Mientras esperamos a que Adri termine de comer, y a que mamá se aliste para irnos —ha logrado terminar su desayuno y ahora está arriba, no había tenido tiempo de arreglarse ella siquiera—, los demás nos dispersamos por la casa.
Gia, Erne y yo aún estamos hablando en la cocina, mi abuela está regando las plantas del jardín tras haber trapeado el agua que dejó regada el zapato de Ernesto, y mi abuelo sigue entretenido viendo las noticias, al igual que mi padre con su periódico.
Tere, Beti, LuLu y Juanlu están jugando con Blayke a… bueno, parece que a construir con los legos, aunque Blayke tira cada construcción que Tere y Beatriz levantan.
Es lindo y entretenido verlos, especialmente porque en cada juego que inventan siempre quieren incluir a nuestra hermanita. Sobre todo LuLu, quien es la que más se esfuerza por hacer reír a la bebé…
—¡Ernesto, querido, encontré tu zapato! —Anuncia Luz, bajando las escaleras con una sonrisa triunfal—. Adivina dónde... encima de la secadora. Probablemente cuando estaba recogiendo todo lo limpio lo dejé ahí, lo siento.
—¡Ah, no te preocupes, Luz! —Ernesto hace un gesto despreocupado con la mano, restándole importancia, y le guiña un ojo, inclinándose sobre la isla de la cocina para mirar hacia el patio—. Además, el zapato que no me quedó ahora se convirtió en el juguete favorito de Milo, por lo que veo...
¡Hay! ¡No! ¡No! ¡Milo, no te lo comas! ¡Aria, ¡déjalo! ¡No es un juguete! —Exclama Luz, y no sé en qué momento ha cruzado todo el pasillo hasta el patio, donde efectivamente nuestro pinscher Milo, y Aria, nuestra otra pinscher miniatura, están muy campantes mordisqueando el zapato que había quedado olvidado.
Y es que mi abuela, al trapear para secar el suelo, lo había colocado sobre una silla, pero como los pinschers son tan pequeños, traviesos y saltarines...
Bueno. Pasó lo que era inevitable que sucediera.
—¡Quítenles ese zapato! Estos perros sí son necios. Yo lo puse allá arriba justo para que no lo fueran a coger. A la próxima los encierro en su casita, que para algo la tienen —se queja mi abuela, quien ha regresado hace nada del jardín.
Puedo verla fruncir el ceño, claramente descontenta, mientras termina de organizar las meriendas de mis hermanitos, y Luz, quien es consciente de que de por sí ya vamos tarde, y viéndola que está apurada terminando de organizar las loncheras, desiste de quitarles el zapato a los perros, y se acerca a ella para ayudarla.
Miro a mi alrededor.
No me digan que tengo que ir yo a quitarles el zapato…
Mi padre sigue leyendo su periódico, mi abuelo continúa viendo la televisión, y mi madre sigue arriba, arreglándose.
Tere, Beti, Juanlu, LuLu y una Blayke medio dormida, medio risueña en el suelo continúan jugando a construir con sus legoss, totalmente en su mundo, y ajenos a lo que están haciendo nuestras mascotas; y Adri… bueno, sigue comiendo, con cara de pocos amigos y el cabello más despeinado que otra cosa.
Suspiro, y voy hacia el patio. Gia abre la nevera, probablemente para buscar algo que distraiga a los perros a ver si les quitamos su nueva entretención.
¿No digo? ¡Siempre soy todo yo!
Bueno… en realidad, no todo el tiempo soy solo yo. Más bien, siempre somos Gia, Erne y yo quienes resolvemos este tipo de situaciones, y aunque he de admitir que son bastante divertidas, la verdad es que siempre hay que evitar que estos adorables caninos terminen con una indigestión por comer cosas como este zapato.
Todavía no se me olvida cuando Aria se comió una de las patas del cargador del celular de Adri, que en un descuido lo dejó caer y, por tanto, lo rompió…
Tuvimos que llevar a la pobre perrita al veterinario, suerte que el doctor pudo sacar el objeto con un endoscopio especial para perros.
Llego a donde están Milo y Aria, y apenas me ven, Milo corre hacia mí, mostrándome su nueva captura… sí, el zapato.
