Salimos del conjunto residencial, finalmente.
El auto circula por las concurridas calles de Cartagena, aquella ciudad caribeña donde siempre hay sol, atestadas de vehículos en movimiento, y que van, como nosotros, ya sea hacia las distintas escuelas de la ciudad, o a sus lugares de trabajo.
Observo a mamá conducir en silencio, a pesar del alboroto que hay atrás. Beti, LuLu y Juanlu se han puesto a cantar a todo volumen las canciones que pone Gia, que son nada más ni nada menos que las de canticuentos…
¿Quién no ha escuchado las canciones de la famosa marlore Anwandter? Generación que no haya cantado sus discos hasta el cansancio, no tuvo infancia…
Bueno, al menos eso digo yo.
—Bajen la voz, por favor —suplica Adri, llevándose una mano a la frente.
Yo desvío la mirada un momento para observarla, y noto que su rostro está crispado de dolor.
Mis hermanos la observan también, y, cediendo, bajan las voces, aunque sin dejar de cantar.
Qué raro… ¿desde cuándo Caro sufre de migrañas?
No le doy muchas vueltas.
Son las hormonas, pienso, porque no se me ocurre otra explicación mejor.
Vuelvo a observar a mi mamá conducir. Es asombrosa la maestría que tiene, y además la paciencia, para esquivar a las motos que se le atraviesan por el camino.
Yo, siendo ella, no las soportaría.
Gia está aprendiendo a manejar, y en dos años probablemente yo tenga la edad para aprender también.
Pero yo no quiero conducir, prefiero ser copiloto, porque no creo que tenga la paciencia suficiente para esquivar las motos y bicicletas sin perder los nervios o terminar llorando.
Ya sé, suena ridículo y muy de niña pequeña, pero realmente no creo que pueda conducir sin perder la cabeza emocionalmente.
El que sabe conducir aquí, sabe conducir en cualquier parte del mundo, porque pareciera que fueran matándose. Y ni qué decir de los trancones monumentales que se forman, ahí sí hay que tener más paciencia todavía si cabe…
Repentinamente, la camioneta se detiene.
Abro los ojos, porque estaba medio adormilada, —al final el café no me quitó el sueño de encima ni mucho menos la cara de desvelada—, y miro confundida a mi alrededor.
—Ah, genial. Un trancón… lo que nos faltaba —oigo a Caro quejarse antes de que pueda siquiera preguntar por qué nos detuvimos, y suspiro.
Pareciera que fuese adivina, yo pensando en los trancones y aquí estamos en uno. Bueno, al menos no somos los únicos atascados…
Tengo este pensamiento, porque precisamente hay una fila de carros gigantesca.
Y no solo carros. También hay motos, bicicletas, busetas y hasta un monopatín…
¿desde cuándo la gente va a su lugar de trabajo o estudio en monopatín?
Bueno, se ha visto de todo en esta vida, supongo…
La suave vibración de mi teléfono me sobresalta levemente cuando apenas y había vuelto a cerrar los párpados, porque lo tenía apoyado sobre mi pecho.
Entreabro los ojos, extrañada al ver que es una notificación en el grupo por el cual nuestra profe, Virna, nos envía las comunicaciones, y donde nos mantenemos todos informados sobre los proyectos escolares.
La cosa es que la profesora no suele escribir mucho, a menos que sea para dar alguna información importante o para cancelar una clase, lo cual es muy raro, porque el Montessori es muy estricto a la hora de cumplir el calendario académico.
Desbloqueo el iPhone, y lo levanto a la altura de mis ojos, desplazándome por WhatsApp hasta llegar al mensaje:
Chicos, buenos días.
Espero hayan tenido una feliz semana santa.
Les informo que llegaré un poco tarde, estoy en un Trancón gigantesco desde hace como media hora, y los carros no se mueven. Y si lo hacen, lo hacen muy lento, el tráfico está terrible.
Si llegan antes, me avisan para irles poniendo algo para hacer, aunque dudo que hoy lleguemos temprano, toda la ciudad está congestionada por estas colas inmensas.
Bueno, al menos no somos los únicos atascados aquí.
Levanto la mirada de mi móvil para ver qué están haciendo mis hermanos, o si Erne y Adri ya han visto el mensaje de la profe. Parece que no.
Erne está escribiendo frenéticamente en un cuaderno, dibujando ramificaciones y realizando anotaciones de lo que parece ser código de programación que solo él entiende, aunque de vez en cuando levanta la mirada hacia Adri, quien sigue teniendo cara de pocos amigos y está escribiendo como loca en su móvil.
Los más pequeños siguen cantando, y Gia habla por teléfono con su novio.
Oír la voz de ese muchacho… no sé por qué, pero insisto, me da un no sé qué en el alma, como que me revuelve las entrañas.
Solo espero, y le ruego a la virgen, que no le haga algún día daño a mi hermana…
Aparto estos pensamientos lúgubres, y me enfoco en responderle a la profe. Puedo ver que varios ya han visto su mensaje, pero nadie le responde, supongo que tengo que ser yo la que dé el primer paso… como siempre.
Busco el botón para grabar un audio, y, tras presionarlo, empiezo a hablar:
—¡Buenos días, profe! No te preocupes, que nosotros estamos iguales… mi mamá iba matándose porque disque íbamos tarde, y nos ha tomado desprevenidos este Trancón enorme que hay en la avenida Pedro de Heredia…
—Caro, no seas amargada. ¡Solo intento ayudarte para que tu cabello no parezca un nido de ratas!
Desvío la mirada por un instante, viendo a Erne tratando de peinar el cabello de Caro con sus manos.
Ha guardado el cuaderno en el cual estaba ocupado, y, en un esfuerzo por aliviar el malestar de nuestra hermana, quiere peinar su cabello, como dijo que lo haría esta mañana.
Todo un caballero, pero lástima que Adri no aprecia el gesto. Todo lo contrario…
—¡Déjame en paz, Ernesto! ¡Todo esto es culpa tuya!
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vida familiar, identidad y drama adolescente, comedia cotidiana
Editado: 07.02.2026