Manantial de amor

Amarse a uno mismo

— ¿Listo para escucharme? ¿Escucharme hablar, de qué?

— ¿Acaso crees que no me debes explicar lo que sucedió entre tú y Gabriel?

Asestaba con su puño un golpe amenazador al saco de arena, una patada. Sacaba desde sus entrañas la furia a su manera, era como si quisiera golpear el pasado que le causaba congoja y frustración.

—No tengo porque hacerlo Ji, es mi pasado como tú tienes uno con Martha, el cual no deseo cuestionar.

—Fuiste suya y mentiste, me dijiste que solo se habían besado y aunque él lo negara después de confesarlo es claro que solo fue para no perjudicarte. Solo responde mi pregunta ¿Hiciste el amor con él?

—Sí, lo siento mucho de verdad. Fue un error y no deseo justificarlo al decir que habíamos bebido demasiado, pero sucedió.

Caminó hacia mí con la mirada transformada en desprecio, sentí por primera vez miedo a tenerlo cerca.

—Vete Angélica, por favor. —Su mirada como sus palabras eran amenazadoras. 

— ¿Quieres que me vaya para que huyas cómodamente de lo que sientes? mejor no sigas mirándome con desprecio, asco y odio. Y dime lo que piensas. ¿Acaso yo te he reclamado cuantas veces le hiciste el amor a Martha? ¿Quién crees que eres para juzgarme sin verte antes a un espejo?

—Nadie, nadie debía tocarte que no fuera yo, fui el primer hombre en tu vida y debía ser el único. Nuestro amor no es terrenal, eres mi pareja álmica.

—Vivimos en la Tierra y nuestro amor trasciende a la eternidad en su momento. Fui la primera mujer en tu vida y acepto que otra gozaba de tus caricias mientras yo sufría. Me voy Ji, voy a salir por esa puerta y créeme si te digo que no me veras cruzarla de nuevo.

Caminé sin prisa, deseando sentir sus manos sobre mis hombros... Sobre mi cintura... Sobre mi cuerpo, deteniéndome. Pero estaba equivocada, los celos y la decepción fueron más fuertes que su amor.

Sentía mi corazón latir acelerado, un vuelco en mi vientre, mis manos temblaban como si mi mundo se desmoronara nuevamente. Caminé sin sentido, sin dirección, hasta que me encontré con Gabriel y Cristina que se besaban efusivamente, queriendo devorarse en cada beso.

—Angélica, debo... Mereces una explicación.

—No tienes por qué hacerlo Gabriel, me sorprende pero lo veía venir desde aquel día que me platicaste que habías observado su blusa, y de ti Cristina desde que me preguntaste si era mi pareja. No tienen nada que explicarme, solo disfrutar su amor, los felicito a ambos, mejor pareja no podían encontrar.

—Gracias, ¿Te sucede algo? No te veo muy contenta. ¿Qué pasó con los asesinos?

—Ya fueron arrestados, esperemos sus confesiones.

— ¿Dónde está Ji? ¿Por qué no está contigo?

—Tenía algo pendiente de realizar en su casa. Voy al pueblo, mañana regreso. ¿Podrías darle de comer a Bruno por mi Gabriel? Y darle un beso y un fuerte abrazo.

—Claro que sí Angélica. ¿De verdad te encuentras bien?

—Sí, no tienes nada de qué preocuparte. Regreso mañana.

Regresé en busca de mi automóvil a la casa de Ji, no sin antes detenerme a observar un momento su ventana. Subí y manejé al pueblo serenamente, una parte de mi entendía que nada podría ser como en el pasado y la otra parte me aseguraba que todo podía ser mejor, más nunca peor.

Al pasar por ese camino donde fallecieron mis padres me invadía la tristeza, venían los recuerdos de la felicidad más completa que no había vuelto a experimentar, no puedes sentir lo mismo al gozar de personas que te aman y que debes aceptar que nunca volverás a ver. Necesitaba hacerles justicia a sus memorias. Debían apresar a ese vulgar criminal de Adolfo.

Llegué al pueblo y alquilé una habitación en un hotel de paso, organicé mi agenda para el siguiente día y dormí tranquilamente sin dejar de recordar el amor de Ji. En las habitaciones continuas se escuchaban los gritos y alborotos de algunas parejas que debían estarla pasando muy bien y en momentos me despertaban sus alaridos eufóricos. 

Amanecía con un sol resplandeciente, sus rayos hacían feliz a mi cuerpo.

Fui a ver al comandante Ortiz...

—Buenas tardes, vengo a rendir mi declaración con el comandante Ortiz, podría hacerme el favor de avisarle que la señorita Angélica está aquí. —Un hombre mal encarado me atendía como si su mañana hubiera sido nefasta.

—Sí, pero va a tener que esperar.

—No tengo prisa.

Después de esperar entre 30 a 40 minutos me recibió el comandante y recibió mi declaración, la cual firmé satisfecha.

Fui almorzar a un pequeño restaurante pintoresco del pueblo, solo me apetecía la fruta de temporada aun cuando todo se veía delicioso en el menú. Al terminar salí a caminar un poco y entré a una empresa de venta de material para la construcción, plantas y mejoramiento para el hogar. Sentía deseos de recorrer esos pasillos que tantas veces lo hice de la mano de mis padres. 

—¡Vaya, vaya! que linda sorpresa encontrarte por aquí Angélica.



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En el texto hay: amor, muerte y esperanza, kimchi

Editado: 13.11.2020

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