—No es ni siquiera mediodía, ¿y ya estás haciendo desastres, pequeño amigo? —le digo mientras lo recibo, intentando arrebatarle su nuevo juguete distrayéndolo con caricias, y Aria, deseosa de atención también, como siempre, se alza en dos patas, apoyándose en las traseras, y se abalanza sobre mis piernas con las delanteras, brincando para que la cargue—. Sí, también hay caricias para ti, pequeña.
—Oh, ¡qué divertido! Deberíamos dejar que jueguen con ese zapato. De todos modos, a mí ya no me cabe —comenta Erne a mis espaldas.
Ha dejado su lugar donde estaba apoyado en la isla de la cocina, y se ha sentado muy cómodamente en la silla en la cual antes estaba el zapato y de donde lo han robado Milo y Aria.
—Mala idea, hermano —respondo, riendo—. Además, ¿tú no decías que lo querías conservar?
—Dije que me quedaba, Marie, no necesariamente que lo quisiera conservar —me aclara él—. Son dos cosas distintas.
—Son lo mismo, a mi entender.
—No, hermanita, no son lo mismo. —Le lanzo una mirada, contrariada, pero él añade—: además, Luz ya encontró el otro, no tiene gracia que lo conserve. Que se lo Queden los perros si quieren! No seas aguafiestas, Alice.
—No soy aguafiestas, Erne —respondo, frunciéndole el ceño mientras intento jalar el zapato con delicadeza lejos de la boca de Milo, pero este está empeñado en no soltar su nueva adquisición—. Simplemente no quiero que uno de ellos se enferme por comérselo, como pasó el otro día con la pobre Aria.
—Lo de Aria fue otra cosa —Ernesto me mira, y cruza los brazos—. La pata del cargador es de metal, esto es de plástico. Son dos materiales distintos, con composiciones muy, muy diferentes entre sí.
—De todos modos se lo quitaré —le digo, decidida, y como si oliese mis intenciones, Aria se une con Milo al tira y afloja contra mí.
¡Eso no es justo! Dos contra una, así no se puede…
La voz de Ernesto interrumpe mi queja mental.
—Déjaselo, Alice. ¡Es entretenido para ellos! solo falta que Luna se una al juego, y mi zapato oficialmente se convertirá en el nuevo juguete de los perros.
—Sí —le respondo con ironía—, y luego tendremos que llevarlos al veterinario.
—¡Hay, Alice! Te preocupas demasiado, hermanita. No les pasará nada por morderlo. ¡Empezando por el hecho de que el zapato es totalmente de plástico! ¡Además, siendo tan pequeños y el zapato casi de su tamaño disminuye las probabilidades de que lo desarmen y se lo coman! Incluso, uno de ellos puede dormir dentro —Erne se ríe, y he de admitirlo, debo darle la razón.
Recién lo noto, con lo cansada que estoy, pero la verdad es que el zapato, al ser de plástico, no representa ningún peligro para los perros.
O eso creo… al menos, así lo acaba de afirmar mi hermano genio, y hasta con argumentos, no me crean a mí.
—Muy bien, chico listo —suspiro—. Por esta vez te doy la razón. ?Y oye, no es que me preocupe demasiado! Alguien debe preocuparse de estas cosas.
—Hay, hermanita —Erne se levanta, y se acerca, envolviéndome en un abrazo—. Con todo y que a veces te preocupas por pequeñeces, así te quiero.
Sonrío, y una agradable sensación me invade el corazón.
Ese sentimiento de cercanía, de cariño, de fraternidad profunda que solo se puede compartir con un hermano.
—También te quiero, le respondo, y le devuelvo el gesto, abrazándolo igualmente.
—Ya nos pusimos sentimentales… ¿Entonces los perros sí se pueden quedar con el zapato?
—Absolutamente no —me río, negando con la cabeza—. Aunque tú digas que no pueden comérselo, lo intentarán de todos modos, y luego se volverán destructores. Son cachorros, están en la etapa del aprendizaje, y ya sabes lo que dice mamá, no quiero perros dañinos aquí, edúquenlos bien.
—Aguafiestas —Erne se separa de mí, rodando los ojos, aunque le ríe la mirada—. ¡Tómalo como si fuera un juguete más de los suyos!
Vuelvo a negar con la cabeza, firme, y Gia, quien por fin aparece desde la cocina con una torreja de pan, nos mira, entre seria y divertida.
—¿Y tú qué haces ahí parado en vez de ayudar a Alice a controlar a estos traviesos, hermanito? —inquiere, y le levanta una ceja a Ernesto, mientras lanza el pan en dirección a los perros, quienes salen corriendo apenas lo ven… olvidándose instantáneamente del zapato.
