La pequeña esfera descansaba en uno de los cajones del mueble cercano a la escalera. Brillaba con un intenso color violeta, un resplandor tan deslumbrante que habría sido imposible no notarlo en la penumbra. Sin embargo, en ese momento, nadie prestaba atención a los objetos.
Aquella noche, Snow había presenciado el horror: su madre inerte y las risas crueles de extraños resonando a su alrededor. Al entrar en la casa, cerró puertas y ventanas con desesperación y apagó todas las luces, sumiendo su mundo en la oscuridad absoluta.
Se dejó caer junto a la puerta principal y abrazó sus piernas. Sus brazos, delgados y cortos, apenas lograban rodearlas. Lloró en silencio, pero con una intensidad desgarradora; las lágrimas corrían por su rostro como un río inagotable. Quería detenerse, pero el dolor era una marea que la superaba.
—Mamá, ¿por qué duele tanto? —susurró la niña de cuatro años entre sollozos.
Le dolía el corazón, una presión física en el pecho tan fuerte que sentía que sus costillas iban a romperse. Pasaron horas en esa oscuridad, ajena al tiempo, hasta que el hambre y el agotamiento la obligaron a moverse.
Se levantó con las piernas entumecidas y la vista borrosa. Su estómago rugía, recordándole que seguía viva. Con las pocas fuerzas que le quedaban, encendió las luces y se dirigió a la cocina. Quería un sándwich; era lo único que sabía preparar.
Arrastró una silla, trepó sobre ella para alcanzar lo necesario, pero al bajar, sus pies fallaron. Cayó de frente, golpeándose con fuerza. Sus rodillas y muñecas sangraban, pero Snow no lloró más. Ya no quedaban lágrimas.
Anouk, su madre, la había amado profundamente, llenando su vida de juguetes y detalles. Ahora, Snow estaba sola frente a la pequeña mesa infantil que su madre le había regalado. Con manos torpes y dedos pequeños, preparó el pan. No alcanzaba los cubiertos, así que usó las manos. Antes de comer, corrió a buscar su barquito de juguete, su único consuelo.
Se sentó y comenzó a comer aquel sándwich mal hecho. Estaba triste, pero el instinto de supervivencia era más fuerte.
—Mamá, tengo miedo —dijo con voz quebrada, masticando despacio mientras nuevas lágrimas brotaban involuntariamente.
¿Qué probabilidad había de que una niña de esa edad soportara tal escena? ¿Quién tenía la culpa? ¿Anouk? ¿La crueldad del vecindario? Snow sufría con una madurez impropia, un dolor silencioso que ningún niño debería conocer.
—Mamá, ya terminé. Apagaré la luz, pero no me sigas, ¿está bien?
Le habló al vacío, como si temiera ver un fantasma, y apagó el interruptor con el palo de una escoba antes de subir al piso de arriba.
La casa estaba a oscuras, pero Snow caminaba con una seguridad extraña, como si sus ojos pudieran ver en las sombras. Fue al subir las escaleras cuando lo vio: una luz violeta se filtraba desde un mueble en el pasillo.
—Es un color lindo, pero... —Snow se rascó la cabeza y se agachó frente al último cajón—. ¿Qué es esto?
Tomó la esfera. El objeto emitía luz propia, así que lo usó como linterna para entrar a la habitación de su madre.
El cuarto de Anouk se sentía frío, desgastado, como si hubiera envejecido décadas en unas pocas horas. La cama tenía agujeros en las almohadas y todo parecía cubierto de polvo y tristeza.
—¿Por qué mamá habrá dejado todo esto así? —se preguntó con su dulce voz.
Se acostó en la cama, cubriéndose con la cobija que aún olía a ella, y colocó la esfera en la mesita de noche. Afuera, una tormenta estalló. Los relámpagos hacían temblar los cimientos de la casa, pero Snow, agotada, finalmente se durmió.
A la mañana siguiente, Snow despertó con los ojos hinchados.
—Un día sin mamá... —murmuró, levantándose con el cabello revuelto.
Se lavó los dientes y recordó la esfera. Ahora, bajo la luz del día, parecía una bola de cristal común y corriente, sin brillo alguno. Decepcionada, Snow la tomó y la arrojó a un rincón. La esfera pareció desvanecerse en el aire antes de tocar el suelo.
Snow no le dio importancia. Se duchó, preparó sus colores y salió hacia la escuela. Los vecinos la observaban desde sus ventanas, susurrando, pero ella caminaba con la barbilla en alto, fingiendo una normalidad que por dentro la estaba destrozando.
Lo que no vio fue que, dentro de su mochila, la esfera había comenzado a brillar de nuevo.
Pasaron los días, que se convirtieron en meses, y los meses en dos largos años. Snow cumplió seis años, sobreviviendo sola en una casa donde las paredes parecían murmurar.
Una tarde, mientras estaba en su habitación, escuchó algo imposible. La esfera habló.
Snow, aterrada, se armó de valor.
—¿Quién eres? ¿Acaso eres un demonio? —gritó con enojo para ocultar su miedo—. ¡Si no sales ahora, te castigarán en tu próxima vida!
—¡Oh! Pequeña, no te alteres —la voz, masculina y distorsionada, soltó una risita que resonó desde la esfera—. No sé cómo logras escucharme, pero eso no es importante.
—¡Claro que lo es! ¿Dónde estás? Sé que no estoy loca.
—Sé que no lo estás. ¿Por qué alguien como tú estaría loca? Mira ese espejo. Esa niña eres tú, y no tienes cara de loca.
—Eso lo tengo muy claro. Responde, cosa rara.
—Eres un poco agresiva... Te queda bien el nombre de "Iris".
—¿Cómo sabes ese nombre...?
Snow sintió un escalofrío. Las lágrimas amenazaron con salir y corrió hacia la habitación de su madre, un lugar en el que no había entrado en dos años. Al cerrar la puerta, vio un sobre sobre la cama.
“Para mi pequeña princesa:
Toma mucha agua en los días soleados, nunca te deshidrates. Come todo lo que deje en el refrigerador. Nunca abras la puerta a desconocidos. Por favor, abrígate bien en invierno. Si no regreso hoy, te cuidaré desde mi segunda vida.
—Anouk, tu madre.”
—¿Para qué me dejó esto ahora? —Snow arrugó la carta con rabia y dolor, tirándola a la basura.