenía.
—Él estaba con nosotros...
Todo este tiempo.
Nicolás asintió con gravedad.
—Sí.
Y no era el único.
El campamento nunca fue una casualidad.
Ellos eligieron ese viaje por un motivo.
Tomás dio un paso al frente.
—¿Qué motivo?
Nicolás respiró hondo.
Su respuesta dejó a todos sin palabras.
—Porque el verdadero objetivo...
Nunca fue matar a Julieta.
Era secuestrarla aquella misma noche.
Y el accidente arruinó completamente sus planes.
Nota del Autor: Gracias por leer ❤️
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Editado: 05.08.2026