Sí, el viejo truco del pan. Siempre funciona, es a prueba de fallos.
—¿Que qué hacía? Pues disfrutando del espectáculo, hermanita, y explicándole a la aguafiestas de Alice que, al ser de plástico, el zapato para los perros es indesarmable, e incomestible —responde, y yo pongo los ojos en blanco, recogiendo el zapato del suelo.
—E insistiéndome en que querer conservar el zapato no era lo mismo que decir que le quedaba cuando en realidad casi no le cabía, me burlo, y miro el mencionado objeto, haciendo una mueca.
Tiene baba de perro… qué asco.
—Y sigo diciéndote que no es lo mismo, Alice.
—Si es lo mismo o no, defínanlo después. Ya vamos tarde —interrumpe Adri, levantándose apresuradamente de la mesa del comedor, sin molestarse siquiera en llevar los platos a la cocina y lavarlos, y se acerca a nosotros, aunque todavía tiene cara de malgeniada—. Me da igual si es lo mismo o no es lo mismo, ustedes y sus tontas discusiones me tienen aburrida.
—Adriana —le advierte nuestra hermana mayor, mirándola con seriedad—. No los trates así, que ellos no te han hecho nada. Nadie tiene la culpa de tu descontento, solo tú misma.
—¡Es que me irritan estos dos y su tonta discusión sin sentido! ?Y vamos tarde! —Protesta Adri, mirándonos con enfado a Gia, a Erne y a mí—. Solo… quiero irme ya al colegio para estar con mis amigas, y el reloj no deja de avanzar. ¡Son las seis y veinte! ¡Vamos atrasados!
—¿Y por culpa de quién? —Interviene mamá, apareciendo con Juanlu y LuLu de la mano, y Tere y Beti brincando detrás, todos con sus mochilas—. Tú fuiste quien se demoró en el baño, no ellos. Si vas a empezar con tu grosería, Adriana Carolina Claire, no te desquites con tus hermanos, porque ellos no tienen la culpa de tu irresponsabilidad.
Caro bufa, enojada, pero no es capaz de responderle a mamá. En vez de eso, sube corriendo las escaleras para buscar su mochila.
Suspiro, viéndola desaparecer en el segundo piso. Si así va a estar Adri todo el día, este será un día largo…
Nadie tiene la culpa de sus cosas, no es justo que por estar ella de mal genio la pague con todos nosotros.
Además, el que hiciese enojar a mi madre al punto de castigarla, y encima perder la paciencia con ella, me demuestra que mi hermana, o está teniendo una adolescencia más difícil que la de Gia, la de Erne o incluso la mía, o que su carácter es tan distinto al nuestro —más se parece a nuestra tía Jane que a mi padre—, o que… bueno, no lo sé. Siempre ha sido rebelde, contestona, muy mandona, pero hoy está, especialmente, como dijo Ernesto, insoportable.
Y si así empezamos el día, vamos mal…
Para rematar, aún tengo sueño. Mucho, mucho sueño…
Necesito más cafeína si quiero evitar dormirme en clases.
—Vamos, mis amores. Y no le presten atención a su hermana, hoy está de mal genio, pero no dejen que les dañe el día.
—Carolina de mal genio… como cosa rara —comenta mi padre con ironía, haciéndonos reír, porque tiene razón.
¿Y es que, cuándo no está de mal genio Adriana Carolina Claire?
Bueno, como digo en ocasiones puede ser realmente dulce, si se lo propone, aunque es sarcástica y un poco malgeniada la mayoría del tiempo, especialmente desde que entró en la adolescencia… sabrá Dios si su mal genio tenga algo que ver con las hormonas, porque yo tengo su edad y no soy así.
Por fin, la mencionada vuelve a bajar las escaleras, todavía con su cara de hoy estoy de malas, y mientras nos subimos todos a la camioneta con mamá, excepto mi padre —quien comienza su jornada de trabajo más tarde—, y mis abuelos y Luz, —quienes se quedan con Blaike, nuestra hermanita menor—, tengo la extraña sensación de que hoy, además de tener que aguantarme el mal genio de Adri y unas ganas de dormir monumentales por la desvelada, —de la cuál, lo vuelvo a decir, no me arrepiento—, sucederán cosas en el colegio… no precisamente del todo normales.
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vida familiar, identidad y drama adolescente, comedia cotidiana
Editado: 07.02.2026