Mañana volveré a olvidarte

Capitulo 50: Promesas que ni el olvido puede romper

El primer disparo retumbó en toda la fábrica.
Los agentes de la Policía Federal irrumpieron por las ventanas y las puertas laterales.
—¡Policía! ¡Nadie se mueva!
Los hombres del hombre de la cicatriz respondieron abriendo fuego.
El galpón se convirtió en un caos.
Tomás tomó la mano de Julieta y la protegió detrás de una enorme columna de hormigón.
—¿Estás bien?
Ella asintió, aunque el miedo era evidente en sus ojos.
Su padre y su madre fueron puestos a salvo por dos agentes.
Nicolás se reunió con Martín por primera vez en más de un año.
Los dos se abrazaron con fuerza.
—Pensé que habías muerto...
—Y yo pensé lo mismo de vos.
Por un instante, volvieron a ser aquellos adolescentes despreocupados del campamento.
Pero la realidad los obligó a separarse.
El hombre de la cicatriz comprendió que había perdido.
Retrocedió lentamente hasta una vieja escalera metálica que llevaba al techo.
Molina lo vio.
—¡No dejen que escape!
El delincuente comenzó a subir.
Tomás salió corriendo detrás de él.
—¡Tomás, no! —gritó Julieta.
Pero él no se detuvo.
La persecución continuó sobre el techo de la fábrica.
La lluvia de la noche anterior había dejado las chapas completamente resbaladizas.
El hombre de la cicatriz giró y disparó.
La bala pasó a centímetros de Tomás.
Él siguió avanzando.
—¡Se terminó!
—Todavía no.
Respondió el delincuente con una sonrisa.
En el borde del techo ambos quedaron frente a frente.
Abajo podían verse las luces de los patrulleros.
Las sirenas.
Y decenas de policías rodeando el edificio.
—¿Sabés cuál fue tu error? —preguntó el hombre de la cicatriz.
Tomás no respondió.
—Enamorarte de alguien que olvida cada día.
Tomás sonrió.
—No.
Mi mayor acierto fue conocerla.
Y aunque tenga que enamorarla todos los días de mi vida...
Lo volvería a hacer.
Julieta, que acababa de llegar junto a Molina, escuchó aquellas palabras.
Sintió que el corazón se le detenía.
El hombre de la cicatriz intentó disparar una vez más.
Pero Tomás se lanzó sobre él.
Ambos cayeron al suelo.
El arma resbaló por la chapa.
Quedó colgando del borde del edificio.
Después de un intenso forcejeo, el delincuente perdió el equilibrio.
Intentó sujetarse de Tomás.
—¡Ayudame!
Tomás lo miró fijamente.
Durante un segundo recordó todo el dolor que había provocado.
Julieta.
Nicolás.
Martín.
Los padres de Julieta.
Y las familias destruidas.
Aun así...
Le tendió la mano.
—No voy a convertirme en vos.
El hombre intentó sujetarse.
Pero la chapa cedió bajo su peso.
Cayó varios metros hasta impactar sobre un contenedor metálico.
Cuando los agentes llegaron hasta él...
Ya no respiraba.
El silencio invadió la fábrica.
La organización criminal había sido desmantelada.
Las pruebas recuperadas por Martín permitieron detener a todos los implicados, incluidos funcionarios corruptos y empresarios que financiaban la red.
La pesadilla, al fin, había terminado.
Dos días después, Julieta recibió una nueva evaluación médica.
El neurólogo observó los estudios con atención.
—Hay algo que no esperábamos.
Ella tragó saliva.
—¿Qué pasa?
—El estrés extremo y la recuperación progresiva de recuerdos indican que tu cerebro está reaccionando.
No puedo prometer un milagro.
Pero existe la posibilidad de que, con tratamiento y tiempo...
Empieces a conservar algunos recuerdos nuevos.
Julieta sintió que las lágrimas brotaban sin poder contenerlas.
Miró a Tomás.
Él le sonrió.
Era la primera noticia verdaderamente esperanzadora desde el accidente.
Esa noche, antes de dormir, Julieta escribió una nueva página en su cuaderno.
"Si mañana volvés a olvidarlo todo..."
"Quiero que sepas algo."
"Hay un chico llamado Tomás."
"Te va a mirar como si fueras la persona más importante del mundo."
"No tengas miedo de creerle."
"Porque después de todo lo que vivimos..."
"Descubrí que algunas personas son capaces de vencer incluso al olvido."
Cerró el cuaderno.
Lo apoyó sobre la mesa de luz.
Y, antes de apagar la lámpara, Tomás se acercó lentamente.
—¿Puedo hacer algo que llevo queriendo hacer desde hace muchísimo tiempo?
Julieta sonrió.
—Sí.
Tomás la besó con una ternura infinita.
No fue un beso impulsivo.
Fue la promesa silenciosa de un amor dispuesto a empezar de nuevo cada mañana.
Y, por primera vez en mucho tiempo, Julieta deseó que el amanecer llegara... con la esperanza de que, tal vez, esa vez su corazón recordara lo que su memoria todavía no podía conservar.




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