Las sirenas rompían el silencio de la noche mientras varios vehículos de la Policía Federal rodeaban la vieja fábrica abandonada.
Los agentes descendieron rápidamente.
Molina observó el edificio con unos binoculares.
—Hay movimiento en el segundo piso.
Tomás respiró hondo.
—Los padres de Julieta están ahí.
Nicolás apretó los puños.
—Y el hombre de la cicatriz también.
Dentro de la fábrica, Laura escuchó las sirenas.
Sonrió apenas.
—Ya llegaron.
El hombre de la cicatriz dejó escapar una risa.
—Sí...
Pero llegaron exactamente donde yo quería.
Apretó un pequeño control remoto.
Una luz roja comenzó a parpadear en distintos sectores del edificio.
Laura abrió grandes los ojos.
—¿Qué hiciste?
—Preparé un pequeño seguro.
Si no puedo salir...
Nadie sale.
En el exterior, uno de los especialistas en explosivos corrió hacia Molina.
—¡Señor!
Detectamos varios artefactos explosivos distribuidos por toda la estructura.
Molina maldijo por lo bajo.
—No podemos entrar todos juntos.
Tomás dio un paso al frente.
—Entonces entro yo.
—Ni hablar.
—¡Ellos son mi familia!
Molina lo miró sorprendido.
Tomás corrigió de inmediato.
—Quiero decir...
Son la familia de Julieta.
Pero en el fondo sabía que ya los sentía como propios.
Julieta escuchó la conversación.
Se acercó decidida.
—Voy con él.
—No.
Respondieron Molina y Nicolás al mismo tiempo.
Ella los miró con firmeza.
—Toda esta historia empezó conmigo.
No voy a quedarme mirando.
Nicolás suspiró.
Conocía esa expresión.
Era exactamente la misma que tenía Julieta antes del accidente cuando decidía hacer algo imposible.
—Está bien...
Pero no te separás de nosotros.
Los cuatro ingresaron por una puerta lateral guiados por un agente táctico.
El edificio estaba oscuro.
Solo se escuchaba el crujido del metal oxidado.
Cada paso podía ser una trampa.
Al subir al segundo piso, encontraron una puerta entreabierta.
Desde el interior llegaba la voz de Laura.
—¡Julieta!
Ella sintió que las lágrimas le nublaban la vista.
Corrió sin pensar.
—¡Mamá!
Entró a la habitación.
Laura y su padre seguían atados, pero estaban vivos.
Julieta los abrazó con fuerza apenas logró desatar las cuerdas.
—Perdón...
Perdón por llegar tan tarde.
Su madre le acarició el rostro.
—Llegaste justo a tiempo.
De repente...
Un aplauso lento resonó detrás de ellos.
El hombre de la cicatriz apareció apuntándolos con una pistola.
—Qué escena tan emocionante.
Toda la familia reunida.
Tomás se colocó delante de Julieta.
Nicolás hizo lo mismo.
El delincuente sonrió.
—Siempre los héroes.
Nunca aprenden.
Apuntó directamente a Tomás.
—Vos sos el problema.
Si te hubiera eliminado aquella noche del secuestro...
Todo esto habría terminado.
Julieta dio un paso adelante.
—¡No!
El hombre de la cicatriz desvió lentamente el arma hacia ella.
—Tenés razón.
El verdadero problema...
Siempre fuiste vos.
Antes de que pudiera disparar...
Se escuchó el obturador de una cámara fotográfica.
¡Click!
Todos giraron sorprendidos.
Un joven estaba parado en la puerta del depósito.
Cabello oscuro.
Mochila al hombro.
Una cámara profesional entre las manos.
Sonreía con tranquilidad.
—Hola...
Creo que llegué un poco tarde.
Julieta sintió un vuelco en el corazón.
—Martín...
Él bajó lentamente la cámara.
—Perdón por hacerlos esperar tanto.
Pero traje algo que este tipo jamás imaginó.
Levantó una pequeña memoria SD.
—El video completo.
Sin cortes.
Sin editar.
Y con los rostros de todos los responsables.
El hombre de la cicatriz perdió por primera vez la calma.
—¡Disparen!
Pero ya era demasiado tarde.
La Policía Federal irrumpió por todas las entradas del edificio.
El enfrentamiento final había comenzado.
Y, por primera vez desde el accidente, los cuatro amigos volvían a estar juntos.
Nota del Autor: Gracias por leer ❤️
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Editado: 05.08.2026