El amanecer encontró al grupo exhausto.
La lluvia había cesado, pero el aire seguía oliendo a tierra mojada y pólvora.
Las ambulancias terminaban de atender a los heridos mientras la Policía Federal aseguraba el campamento.
El hombre de la cicatriz había escapado.
Sin embargo, por primera vez en más de un año, ellos tenían una dirección.
Rosario.
En una sala improvisada del operativo, el oficial Molina extendió un mapa de la provincia de Santa Fe sobre una mesa.
—Rosario es demasiado grande. Necesitamos algo más.
Nicolás observó nuevamente la carta de Martín.
—Él nunca dejaba pistas incompletas.
Julieta volvió a leerla por quinta vez.
Cada palabra.
Cada coma.
Hasta que algo llamó su atención.
—Esperen...
Todos levantaron la vista.
—Martín escribió "donde empezó todo".
No escribió "donde ocurrió el accidente".
Tomás frunció el ceño.
—¿Qué cambia?
Julieta cerró los ojos.
Otro recuerdo apareció.
Tres meses antes del viaje escolar.
Ella, Nicolás y Martín caminaban por la costanera de Rosario.
Habían viajado para un torneo nacional de hockey.
Martín filmaba todo, como siempre.
De pronto, enfocó un viejo edificio de ladrillos rojos.
—Algún día voy a filmar una película acá.
Nicolás se rió.
—¿Y de qué va a tratar?
Martín sonrió.
—De tres amigos que descubren algo que nunca debieron ver.
Los tres se echaron a reír.
Julieta abrió los ojos de golpe.
—¡No empezó en el campamento!
—¿Qué recordaste? —preguntó Tomás.
—Antes del accidente viajamos a Rosario por un torneo.
Y ahí fue donde Martín empezó a sospechar de esas personas.
Nicolás golpeó suavemente la mesa.
—Tenés razón.
El campamento solo fue el lugar donde intentaron atraparnos.
Todo había comenzado meses antes.
Molina señaló el mapa.
—¿Recordás qué edificio era?
Julieta negó lentamente.
—Solo sé que era viejo...
De ladrillos rojos...
Y estaba cerca del río.
El oficial sonrió.
—Eso ya reduce muchísimo la búsqueda.
Mientras tanto, a cientos de kilómetros de allí, en un departamento antiguo de Rosario, un joven observaba las noticias por televisión.
En la pantalla aparecían imágenes del operativo policial en el campamento.
El periodista hablaba de una organización criminal y de nuevos testigos protegidos.
El muchacho apagó el televisor.
Su barba era más corta.
Su cabello estaba teñido de negro.
Era casi irreconocible.
Pero seguía siendo Martín.
Respiró profundamente.
—Al fin encontraron la caja...
Abrió un cajón.
Dentro había una cámara profesional envuelta en una funda.
La misma cámara con la que había grabado todo un año atrás.
Sacó la tarjeta de memoria que llevaba dentro.
No era una copia.
Era el archivo original.
—Ya no puedo seguir escondiéndome...
Murmuró.
Tomó su celular descartable.
Marcó un único número.
—¿Ernesto?
Necesito que le des un mensaje a Julieta.
Decile...
Que la espero donde empezó nuestra historia.
En ese mismo instante, el hombre de la cicatriz entró furioso en un enorme depósito portuario de Rosario.
Golpeó una mesa de un puñetazo.
—¡Encontraron una carta de Martín!
Un hombre elegante, de unos cincuenta años, dejó lentamente su taza de café.
Hasta ese momento nunca se le había visto el rostro.
Vestía un traje impecable.
No levantó la voz.
—Entonces llegó el momento.
—¿Qué hacemos?
El hombre sonrió con una calma inquietante.
—Prepará todo.
Si Julieta viene a Rosario...
No cometeremos el mismo error dos veces.
Esta vez...
No saldrá con vida.
Nota del Autor: Gracias por leer ❤️
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Editado: 05.08.2026