Manipulación:snow

Capítulo 4-Casa negra

Cuando las últimas llamas se extinguieron, la casa quedó envuelta en un silencio sepulcral. Las cenizas caían sobre el techo como una nieve negra y tóxica, tiñendo la fachada de un tono aún más oscuro del que ya poseía.

​Snow apenas podía mantenerse en pie. El dolor le taladraba la espalda, las muñecas y las rodillas, un recordatorio físico de un momento que su mente había decidido borrar. No recordaba qué había sucedido exactamente antes de perder la conciencia.

​Era obvio que no lo sabía. O quizás, prefería no saberlo.

​El interior de la casa era un desastre. El techo, debilitado por el fuego, tenía ahora más goteras de lo habitual. El agua de la lluvia y el hollín habían convertido el suelo en un lodazal oscuro. Sin embargo, había algo que permanecía inmutable: el piso. La madera de wengué, naturalmente oscura, apenas mostraba las cicatrices del incendio, salvo en un lugar específico.

​Dos tablones de roble claro, que contrastaban violentamente con la negrura del entorno, trazaban un camino hacia una pared. Justo al lado, una puerta de roble oscuro permanecía cerrada, guardando secretos que Snow no estaba lista para enfrentar.

​Bajó las escaleras con extremo cuidado. Los peldaños, carcomidos y ahora chamuscados, gemían bajo su peso, amenazando con ceder en cualquier instante. Snow llevaba días sin salir, refugiada en su cama, ignorando el mundo exterior.

​Tomó una escoba del baño y comenzó a limpiar, empezando por la planta alta. Intentó ordenar su habitación, empujando los muebles pesados para alejarlos de las goteras.

​Eran muebles macizos, hechos de la misma madera de wengué que el piso, pesados como lápidas. Cada uno superaba los cincuenta kilos, una carga absurda para una niña, incluso para una tan fuerte como ella.

​—Esto pesa el triple que yo —jadeó Snow, sintiendo cómo sus músculos ardían por el esfuerzo. Se detuvo un momento, secándose el sudor de la frente—. ¿Cómo es que la gente es tan cruel? Si yo viera a alguien en mi condición, lo ayudaría sin pensarlo.

​—No seas un alma tan pura, Iris —la voz de la esfera resonó desde la otra habitación, cargada de una burla metálica y distorsionada.

​Snow rodó los ojos con desdén. La esfera siempre encontraba el momento perfecto para molestar.

​Continuó limpiando, pero parecía una tarea de Sísifo. Cada vez que terminaba una habitación y regresaba, el polvo y el hollín parecían haberse multiplicado. Su paciencia, desgastada por el dolor y el cansancio, se quebró.

​Lanzó la escoba contra la pared y pateó los trapos sucios hacia la entrada principal. Subió corriendo, sacó toda su ropa vieja del armario —prendas que olían a humo y a recuerdos dolorosos— y bajó con los brazos llenos.

​—Un viaje más y terminaré —susurró para sí misma, cuidando que la esfera no la escuchara. No soportaría otra de sus risitas sarcásticas.

​Salió de la casa dando un portazo que hizo temblar los cristales. El sonido la asustó, provocando que diera un pequeño salto, casi dejando caer la pila de ropa. Cargó todo en un viejo carrito de supermercado que usaban para la basura y comenzó a caminar.

​No había lavado nada. Se dirigía al mercado para regalarlo todo; vender ropa con olor a incendio sería imposible, y Snow no tenía energía para negociar.

​Mientras arrastraba el carrito, tarareaba una melodía. Era una canción melancólica, una tonada que había escuchado una sola vez meses atrás en el vecindario. No sabía quién la había tocado, pero las notas se habían adherido a su mente como un bálsamo. Sonaba a pérdida, a alguien que extrañaba algo que nunca volvería.

​Al llegar al mercado, el bullicio la golpeó. Buscó con la mirada a los niños de la calle, esos que solían pedir comida, pero solo vio a uno. Un niño de no más de nueve años que, con una habilidad inquietante, estaba robando la cartera de un turista distraído.

​Snow se detuvo en seco y cambió de dirección. No quería ser parte de eso.

​—¿Turistas en este lugar? —comentó una señora que pasaba detrás de ella, arqueando una ceja con escepticismo.

​—¿Cómo llegaron aquí? —preguntó Snow, más para sí misma que para la mujer.

​—No lo sé —respondió la señora, deteniéndose—. Dicen que corren rumores. Se habla de una bruja en el vecindario cercano, alguien que sabía dar suerte para obtener dinero —rio con incredulidad—. La verdad, yo no creo que eso sea posible.

​Snow sintió un nudo en el estómago.

​—La bruja que menciona... murió —dijo Snow, desviando la mirada.

​—¡Oh! No lo sabía —la mujer pareció genuinamente apenada—. Pero, ¿era verdad lo de la buena suerte?

​—Lo era.

​La señora, incómoda por la sequedad de la respuesta, se marchó rápidamente. Snow quiso hacer lo mismo, pero un hombre alto y de cabello rubio le cortó el paso.

​—¡Hey! Usted sabe dónde se encuentra la... Casa Negra —dijo el hombre, mezclando un francés roto con inglés—. ¿Entiendes inglés? No sé hablar francés, lo siento.

​Snow procesó las palabras lentamente. "Casa Negra". Solo eso entendió, pero fue suficiente para saber que buscaban a su madre. O peor, el lugar donde su madre había muerto.

​—Lo siento, no sé hablar inglés. Solo francés y un poco de español —respondió con timidez, retrocediendo un paso.

​—Casa Negra, ¿dónde está? —insistió el hombre, pronunciando mal cada sílaba, con la impaciencia de quien cree que el mundo le debe respuestas.

​—No lo sé.

​Snow se dio la vuelta y huyó. Caminó tan rápido como sus piernas doloridas se lo permitieron, temblando no de frío, sino de miedo. Miedo a lo que podría pasar. Miedo a las burlas.

​Nunca supo qué trabajo tenía su madre. Sabía que a Anouk le gustaba la brujería, las realidades alternas, pero ¿hasta qué punto era real? Ahora, extraños venían buscando milagros en un lugar donde solo quedaban cenizas. Todos querían la suerte que su madre repartía, esa suerte que usó para proteger a Snow, incluso cambiando su destino.



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En el texto hay: amor celos, reecarnacion, poder prohibido

Editado: 16.12.2025

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