El bosque era un laberinto.
La lluvia seguía cayendo mientras Julieta, Tomás, Nicolás y el oficial corrían entre los árboles.
A sus espaldas todavía se escuchaban los gritos de los hombres que los perseguían.
—¡Por acá! —susurró Nicolás, señalando un viejo sendero de tierra.
Los cuatro se ocultaron detrás de una construcción abandonada que alguna vez había sido la casa del cuidador del cementerio.
Todos respiraban con dificultad.
Pero había algo más urgente que recuperar el aliento.
Martín.
Julieta seguía con una mano sobre la cabeza.
Los recuerdos llegaban cada vez con más fuerza.
—Lo veo...
—¿A quién? —preguntó Tomás.
—A Martín.
Tenía una cámara enorme...
Siempre estaba grabando todo.
Decía que algún día iba a estudiar cine.
Nicolás sonrió con tristeza.
—Sí...
Nunca soltaba esa cámara.
Hasta dormía con ella al lado.
Julieta cerró los ojos.
Otro recuerdo apareció.
—¡Martín, dejá de filmar!
Ella reía mientras intentaba tapar el lente.
Martín respondía entre carcajadas.
—Cuando seas famosa me vas a agradecer.
Nicolás aparecía detrás de ellos.
—¿Famosa por qué?
—Porque Juli va a ser la mejor jugadora de hockey del país.
Los tres reían.
Felices.
Sin imaginar que horas después sus vidas cambiarían para siempre.
Julieta volvió al presente con lágrimas en los ojos.
—Éramos muy amigos...
¿Por qué no lo recordaba?
Nicolás apoyó una mano sobre su hombro.
—Porque tu cabeza hizo lo único que podía hacer para sobrevivir.
El oficial interrumpió el momento.
—Necesitamos encontrar a Martín.
Si tiene otra copia del video...
Podemos detenerlos a todos.
Tomás frunció el ceño.
—Pero nadie sabe dónde está.
Nicolás permaneció en silencio unos segundos.
Después levantó lentamente la vista.
—Creo que sí.
Todos lo miraron.
—Antes del accidente...
Martín me contó que, si alguna vez desaparecía, su abuelo sabría dónde buscarlo.
Horas más tarde, ya cerca del amanecer, el grupo llegó a un pequeño pueblo de la provincia de Buenos Aires.
En las afueras vivía el abuelo de Martín.
Era un hombre mayor llamado Don Ernesto.
Cuando abrió la puerta y vio a Nicolás, quedó completamente inmóvil.
—Pensé que estabas muerto...
Nicolás bajó la cabeza.
—Yo también llegué a pensarlo.
Don Ernesto los hizo pasar.
Escuchó toda la historia sin interrumpir.
Cuando terminaron, caminó lentamente hasta una vieja biblioteca.
Sacó una caja de madera.
Dentro había decenas de cintas de video.
Fotografías.
Y una carta.
—Martín me dejó esto hace más de un año.
Me dijo que solo la entregara si aparecían ustedes.
Julieta tomó la carta con manos temblorosas.
La abrió.
La primera línea hizo que el corazón le diera un vuelco.
"Si estás leyendo esto, Juli... significa que sobrevivimos. O al menos alguno de nosotros."
Las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas.
Siguió leyendo.
"Tengo una copia de todo lo que grabé. Pero no la escondí conmigo."
Tomás dio un paso adelante.
—¿Dónde está?
Julieta continuó.
Su voz temblaba.
"La dejé en el único lugar donde nadie pensaría buscar..."
Todos aguardaron en silencio.
Entonces leyó la última frase.
"...debajo del banco donde nos dimos nuestro primer abrazo los cuatro."
Julieta levantó lentamente la cabeza.
Un nuevo recuerdo acababa de regresar.
Sabía exactamente de qué banco hablaba.
Pero también comprendió algo aterrador.
Los hombres que los perseguían...
También conocían ese lugar.
Nota del Autor: Gracias por leer ❤️
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Editado: 05.08.2026